jueves, 28 de agosto de 2025

Olas y estrellas

A veces salgo a caminar bien entrada la tarde, cuando en el cielo ya no se ve ni un resquicio de luz. Suelo dirigirme al paseo marítimo y escojo la pasarela de madera que más se adentra en la playa, hasta casi alcanzar la orilla. Avanzo dejando atrás las molestas luces del paseo. Me detengo, respiro y contemplo: a mi izquierda, las luces de El Campello y Villajoyosa titilan y marcan la línea de costa hasta Finestrat; a mi derecha, el Cabo de Huertas coronado por la luz intermitente del faro. Escucho el murmullo de las olas y observo el mar para detectar el preciso instante en que una de ellas se forma y comienza su efímero periplo hasta desaparecer de nuevo por completo. Entonces levanto la vista ligeramente para incorporar las estrellas al magnífico y significativo cuadro. Cuando la ola se ha desvanecido, como si fuera un surfista de la contemplación, busco otra y la sigo hasta que cesa su aventura y vuelve a ser el mar que siempre fue.

martes, 26 de agosto de 2025

Las nuevas expresiones que nos quieren colocar: "matrimonio igualitario" y "mujeres prostituidas"

Todos los proyectos totalitarios o, quedándonos en algo más cercano, las personas manipuladoras utilizan el lenguaje a su servicio. Las ideas más perversas o las acciones más viles son primorosamente camufladas con palabras que nos sugieren algo alejado de aquello que no se quiere que veamos. En la novela “1984”, Orwell narra el ambiente de una sociedad totalitaria en la que una herramienta esencial del poder para controlar a los ciudadanos es la “nueva lengua”, una poda concienzuda del lenguaje que conduce a los individuos a simplificar la realidad y a carecer de capacidad de crítica frente a la constante manipulación de la que son objeto.

Presto mucha atención a la “nueva lengua” que introducen los políticos en España. Ahí se ve su maldad, su deseo indisimulado de manipular a los ciudadanos para alcanzar sus objetivos completamente desligados del bien común. Por desgracia, este fenómeno es bastante común en nuestro país por la influencia del terrorismo etarra. Durante décadas hemos escuchado su lenguaje tramposo que algunos perezosos incluso llegaban a adoptar: “impuesto revolucionario” para camuflar el chantaje, la extorsión; “lucha armada” para no hablar de terrorismo; o “alternativa democrática” para referirse a la ruptura de España sin contar con los españoles. Son sólo unos ejemplos, como les digo. Escuchar las declaraciones de los etarras exigía un traductor simultáneo que filtrara las trampas de su lenguaje torticero. De ahí se han nutrido muchos de nuestros peores políticos que disfrutan no sólo manipulando términos, algo habitual entre los podemitas que tanto se parecen a los bildutarras, sino recurriendo a juegos de palabras o a metáforas tan del agrado de personajillos como Rufián, quien parece sentirse como pez en el agua con sus gracietas.

En los últimos meses, coincidiendo con la fiesta de la “soberbia” gay -yo también me voy a tomar alguna licencia en el uso del lenguaje, porque veo más soberbia que orgullo-, la expresión “matrimonio homosexual” ha sido sustituida inopinadamente por “matrimonio igualitario”. ¿Por qué les molesta la primera expresión? Realmente no termino de entenderlo, salvo que ahora, además de permitirse que las parejas homosexuales puedan denominar matrimonio a su unión, pretendan que incluso tiene una calidad superior, lo cual es incomprensible, porque todos los ciudadanos contraen matrimonio con iguales derechos. Pues bien, si prestan atención, verán que la expresión se está generalizando. Otro tanto sucede con las prostitutas. Ya no se les llama así, sino que se utiliza la expresión “mujeres prostituidas”, con lo que se quiere poner de manifiesto que son víctimas, cosa que en muchos casos así es, pero no en todos. Hay mujeres que reivindican el libre ejercicio de la prostitución. No entraré en este debate, pero, si se entra, no hay que hacerlo con las cartas marcadas por un lenguaje que deforma la realidad. En definitiva, nos intentan manipular como si fuéramos borregos, así que hay que vivir con los ojos bien abiertos evitando que nos lleven a su terreno. Un cuidado parecido al que hay que tener cuando estamos en el mar y, casi sin darnos cuenta, la corriente nos desvía de la toalla que nos sirve de referencia en la orilla.

domingo, 24 de agosto de 2025

Algunas reflexiones al hilo de "Y si habla mal de España... es español", de Sánchez Dragó

Este verano he leído “Y si habla mal de España… es español”, de Fernando Sánchez Dragó. Aunque su estilo no es de mi gusto, está bien escrito. Como ensayo me parece bastante pobre, porque opina mucho y argumenta poco. Entre sus muchas opiniones, hay una con la que estoy muy de acuerdo. Dragó lamenta el europeísmo acrítico que se ha vivido en España desde la muerte de Franco: “España dejó de ser diferente, claro que sí, en eso llevan razón los gilipuertas de los adosados y los diputados por ellos elegidos, cuando entró en Europa, hoy Eurabia, por culpa de los inconfesables deseos, serviles desvelos y obsequiosos oficios de una partida de politicastros trileros” (pp. 119-120).

Da la impresión de que a Dragó le parece que España, acomplejada sin razón, quiso parecerse a las naciones más prósperas de Europa, y ello nos ha conducido a que quizá hayamos perdido el alma genuinamente española o vayamos camino de perderla. Sorprende que a Dragó le parezca mal esta apuesta europeísta cuando no hace otra cosa que despotricar contra España. Cuando los afrancesados y los liberales del siglo XIX se lamentaban de los males de España miraban a Francia y, sobre todo, a Inglaterra (ahí está Moreno-Isla, el anglófilo de la novela “Fortunata y Jacinta” que está enamorado de Jacinta) como el modelo a seguir para dejar de ser una nación atrasada y decadente. A Dragó ni le gusta España, ni le gusta Europa, así que es difícil conocer qué solución propone, pues es evidente que para él, como para tantos otros españoles -entre los que me encuentro-, España es problema a resolver. Muy diferente es la postura de Juan Manuel de Prada, quien reivindica la tradición española frente a los “bárbaros del norte”. Este autor lamenta el encanallamiento en el que estamos sumidos los españoles por haber abandonado el pensamiento tradicional español. Eso es lo que él reivindica, recuperar la tradición sin complejos. Por eso critica que el grito de protesta de los defensores de la tauromaquia en una manifestación fuera "libertad, libertad, libertad" en lugar de "tradición, tradición, tradición". Creo habérselo leído en su libro "Una enmienda a la totalidad".

En mi opinión, España acertó en su apuesta europeísta, pero no debió afrontar ese proyecto con un complejo de inferioridad totalmente injustificado. España es mucho más que una nación europea, es uno de los grandes pilares de occidente, la raíz y el nexo de unión de los países hispanoamericanos. Sobre el inmenso tema de hispanoamérica, sólo me gustaría recordar que en Puerto Rico, el partido “Autonomía para Puerto Rico”, fundado en 2012, propone dejar de ser un Estado asociado a los Estados Unidos e incorporarse a España como comunidad autónoma. Aquí no hacemos ni caso a estos puertorriqueños y vivimos cada vez más divididos. No hay políticos capaces de pensar en proyectos nacionales de España. A mí me parece que lo de Puerto Rico debería tomarse muy en serio, e igualmente podríamos pensar en estrechar lazos con otras naciones hispanoamericanas. ¿Por qué Puerto Rico y, más adelante, Cuba no se incorporan a España como Estados asociados o incluso como comunidades autónomas? No hay políticos, no hay líderes, no hay imaginación… Y aquí lamentablemente tiene razón Dragó cuando coincide con Ortega en destacar la aristofobia de nuestro pueblo:

“De la imposibilidad de vertebración, de la irrefrenable tendencia a la desvertebración de lo poco que hasta la segunda mitad del reinado de Felipe II se vertebró, de la aviesa y firme voluntad de particularismo que es el denominador común de todos los españoles, se deriva, según Ortega, la peor y más profunda de las perversiones inscritas en el alma de nuestro pueblo: la aristofobia, el odio a los mejores, que cierra el paso a las minorías selectas, descabeza y descapitaliza una y otra vez el país, lo torna inhabitable, genera la proverbial y secular desconfianza de los gobernados hacia sus dirigentes y conduce fatalmente -lo estamos viendo- al imperio de las masas” (p. 180).

Si no encontramos una fórmula para lograr que gobiernen los mejores, o al menos para evitar que al poder lleguen los más malos, que es lo que está sucediendo, el panorama no hará más que empeorar. Las cenizas de nuestros montes son una metáfora de lo que nos espera con estos políticos. Urge cambiar el rumbo, y dudo mucho de que estemos a tiempo.