Los medios de comunicación informan de que “Julito”, quien pasa por haber sido el testaferro de Zapatero, ha hecho honor a su apodo y le ha dado por dedicarse a la canción ligera. El juez instructor, Calama, quiere que en un nuevo interrogatorio dé el do de pecho y cante como un gran tenor. Tras estas revelaciones, todo apunta a que Zapatero y sus hijas pueden acabar en la cárcel, quizá antes y por más tiempo de lo que imaginamos. Estoy muy lejos de encontrar nada digno de admiración en su trayectoria, pues ha marcado una línea de actuación política contraria al bien común que Sánchez ha seguido y acentuado. Sin embargo, no me alegro del mal ajeno, porque imagino su intenso sufrimiento. Parece que sigue anclado en la estrategia de negarlo todo, como tantos otros. Ese es su principal error, y ahí sigue atrapado. En lugar de adoptar un tono grandilocuente y proclamar su inocencia en contra de toda evidencia, ojalá viviera un acontecimiento capaz de iluminar su conciencia, como un relámpago en medio de la tormenta, y hacerle comprender que lo único que puede salvarle como persona es reconocer el daño causado, contar cuanto sabe, pedir perdón y cambiar de vida. En lugar de enviar al cobrador del Frac reclamando lo robado, quizá habría que mandar a personas vestidas con el hábito franciscano, como los frailes de El nombre de la rosa, recorriendo las sedes de los partidos políticos mientras repiten aquella palabra que pronunciaba Salvatore en la magnífica novela: «Penitenziagite».
miércoles, 22 de julio de 2026
lunes, 4 de mayo de 2026
"Reconciliación", de Juan Carlos I
Hace unas semanas leí el libro del rey Juan Carlos I, “Reconciliación”. Está escrito con frase corta, concisa y clara, lo que permite una lectura ágil y amena. Me ha gustado mucho desde esta perspectiva formal, y no me sorprende que haya sido premiado en Francia. En cuanto a su contenido, no revela demasiados datos sobre acontecimientos históricos relevantes que hasta ahora no se conocieran. Explica con cierto detenimiento su actuación durante el golpe de Estado del 23-F, y no duda en calificar de “traidor” a Alfonso Armada cuando Adolfo Suárez, desconocedor del verdadero papel que Armada había jugado -pensó que había evitado que Tejero siguiera adelante con el golpe-, lo alabó ante el rey, quien tuvo que sacar a Suárez de su error.
El rey dedica el libro a contar su vida y a justificarse y alabar su trayectoria personal. Como era de esperar, destaca lo beneficiosa que es la monarquía para España citando ejemplos de actuaciones suyas que ayudaron a resolver crisis diplomáticas. No reconoce grandes errores y pasa de puntillas o guarda silencio sobre sus escándalos de faldas pagados con dinero público. Con la frase “no soy un santo” pretende dejar zanjado el asunto. Lo sabemos, Majestad, lo sabemos.
Cabe señalar el profundo malestar o incluso rencor que se percibe
hacia su hijo, el rey Felipe VI, claramente expresado en varios pasajes. Pese a reconocer su capacidad y alabar su actuación al frente de sus responsabilidades como jefe del Estado, le
reprocha que haya reducido la familia real a él, la reina y sus hijas. Y, por
supuesto, el trato que le está dispensando, su distanciamiento y frialdad. Quizá el título del libro, "Reconciliación", no sólo pretenda aludir a la Transición... Especialmente
duro se muestra con Felipe cuando narra la forma en la que el rey privó a su
hermana, la infanta Cristina, del título de duquesa de Palma. Por supuesto,
muestra su malestar por no poder regresar a su casa en la Zarzuela y reiteradamente
alaba a la reina Sofía, que el lector puede colegir que no le dirige la palabra, y con la que
se siente en deuda. Esperaba leer que se casó por razones de Estado y que nunca
había estado enamorado de ella. Pero no es así. En ningún momento da a entender
que fue un matrimonio sin amor. Curiosamente, sobre la elección de los maridos
de sus hijas y de la reina Letizia no dice prácticamente nada. No hay ninguna
referencia a lo sucedido, por ejemplo, con Eva Sanum, que estuvo a punto de
convertirse en la futura reina de España.
Mención especial merece el trato que le dispensa a la figura de Franco. Conocía el profundo respeto que tenía hacia él antes de leer el libro. Sin duda, ese respeto no sólo se ha
mantenido incólume, sino que queda reflejada una profunda e indisimulada admiración hacia su sabiduría
política. Ha pretendido conciliar dicho respeto con la lealtad a su padre, de quien escribe con profundísima admiración y enorme cariño.
Aunque es consciente de su responsabilidad, la abdicación le ha dado cierto margen para expresar con claridad lo que para él constituye el gran peligro para España, los nacionalismos, especialmente el catalán, que siempre destaca que era el que más le preocupaba. No hay ninguna palabra de alabanza hacia Jordi Pujol. Da la impresión de que Juan Carlos tiene muy presente que Franco sólo le pidió antes de morir que mantuviera la unidad de España, y yo diría que lamenta no haber sido capaz de frenar la deriva independentista, si bien su margen de actuación era muy pequeño. Tampoco se esconde a la hora de dejar patente su opinión negativa sobre los políticos actuales, que le generan una honda preocupación.
En definitiva, aconsejo la lectura del libro. Si alguien esperaba
encontrar más detalles, conviene no olvidar que tan importante es lo que una
persona cuenta como lo que ha decidido no contar. El rey Juan Carlos I
desempeñó un papel crucial en la historia de España y sólo por todas las
personas y vivencias que jalonan su biografía merece la pena embarcarse en esta amenísima lectura.
lunes, 16 de marzo de 2026
La energía que fluye del pasado
En sus comienzos, la fotografía retrataba personas o situaciones de una forma bastante aséptica, incluso a veces sorprenden esos rostros severos de nuestros antepasados captados por la cámara. Conforme fue evolucionando la tecnología y se pudieron comprar cámaras fotográficas, se ampliaron los momentos y situaciones que se fotografiaban: celebraciones, fiestas, excursiones campestres, etc. La llegada de los smartphones ha supuesto una auténtica revolución: se puede fotografiar y grabar en video todo prácticamente sin ningún límite. Pero, salvo excepciones, lo habitual es que inmortalicemos situaciones agradables, y cuando repasamos fotografías podemos llegar a pensar que el recuerdo amargo que guardamos en la memoria de aquella situación o de aquellos años bien podría ser una exageración a la vista de los rostros sonrientes que allí contemplamos. Pero lo verdaderamente interesante es darnos cuenta de que si podemos reinterpretar el pasado es porque este sigue operando en el presente y, por tanto, también en el futuro.
Evidentemente, los hechos pasados, en lo que respecta a su
acontecer fáctico, son inamovibles. Lo importante desde el punto de vista de la
vida humana es el significado que atribuimos a las acciones pasadas, porque
toda acción requiere una explicación, en el caso de que haya sido realizada por
un tercero, o una justificación, si somos nosotros los autores. Centrémonos en
nosotros. ¿Qué razón nos condujo a actuar de una determinada manera? La vida
nos exige actuar y solo posteriormente nos damos cuenta de todas las
posibilidades de actuación que se nos abrían y que en aquel momento fuimos
incapaces de ver. Lo descubrimos tal vez muchos años más tarde, como consecuencia de lo
que nos enseña la experiencia de la vida, o quizá como resultado de una conversación
con alguien que nos lo muestra.
Si podemos reinterpretar el pasado es porque sigue vivo, opera,
es decir, tiene la energía que le otorga la acción. Ya me he referido en el
blog a cómo los budistas destacan el poder -la energía- del “karma” presente en
toda acción completa (esta requiere intención, ejecución, resultado y valoración del resultado),
pero también lo vemos en el cristianismo cuando nos arrepentimos de nuestras
acciones. Ese arrepentimiento tiene el poder de transformar la vida. Por ello, es
certerísima la frase con la que se ampliaba la última petición del Padrenuestro
“y líbranos del mal” en la liturgia romana. Como recuerda Benedicto XVI en su
libro Jesús de Nazaret (p. 204), la fórmula dice así: “Líbranos, Señor,
de todos los males, pasados, presentes y futuros. Por la intercesión … de todos
los santos danos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu
misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda
perturbación”. Obsérvese que se pide que se nos libre no sólo de los males
presentes y futuros, sino también de los pasados. Esto sólo se explica
porque el pasado es fuerza viva, energía que fluye debido al inagotable sentido
que podemos captar conforme avanza nuestro conocimiento de cualquier realidad
pretérita. Y cuando esa realidad se manifiesta en un texto, que es signo de una
manifestación del espíritu humano, la hermenéutica ha sabido ver que todo texto
-si refleja la vida humana- encierra toda una fuente de significado que se va
desvelando con el paso del tiempo, puesto que la reinterpretación es
consustancial al aumento de nuestra comprensión.
Esto es lo que tiene ponerse a pensar. Comienzas dándote
cuenta de las trampas de las fotografías y terminas viendo cuánta razón tiene
la hermenéutica…
martes, 26 de agosto de 2025
Las nuevas expresiones que nos quieren colocar: "matrimonio igualitario" y "mujeres prostituidas"
Todos los proyectos totalitarios o, quedándonos en algo más
cercano, las personas manipuladoras utilizan el lenguaje a su servicio. Las ideas más perversas o las acciones más viles son
primorosamente camufladas con palabras que nos sugieren algo alejado de aquello
que no se quiere que veamos. En la novela “1984”, Orwell narra el ambiente de
una sociedad totalitaria en la que una herramienta esencial del poder para
controlar a los ciudadanos es la “nueva lengua”, una poda concienzuda del
lenguaje que conduce a los individuos a simplificar la realidad y a carecer de
capacidad de crítica frente a la constante manipulación de la que son objeto.
Presto mucha atención a la “nueva lengua” que introducen los
políticos en España. Ahí se ve su maldad, su deseo indisimulado de manipular a
los ciudadanos para alcanzar sus objetivos completamente desligados del bien
común. Por desgracia, este fenómeno es bastante común en nuestro país por la
influencia del terrorismo etarra. Durante décadas hemos escuchado su lenguaje
tramposo que algunos perezosos incluso llegaban a adoptar: “impuesto
revolucionario” para camuflar el chantaje, la extorsión; “lucha armada” para no
hablar de terrorismo; o “alternativa
democrática” para referirse a la ruptura de España sin contar con los
españoles. Son sólo unos ejemplos, como les digo. Escuchar las declaraciones de
los etarras exigía un traductor simultáneo que filtrara las trampas de su lenguaje torticero. De ahí se han nutrido muchos de nuestros peores políticos que
disfrutan no sólo manipulando términos, algo habitual entre los podemitas que tanto se parecen a los bildutarras, sino
recurriendo a juegos de palabras o a metáforas tan del agrado de personajillos
como Rufián, quien parece sentirse como pez en el agua con sus gracietas.
En los últimos meses, coincidiendo con la fiesta de la “soberbia” gay -yo también me voy a tomar alguna licencia en el uso del lenguaje, porque veo más soberbia que orgullo-, la expresión “matrimonio homosexual” ha sido sustituida inopinadamente por “matrimonio igualitario”. ¿Por qué les molesta la primera expresión? Realmente no termino de entenderlo, salvo que ahora, además de permitirse que las parejas homosexuales puedan denominar matrimonio a su unión, pretendan que incluso tiene una calidad superior, lo cual es incomprensible, porque todos los ciudadanos contraen matrimonio con iguales derechos. Pues bien, si prestan atención, verán que la expresión se está generalizando. Otro tanto sucede con las prostitutas. Ya no se les llama así, sino que se utiliza la expresión “mujeres prostituidas”, con lo que se quiere poner de manifiesto que son víctimas, cosa que en muchos casos así es, pero no en todos. Hay mujeres que reivindican el libre ejercicio de la prostitución. No entraré en este debate, pero, si se entra, no hay que hacerlo con las cartas marcadas por un lenguaje que deforma la realidad. En definitiva, nos intentan manipular como si fuéramos borregos, así que hay que vivir con los ojos bien abiertos evitando que nos lleven a su terreno. Un cuidado parecido al que hay que tener cuando estamos en el mar y, casi sin darnos cuenta, la corriente nos desvía de la toalla que nos sirve de referencia en la orilla.
domingo, 24 de agosto de 2025
Algunas reflexiones al hilo de "Y si habla mal de España... es español", de Sánchez Dragó
Este verano he leído “Y si habla mal de España… es español”,
de Fernando Sánchez Dragó. Aunque su estilo no es de mi gusto, está bien
escrito. Como ensayo me parece bastante pobre, porque opina mucho y argumenta
poco. Entre sus muchas opiniones, hay una con la que estoy muy de acuerdo. Dragó
lamenta el europeísmo acrítico que se ha vivido en España desde la muerte de
Franco: “España dejó de ser diferente, claro que sí, en eso llevan razón
los gilipuertas de los adosados y los diputados por ellos elegidos, cuando
entró en Europa, hoy Eurabia, por culpa de los inconfesables deseos, serviles
desvelos y obsequiosos oficios de una partida de politicastros trileros” (pp.
119-120).
Da la impresión de que a Dragó le parece que España,
acomplejada sin razón, quiso parecerse a las naciones más prósperas de Europa, y ello nos ha conducido a que quizá hayamos perdido el alma genuinamente española o vayamos camino de
perderla. Sorprende que a Dragó le parezca mal esta apuesta europeísta cuando no
hace otra cosa que despotricar contra España. Cuando los afrancesados y los
liberales del siglo XIX se lamentaban de los males de España miraban a Francia
y, sobre todo, a Inglaterra (ahí está Moreno-Isla, el anglófilo de la novela “Fortunata
y Jacinta” que está enamorado de Jacinta) como el modelo a seguir para dejar de
ser una nación atrasada y decadente. A Dragó ni le gusta España, ni le gusta
Europa, así que es difícil conocer qué solución propone, pues es evidente que para él, como para tantos otros españoles -entre los que me encuentro-, España es problema a resolver. Muy diferente es la postura de
Juan Manuel de Prada, quien reivindica la tradición española frente a los “bárbaros
del norte”. Este autor lamenta el encanallamiento en el que estamos sumidos los
españoles por haber abandonado el pensamiento tradicional español. Eso es lo que él reivindica, recuperar la tradición sin complejos. Por eso critica que el grito de protesta de los defensores de la tauromaquia en una manifestación fuera "libertad, libertad, libertad" en lugar de "tradición, tradición, tradición". Creo habérselo leído en su libro "Una enmienda a la totalidad".
En mi opinión, España acertó en su apuesta europeísta, pero no
debió afrontar ese proyecto con un complejo de inferioridad totalmente injustificado.
España es mucho más que una nación europea, es uno de los grandes pilares de occidente, la raíz y el nexo de unión de
los países hispanoamericanos. Sobre el inmenso tema de hispanoamérica, sólo me gustaría
recordar que en Puerto Rico, el partido “Autonomía para Puerto Rico”, fundado en 2012, propone dejar de ser
un Estado asociado a los Estados Unidos e incorporarse a España como comunidad
autónoma. Aquí no hacemos ni caso a estos puertorriqueños y vivimos cada vez
más divididos. No hay políticos capaces de pensar en proyectos nacionales de
España. A mí me parece que lo de Puerto Rico debería tomarse muy en serio, e
igualmente podríamos pensar en estrechar lazos con otras naciones
hispanoamericanas. ¿Por qué Puerto Rico y, más adelante, Cuba no se incorporan
a España como Estados asociados o incluso como comunidades autónomas? No hay políticos,
no hay líderes, no hay imaginación… Y aquí lamentablemente tiene razón Dragó
cuando coincide con Ortega en destacar la aristofobia
de nuestro pueblo:
“De la imposibilidad de vertebración, de la irrefrenable tendencia a la desvertebración de lo poco que hasta la segunda mitad del reinado de Felipe II se vertebró, de la aviesa y firme voluntad de particularismo que es el denominador común de todos los españoles, se deriva, según Ortega, la peor y más profunda de las perversiones inscritas en el alma de nuestro pueblo: la aristofobia, el odio a los mejores, que cierra el paso a las minorías selectas, descabeza y descapitaliza una y otra vez el país, lo torna inhabitable, genera la proverbial y secular desconfianza de los gobernados hacia sus dirigentes y conduce fatalmente -lo estamos viendo- al imperio de las masas” (p. 180).
Si no encontramos una fórmula para lograr que gobiernen los mejores, o al menos para evitar que al poder lleguen los más malos, que es lo que está sucediendo, el panorama no hará más que empeorar. Las cenizas de nuestros montes son una metáfora de lo que nos espera con estos políticos. Urge cambiar el rumbo, y dudo mucho de que estemos a tiempo.
martes, 20 de mayo de 2025
León XIV y la humildad
Sobre el nuevo Papa, León XIV, no tengo mucho que decir, salvo que me ha causado buena impresión la expresión de su rostro y el detalle de salir al balcón con la indumentaria papal clásica. Desde el inicio de su pontificado, Francisco renunció a lo que para él era un boato innecesario, llegando incluso a calzar unos zapatones gastados por el uso que inevitablemente llamaban la atención. No dudo de que tuviera la mejor intención, pero daba la impresión de que con ello hacía ostentación de humildad. León XIV ha recuperado la tradición y creo que ha acertado, porque cuando te insertas en ella reconoces humildemente tu participación en una realidad superior.
La humildad es una virtud muy importante. El hombre humilde debe estar dispuesto a que su nombre -que bien mirado es la cosa más azarosa del mundo- se pierda. No importa que nadie se acuerde de nosotros, ni siquiera cuando estamos vivos. Lo único que cuenta es esforzarse por actuar bien, tener la conciencia limpia. Eso es todo. Personalmente, siento un gran respeto por los héroes anónimos. A veces tenemos la fortuna de reconocerlos, siempre en contra de su voluntad. Cuando ello sucede, si es posible, y tratando de incomodarles lo menos posible, hay que escucharles si tienen a bien hablar. Digo esto porque todavía estoy saboreando una frase escrita por Pablo D'Ors en su versión de "El peregrino ruso", incluida en su último libro, "Devoción": "Una buena palabra es plata -dije para terminar, sellando mis labios-, pero el silencio es oro puro".
miércoles, 29 de enero de 2025
Conocimiento y sabiduría
En uno de los capítulos más interesantes de su excelente libro El monje y el filósofo, Matthieu Ricard y su padre, Jean François Revel, distinguen entre conocimiento y sabiduría. La sabiduría implica una transformación interior orientada a la práctica de las virtudes que reconocen todas las grandes tradiciones espirituales. Para alcanzar dicha sabiduría transformadora el conocimiento teórico de la verdad no basta; la sabiduría requiere experimentar esa verdad, lo cual nos sitúa ante el problema de la “técnica espiritual”. Las hay tan diversas como los ejercicios de contemplación propios de la mística cristiana o las prácticas meditativas budistas, por poner sólo dos ejemplos. También en psicología parece que el psicoterapeuta orienta al paciente para que alcance por sí mismo un “insight”, es decir, un momento en que el paciente “ve” -pero no de forma teórica- algo que antes se le ocultaba y que constituye la palanca que le permite introducir cambios en su vida o superar un problema psicológico.
Tener un encuentro experiencial con la verdad es un asunto fascinante que requiere un esfuerzo de escucha, estudio y reflexión seguido de una práctica contemplativa constante y bien dirigida. Y ni siquiera así es suficiente: hay que ser humilde y reconocer que los "encuentros" más significativos son una concesión, una "gracia" que se recibe y no se conquista. Esos momentos son una vivencia interior comunicable, aunque quien la escuche no quedará precisamente impresionado. Al contrario, el relato de ese encuentro puede parecer incluso banal debido a que la situación es una verdad que se comprende fácilmente desde un plano intelectual, pero cuya hondura sólo percibe el protagonista de la vivencia interior. En ocasiones, el encuentro no se logra mediante una práctica constante que facilite la introspección. Al comienzo de su conocidísimo libro “El poder del ahora”, Eckhart Tolle cuenta que su vida era pura desdicha y que se hallaba al borde del suicidio. Una noche, cuando el sufrimiento era más intenso, un pensamiento llegó a su mente: “No puedo seguir viviendo conmigo mismo”. En ese preciso instante Tolle se dio cuenta de que la capacidad de observarse a sí mismo implicaba dos "yo": el “yo” doliente cuya vida era desdichada y el "yo" capaz de contemplar a la persona Tolle que a partir de ese momento se le representaba como un "personaje". Él comprendió que su "yo" más auténtico era la conciencia pura contemplativa, un “insight” profundamente liberador que le condujo a que su vida cambiara por completo. Desde entonces se ha convertido en un maestro espiritual con millones de seguidores en todo el mundo.
Yo no he vivido nada parecido a una experiencia de ese tipo,
pero sí he tenido algún encuentro experiencial con la verdad que me ha servido
para entender qué quieren significar quienes advierten de que no hay que confundir el conocimiento con la sabiduría. Me sucedió hace más de treinta años. Una mañana debía coger un autobús para irme
de viaje y ello me generaba cierta inquietud. Como todavía disponía de tiempo,
decidí realizar un sencillo ejercicio de atención a la respiración que comenzaba observando sin juzgar los
sonidos y los objetos que me rodeaban. En un determinado momento percibí
claramente cómo la quietud de cada uno de esos objetos contrastaba con mi
agitación interior. Me daba cuenta de que si hubiera desaparecido en ese mismo
instante los objetos hubieran seguido allí, inertes, totalmente ajenos a mí y a
cualquier tribulación. Es obvio, ¿verdad? Pese a lo ridículo que pueda parecer,
ese “insight” se me quedó grabado porque aprendí por experiencia directa que el
estado mental tiñe el mundo exterior, condiciona nuestra manera de percibirlo.
La situación que acabo de narrar se produjo en un momento de introspección, de contemplación. Lo subrayo porque, como apuntaba al principio, ese es el camino más seguro que conduce a la sabiduría. Es posible ir en busca del conocimiento e incluso de la verdad y tener éxito. Pero serán éxitos poco profundos, aunque resulten vistosos y redunden en el reconocimiento social. También la sabiduría se puede buscar, pero el camino es muy distinto: se trata de aproximarse a la verdad sutilmente, dejando que se exprese. Por ello, la arrogancia o la impaciencia son incompatibles con la sabiduría. Hay que ser muy cuidadosos cuando se trata de quitar el “velo” que cubre la verdad y acercarse a ella con humildad, con amor, porque se busca la verdad para lograr esa transformación que sólo puede ser fruto de la virtud, conscientes de nuestras evidentes limitaciones, aunque estando sumamente agradecidos precisamente por ser conscientes de esas limitaciones. Ahí está el “sólo sé que no sé nada” socrático que por encima de todo invita a la humildad y a la gratitud.
martes, 27 de agosto de 2024
¿Cómo dejar atrás la mente discursiva?
La frase “los árboles no nos dejan ver el bosque” refleja
uno de los mayores riesgos que acechan a quienes nos dedicamos a la actividad filosófica.
Nos movemos entre teorías que pretenden dar razón de la realidad. Para ello
nuestra herramienta principal es el “concepto”, que Ortega definía como
“contenido mental enunciable”. Accedemos a la realidad desde conceptos que
debemos examinar críticamente para, a su vez, dar razón de ella mediante otros conceptos
con los que transmitir nuestra “visión”. El riesgo es confundir el concepto con
la realidad misma, pero ¿es posible un acceso directo a la realidad? He ahí el
problema de la frase que citaba al comienzo.
Un bosque es un concepto que se refiere a un conjunto de
árboles, que a su vez es otro concepto. Y así podríamos seguir con las partes
que forman el árbol y que nos remiten a diferentes conceptos como tronco,
ramas, hojas, etc. Cuando afirmamos que los árboles no nos dejan ver el bosque
parece como si el concepto “bosque” se enseñoreara de la realidad. Sería
más correcto decir que el bosque no nos deja ver los árboles, porque esta frase
aspira a que tomemos contacto directo no con la abstracción que representa el
“bosque”, sino con realidades mucho más tangibles como son cada uno de los
árboles con los que nos topamos conforme nos vamos acercando a ese conjunto que
divisamos a lo lejos y denominamos “bosque”. Aún así permanecemos en la mente
discursiva, conceptual, porque hay que ver el árbol sin la pátina conceptual
que condiciona nuestra mirada.
El fondo del problema, clave en la filosofía budista, es cómo
podemos tener ese contacto directo con la realidad que nos proporcione una
sabiduría auténtica fruto de la experiencia directa. Para acercarnos a la
realidad necesitamos los conceptos, pero luego es necesario dejarlos atrás. Una
metáfora muy habitual es la de la balsa que nos traslada de una orilla a otra
de un gran río. La balsa es un vehículo que resulta muy útil mientras estamos cruzando,
pero que finalmente es necesario abandonar.
¿Cómo y cuándo abandonar el pensamiento conceptual, la mente discursiva? Para mostrar la enorme dificultad de la tarea pondré el ejemplo de una situación que todos hemos vivido. En muchas ocasiones, observamos una montaña, una nube, el suelo de parqué o cualquier otro objeto y, de repente, nuestra mente descubre en él una determinada imagen, por ejemplo, la cara de un moro en la montaña del castillo de Santa Bárbara en Alicante. Una vez identificada esa imagen, ¿podemos volver a ver esa montaña borrando la imagen? Con otras palabras, ¿es posible regresar a la pristina visión cuando ha sido “contaminada” por la mente discursiva? Lo he intentado en muchas ocasiones y no soy capaz. Puedo seguir mirando y ver más cosas, pero esa imagen ha cristalizado y condiciona mi acceso a esa realidad. Si eso es así, no sorprende la insistencia de los budistas por entrenarse a través de las técnicas meditativas en superar el pensamiento conceptual, el dualismo “sujeto-objeto" presente en la actividad cognoscitiva. También podemos desprendernos de nuestros conceptos, de las imágenes con las que troquelamos la realidad, no luchando contra ello, no intentando dejar de ver el moro en la montaña o el fauno en el parqué. Simplemente se trataría de dar un paso atrás y observar nuestra mente discursiva. Esa, si no lo entiendo mal, es la vía directa que propone Rupert Spira con su referencia a “ser consciente de ser consciente”, como titula uno de sus libros. Es decir, se busca darse cuenta de cómo actúa nuestra mente indagando en cuál es la razón de ese movimiento mental para, a partir de ahí, limitarse contemplar esos procesos desde una supraconsciencia capaz de abarcarlo todo, lo cuál también conduce a la no-dualidad.
Es posible que uno se pregunte por qué razón debemos ir más allá de nuestros conceptos. Indudablemente, toda actividad cognoscitiva depende de una creencia que condiciona nuestra relación con la realidad. Si uno cree que siempre hay un misterio que la inteligencia humana no podrá desvelar por sus propios medios quizá tenga la humildad suficiente como para, en lugar de ir en busca del secreto latente que oculta la realidad, confiar en que esta se manifieste a través de otros caminos. Ahí es donde se sitúa la contemplación, que en mi opinión sólo es incompatible con la actividad filosófica si pretendiera sustituirla; pero, más allá de este extremo, podría decirse que la complementa. De ahí el esfuerzo de tantos autores por conciliar fe y razón, en el caso cristiano, o ciencia y espiritualidad.
lunes, 15 de julio de 2024
"Las cerezas del cementerio", de Gabriel Miró
Antes de embarcarme en la lectura de Gabriel Miró quise saber más de él. Tenía curiosidad y expectativas después de haber visitado la casa de Polop en la que pasaba los veranos con su familia, y en la que se conservan objetos personales. Algunas frases seleccionadas de sus novelas me parecían espléndidas, así que todo apuntaba a que sintonizaría con su literatura. Curiosamente, todas las biografías destacan el poderoso efecto que tuvo sobre la consideración de su obra una crítica de Ortega a su novela “El obispo leproso”. Leí la crítica y no puedo estar más de acuerdo con Ortega. Nuestro filósofo destaca lo bien que escribe Miró, demasiado bien… Las imágenes son tan refulgentes que uno tiene que acercarse a sus libros provisto de una visera, dice Ortega. El problema es que como narrador aburre. A mí incluso me ha resultado antipático porque en “Las cerezas del cementerio” la intensidad de sus recursos estéticos hasta me resultan cursis. Es una belleza artificial, cincelada a base de forzar el lenguaje impidiendo que fluya la narración. De ahí que el primor de una página no empuje al lector a seguir el argumento, sino que lo detenga deslumbrado y cegado por la luz que desprende. Algunos ejemplos para que juzguen y decidan si sintonizan con él o salen corriendo:
“Viajaban los ojos de
Félix sin saciarse nunca; su alma desbordaba la recibida emoción; pero este
raudal trenzado de dulzura y dolor se perdía estérilmente. Su alma no era de la
soledad; estaba necesitada de otra alma que le diera en su vaso la miel y
apurada esencia de lo sentido; ansiaba ojos que le ofrecieran en su mirada el
desierto de las cumbres, el azul del espacio, la gloria del sol, el reposo y
palidez de las nieblas, la humedad de una lágrima hecha y nacida de toda la
vida pasada, evocada en este yermo y trono de las montañas. ¡Oh, divino deleite
que se alza y magnifica sobre todos los deleites!” (De “Las cerezas del
cementerio”, capítulo XVIII, “En la cumbrera”).
"Félix abrió los ojos; ni voz ni ruido le habían despertado. Largo rato estuvo sintiéndose dormido; sabiéndolo placenteramente. Estaban entornados los maderos de las ventanas, transparentándose sus nudos de púrpura. Un dedo de sol hacía el bello milagro del iris tocando la copa del agua, y el prisma se deshacía en gotas por las blancas cortinas del lecho" ("Las cerezas del cementerio", capítulo X, "Anacreóntica").
Uno de los defensores de Miró fue el poeta Juan Ramón Jiménez.
No me extraña en absoluto.
lunes, 12 de febrero de 2024
"Los contemplativos", de Pablo D'Ors
He disfrutado enormemente con la lectura de “Los contemplativos”, de Pablo D’Ors, un excelente escritor del que hasta ahora sólo había leído “Biografía del silencio”, un breve ensayo en el que el autor trata de transmitir el itinerario de transformación personal que ha experimentado tras cinco años -si mal no recuerdo- de sentarse diariamente a meditar. En “Los contemplativos”, una colección de relatos en los que cada historia aspira a identificar diferentes estadios que suelen presentarse en el camino espiritual, D’Ors acredita un enorme talento como narrador de ficción. Ese talento se ve favorecido porque sus historias reflejan la hondura de su condición de maestro espiritual. Sólo se puede escribir así cuando se ha avanzado lo suficiente en el camino de la contemplación y el autoconocimiento. Si además se tiene talento, sólo queda felicitar al autor y agradecerle haber escrito estas historias con tanto poder transformador.
lunes, 14 de marzo de 2022
Atender al presente sin sucumbir al "instanteísmo"
La clave de la vida moral radica en la intención con la que se actúa. Esto no significa que la intención purifique la acción hasta convertirla en buena. Muchas personas cometen el error de creer que su comportamiento fue irreprochable porque actuaron con la mejor intención. Y esta es importante, sin duda, por dos razones al menos. La primera es que las posibilidades de equivocarse son menores si se actúa con buena voluntad. La segunda es que la buena intención no contamina la mente y, por tanto, no siembra semillas que harán que arraiguen conductas perjudiciales para nosotros mismos y para los demás en el futuro. El error, como apuntaba, consiste en complacerse en las buenas intenciones y no analizar cuidadosamente cuál es el impacto de nuestra acción en las relaciones con objetos, seres vivos y personas. Cuando esa desatención se traduce en actuar impulsivamente al abrigo de esos buenos sentimientos -lo cual es una imprudencia en el sentido más estricto del término- uno debería reconsiderar si sus intenciones son realmente rectas o más bien hay un velado fin egocéntrico, que será lo más habitual.
El estudio de la intención es
capital a la hora de ordenar nuestra conducta y me gustaría mostrarlo examinando
una cuestión de la que se habla mucho en nuestros días: la relación del ser
humano con el tiempo vital. Desde el punto de vista psicológico y espiritual se
insiste mucho en la importancia de centrarse en el presente, sin dejarse
enredar por el pasado ni fantasear sobre lo que nos deparará el futuro. En “El
poder del ahora”, quizá uno de los libros más vendidos en las
últimas décadas, Eckhart Tolle sostiene que el sufrimiento proviene del pasado
o del futuro, no del presente. Aprender a vivir en el “aquí y el ahora” se ha
convertido en un recurso habitual por parte de muchos terapeutas para ayudar a
la gente a superar sus problemas. La pregunta es: ¿cómo evitar que esa atención
al presente degenere en “instanteísmo"? El “instanteísmo” es un rasgo característico de la modernidad que consiste en exaltar la
libertad con relación al tiempo, de tal forma que el pasado, la tradición, no nos condicionaría en absoluto, y tampoco tendríamos que asumir
ningún compromiso con relación al futuro. Es la manifestación más clara del “carpe
diem” que tantos problemas puede generar.
La clave para vivir centrado en el presente sin caer en el “instanteísmo” radica en el modo en que interiormente nos relacionemos con él. Es esencial superar las disyuntivas típicas de la
modernidad: el presente no se contrapone al pasado, sino que este está contenido en él, y al mismo tiempo el presente incorpora una tendencia hacia el futuro, tanto en la vida personal como en la social. Pero
esa tendencia no determina forzosamente el curso de los
acontecimientos, sino que entraña la responsabilidad de actuar conscientemente en el presente para construir el futuro en lugar de ser arrastrados hacia el. En la vida cosechamos lo sembrado, de ahí la importancia de centrarse en sembrar aquello que queramos cosechar. En la exaltación de la libertad que supone el "instanteísmo" se rompen lazos y el ser humano termina por desorientarse. Siempre vivimos en el presente, pero es la comprensión de lo que este significa lo que determina la intención con que se actúa, y esta intención marca la
diferencia entre un ejercicio responsable de la libertad que constituye una virtud y
el vicio del “instanteísmo” libertino.
martes, 8 de marzo de 2022
Reflexiones al hilo de "Autobiografía de un yogui"
En “Autobiografía de un Yogui”, de Paramahansa Yogananda, al margen de los sucesos increíbles que su autor refiere y que sin duda cabría calificar como milagros, he podido conocer la figura del científico bengalí Jagadish Chandra Bose que, entre otras cosas, descubrió las ondas electromagnéticas antes que Marconi e inventó el Crescógrafo. Se trata de un aparato capaz de grabar con gran precisión el movimiento de las plantas. A través de este instrumento Bose mostró a Yogananda que las plantas podían experimentar sentimientos. En concreto, Yogananda relata la reacción de un helecho ante el corte provocado por una navaja de afeitar. Tras leer este episodio podemos imaginar qué sucede en un jardín en el momento en que los jardineros aparecen con sus ruidosos instrumentos de poda. También me he acordado de Wallace Black Elk, líder espiritual sioux fallecido hace unos veinte años, de quien se decía que era capaz de mantener diálogos con las plantas.
Es difícil para nuestra mentalidad racional admitir como
reales todas estas historias de milagros y conversaciones con plantas, pero antes de rechazarlo como pura fantasía, engaño o magia, conviene considerar que lo que se
presenta como el mundo del espíritu no es otra cosa que una realidad sutil e
inaccesible para nuestros sentidos, aunque sí para la mente con el debido entrenamiento. En última instancia, la realidad es energía y por esa razón la evolución de la ciencia permite
comprobar muchas de las afirmaciones de los grandes místicos que previamente lo han experimentado. Esta es la razón por la que los maestros
espirituales, lejos de apelar a la creencia ciega, insisten en que la religión
debe basarse en dicha experiencia directa. El cristianismo ha intentado conciliar
fe y razón, pero, a diferencia de otras religiones, se ha apoyado sobre todo en la
razón conceptual y ha dejado en un segundo plano el camino de la experiencia
mística, que no pertenece a la fe, pero tampoco es asible a través de la razón conceptual. Quizá por ello sacerdotes católicos
como Pablo D’Ors insisten hoy en la importancia que tiene esa intuición directa y abogan por profundizar en la meditación y el silencio como camino
de encuentro con Dios.
sábado, 10 de julio de 2021
"Así empieza lo malo", de Javier Marías
Hace tiempo que quería dedicar una entrada a este libro de Javier Marías. En él se plantea una situación interesantísima: un matrimonio profundamente desdichado debido a una falta de la mujer que el marido no puede perdonar. En lugar de divorciarse de su marido, que sería lo lógico ante tantos desprecios y vejaciones, ella no sólo quiere seguir a su lado y reconquistarlo, sino que lo ama y admira, y hasta entiende que no la perdone. El lector se pregunta cuál pudo ser esa falta tan grave y la curiosidad le mantiene en vilo hasta el final. De entrada se podría pensar en una infidelidad, pero lo descarté de inmediato. Era demasiado burdo cuando además se sabe desde el principio que ante el desdén de su marido ella mantiene relaciones con otros hombres. ¿Qué puede ser tan imperdonable, incluso más que la infidelidad? La respuesta llega en la parte final del libro y les puedo asegurar que Javier Marías no defrauda (si desean leer el libro les aconsejo que no sigan leyendo).
Hay decisiones en nuestra vida que nos
condicionan biográficamente. Esas decisiones, acertadas o equivocadas, deben
ser adoptadas libremente. ¿Se imaginan tomar una decisión importante en la vida
no desde el error, sino siendo víctima del engaño deliberado de otra persona?
Esa fue la falta que cometió la mujer y que el marido no le perdona. Él le
había escrito desde la distancia diciéndole que estaba enamorado de otra mujer
y que no podía seguir su relación con ella. Sin embargo, ella finge no haber recibido esa carta y pretende seguir adelante con la relación como si nada hubiera pasado.
Por otra parte, ella se halla en una situación tremendamente vulnerable que
despierta en él una profunda compasión, hasta el punto de que decide seguir con ella y renunciar a la mujer a la que verdaderamente ama. Se casan,
tienen hijos e incluso son felices. Él se centra en ella y olvida a la mujer
que amó. Pero un día, ella, confiada después de años de matrimonio y feliz vida
en común, le confiesa que sí había recibido aquella carta. Es una bomba. Él se da cuenta de que una decisión que había
condicionado su biografía se basó en el engaño al que ella le sometió y no
puede perdonarla. Marías muestra con brillantez no sólo la estructura dramática
de la vida humana, sino la importancia que para una persona que quiera vivir
con autenticidad tiene tomar libremente las decisiones que afectan a la propia
vida. No hay mayor daño que engañar a alguien en este punto. En esa visión de
la vida humana como forzosamente libre, como decía Ortega y desarrolló brillantemente el padre de Javier Marías, Julián Marías, se halla una de las
claves de la dignidad humana. La herida causada por la mujer no podía ser perdonada
por el marido. El error de ambos fue seguir juntos una vez descubrieron que estaban
en un callejón sin salida.
lunes, 1 de marzo de 2021
Alerta frente a la violencia de la extrema izquierda
La violencia de los grupos de extrema izquierda y la comprensión que hacia ella han mostrado podemitas e independentistas es una grave amenaza para la convivencia pacífica en España. Ya incidí en el último post en su absoluto desprecio por la verdad y en que la defensa de la libre expresión es un pretexto sin el más mínimo fundamento que si algo pone de manifiesto es su sectarismo. Declaran “alertas anfascistas” frente a Vox -así lo hizo el propio Pablo Iglesias tras los resultados de las elecciones andaluzas- y sabotean y agreden a miembros de este partido en sus mítines mientras reclaman permisividad hacia los insultos a través de expresiones humillantes y vejatorias de “artistas” como Hasél o Valtònyc.
Hay que condenar enérgicamente esta ola de violencia y estar
muy vigilantes ante el propósito cada vez menos disimulado de actuar
violentamente para desestabilizar el orden constitucional. Desgraciadamente, la
extrema izquierda sigue sin renunciar a sus ideas revolucionarias basadas en la
“acción directa”, el eufemismo que emplean muchas veces para camuflar sus
acciones. En un vídeo en el que aparece acompañado por Hasél, Valtònyc señala
que el camino a seguir es la “acción directa”. La opinión de este sujeto no
tiene la más mínima consistencia intelectual, pero sí que sirve como indicio
para conocer qué ideas animan a estos grupos anarquistas, independentistas y
siempre antisistema.
No sólo debe preocuparnos la violencia física, sino es muy
importante evitar que se propague la violencia verbal. Es habitual que un
enfrentamiento físico comience con bravuconadas e insultos que van subiendo de
tono hasta que alguien asesta el primer golpe. En España la mentira se abre
paso y el lenguaje violento y provocativo está subiendo de tono. Y, junto al
lenguaje, se está imponiendo la división política en bloques antagónicos
incapaces de tender puentes entre ellos. Cada vez que se ofrece una encuesta se
hace una suma de los diputados que obtendría cada bloque. Conviene recordar las
palabras, una vez más, de Julían Marías respecto a cómo se llegó a la Guerra
Civil: “¿Puede decirse que estos
políticos, estos partidos, estos votantes querían la guerra civil? Creo que no,
que casi nadie español la quiso. Entonces ¿cómo fue posible? Lo grave es que
muchos españoles quisieron lo que resultó ser una guerra civil. Quisieron: a) Dividir
al país en dos bandos. b) Identificar al “otro” con el mal. c) No tenerlo en
cuenta, ni siquiera como peligro real, como adversario eficaz. d) Eliminarlo,
quitarlo de en medio (políticamente, físicamente si era necesario)”.
(Julián Marías, La España real,
Barcelona, Círculo de Lectores, 1983, p. 304).
Antes de que se desencadene una guerra, mucha gente cree
imposible que esto se acabe produciendo. Piensan que no llegará la sangre al
río, que son salidas de tono para negociar, para sacar rédito político. Quienes
así lo creen pueden estudiar cómo la situación de España se fue pudriendo sin
que se imaginara que ello desembocaría en tres años de guerra civil. O, si lo
prefieren, que se lean “El mundo de ayer”, de Stefan Zweig, y comprobarán que
incluso después del asesinato del archiduque Francisco Fernando, no se creía en
la guerra como una posibilidad real. A ello contribuían, como bien explica
Zweig, que en los últimos cuarenta años apenas había habido conflictos bélicos de
importancia en Europa. Quizá en España también llevemos muchos años de paz y muchos
jóvenes no valoren la importancia que tiene lo que hemos logrado:
nada menos que más de cuarenta años viviendo en democracia. Hay que cuidar ese
tesoro y estar alerta frente a quienes amenazan nuestra convivencia en paz.