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lunes, 16 de marzo de 2026

La energía que fluye del pasado

En sus comienzos, la fotografía retrataba personas o situaciones de una forma bastante aséptica, incluso a veces sorprenden esos rostros severos de nuestros antepasados captados por la cámara. Conforme fue evolucionando la tecnología y se pudieron comprar cámaras fotográficas, se ampliaron los momentos y situaciones que se fotografiaban: celebraciones, fiestas, excursiones campestres, etc. La llegada de los smartphones ha supuesto una auténtica revolución: se puede fotografiar y grabar en video todo prácticamente sin ningún límite. Pero, salvo excepciones, lo habitual es que inmortalicemos situaciones agradables, y cuando repasamos fotografías podemos llegar a pensar que el recuerdo amargo que guardamos en la memoria de aquella situación o de aquellos años bien podría ser una exageración a la vista de los rostros sonrientes que allí contemplamos. Pero lo verdaderamente interesante es darnos cuenta de que si podemos reinterpretar el pasado es porque este sigue operando en el presente y, por tanto, también en el futuro.

Evidentemente, los hechos pasados, en lo que respecta a su acontecer fáctico, son inamovibles. Lo importante desde el punto de vista de la vida humana es el significado que atribuimos a las acciones pasadas, porque toda acción requiere una explicación, en el caso de que haya sido realizada por un tercero, o una justificación, si somos nosotros los autores. Centrémonos en nosotros. ¿Qué razón nos condujo a actuar de una determinada manera? La vida nos exige actuar y solo posteriormente nos damos cuenta de todas las posibilidades de actuación que se nos abrían y que en aquel momento fuimos incapaces de ver. Lo descubrimos tal vez muchos años más tarde, como consecuencia de lo que nos enseña la experiencia de la vida, o quizá como resultado de una conversación con alguien que nos lo muestra.

Si podemos reinterpretar el pasado es porque sigue vivo, opera, es decir, tiene la energía que le otorga la acción. Ya me he referido en el blog a cómo los budistas destacan el poder -la energía- del “karma” presente en toda acción completa (esta requiere intención, ejecución, resultado y valoración del resultado), pero también lo vemos en el cristianismo cuando nos arrepentimos de nuestras acciones. Ese arrepentimiento tiene el poder de transformar la vida. Por ello, es certerísima la frase con la que se ampliaba la última petición del Padrenuestro “y líbranos del mal” en la liturgia romana. Como recuerda Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazaret (p. 204), la fórmula dice así: “Líbranos, Señor, de todos los males, pasados, presentes y futuros. Por la intercesión … de todos los santos danos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación”. Obsérvese que se pide que se nos libre no sólo de los males presentes y futuros, sino también de los pasados. Esto sólo se explica porque el pasado es fuerza viva, energía que fluye debido al inagotable sentido que podemos captar conforme avanza nuestro conocimiento de cualquier realidad pretérita. Y cuando esa realidad se manifiesta en un texto, que es signo de una manifestación del espíritu humano, la hermenéutica ha sabido ver que todo texto -si refleja la vida humana- encierra toda una fuente de significado que se va desvelando con el paso del tiempo, puesto que la reinterpretación es consustancial al aumento de nuestra comprensión.

Esto es lo que tiene ponerse a pensar. Comienzas dándote cuenta de las trampas de las fotografías y terminas viendo cuánta razón tiene la hermenéutica…

martes, 26 de agosto de 2025

Las nuevas expresiones que nos quieren colocar: "matrimonio igualitario" y "mujeres prostituidas"

Todos los proyectos totalitarios o, quedándonos en algo más cercano, las personas manipuladoras utilizan el lenguaje a su servicio. Las ideas más perversas o las acciones más viles son primorosamente camufladas con palabras que nos sugieren algo alejado de aquello que no se quiere que veamos. En la novela “1984”, Orwell narra el ambiente de una sociedad totalitaria en la que una herramienta esencial del poder para controlar a los ciudadanos es la “nueva lengua”, una poda concienzuda del lenguaje que conduce a los individuos a simplificar la realidad y a carecer de capacidad de crítica frente a la constante manipulación de la que son objeto.

Presto mucha atención a la “nueva lengua” que introducen los políticos en España. Ahí se ve su maldad, su deseo indisimulado de manipular a los ciudadanos para alcanzar sus objetivos completamente desligados del bien común. Por desgracia, este fenómeno es bastante común en nuestro país por la influencia del terrorismo etarra. Durante décadas hemos escuchado su lenguaje tramposo que algunos perezosos incluso llegaban a adoptar: “impuesto revolucionario” para camuflar el chantaje, la extorsión; “lucha armada” para no hablar de terrorismo; o “alternativa democrática” para referirse a la ruptura de España sin contar con los españoles. Son sólo unos ejemplos, como les digo. Escuchar las declaraciones de los etarras exigía un traductor simultáneo que filtrara las trampas de su lenguaje torticero. De ahí se han nutrido muchos de nuestros peores políticos que disfrutan no sólo manipulando términos, algo habitual entre los podemitas que tanto se parecen a los bildutarras, sino recurriendo a juegos de palabras o a metáforas tan del agrado de personajillos como Rufián, quien parece sentirse como pez en el agua con sus gracietas.

En los últimos meses, coincidiendo con la fiesta de la “soberbia” gay -yo también me voy a tomar alguna licencia en el uso del lenguaje, porque veo más soberbia que orgullo-, la expresión “matrimonio homosexual” ha sido sustituida inopinadamente por “matrimonio igualitario”. ¿Por qué les molesta la primera expresión? Realmente no termino de entenderlo, salvo que ahora, además de permitirse que las parejas homosexuales puedan denominar matrimonio a su unión, pretendan que incluso tiene una calidad superior, lo cual es incomprensible, porque todos los ciudadanos contraen matrimonio con iguales derechos. Pues bien, si prestan atención, verán que la expresión se está generalizando. Otro tanto sucede con las prostitutas. Ya no se les llama así, sino que se utiliza la expresión “mujeres prostituidas”, con lo que se quiere poner de manifiesto que son víctimas, cosa que en muchos casos así es, pero no en todos. Hay mujeres que reivindican el libre ejercicio de la prostitución. No entraré en este debate, pero, si se entra, no hay que hacerlo con las cartas marcadas por un lenguaje que deforma la realidad. En definitiva, nos intentan manipular como si fuéramos borregos, así que hay que vivir con los ojos bien abiertos evitando que nos lleven a su terreno. Un cuidado parecido al que hay que tener cuando estamos en el mar y, casi sin darnos cuenta, la corriente nos desvía de la toalla que nos sirve de referencia en la orilla.

domingo, 24 de agosto de 2025

Algunas reflexiones al hilo de "Y si habla mal de España... es español", de Sánchez Dragó

Este verano he leído “Y si habla mal de España… es español”, de Fernando Sánchez Dragó. Aunque su estilo no es de mi gusto, está bien escrito. Como ensayo me parece bastante pobre, porque opina mucho y argumenta poco. Entre sus muchas opiniones, hay una con la que estoy muy de acuerdo. Dragó lamenta el europeísmo acrítico que se ha vivido en España desde la muerte de Franco: “España dejó de ser diferente, claro que sí, en eso llevan razón los gilipuertas de los adosados y los diputados por ellos elegidos, cuando entró en Europa, hoy Eurabia, por culpa de los inconfesables deseos, serviles desvelos y obsequiosos oficios de una partida de politicastros trileros” (pp. 119-120).

Da la impresión de que a Dragó le parece que España, acomplejada sin razón, quiso parecerse a las naciones más prósperas de Europa, y ello nos ha conducido a que quizá hayamos perdido el alma genuinamente española o vayamos camino de perderla. Sorprende que a Dragó le parezca mal esta apuesta europeísta cuando no hace otra cosa que despotricar contra España. Cuando los afrancesados y los liberales del siglo XIX se lamentaban de los males de España miraban a Francia y, sobre todo, a Inglaterra (ahí está Moreno-Isla, el anglófilo de la novela “Fortunata y Jacinta” que está enamorado de Jacinta) como el modelo a seguir para dejar de ser una nación atrasada y decadente. A Dragó ni le gusta España, ni le gusta Europa, así que es difícil conocer qué solución propone, pues es evidente que para él, como para tantos otros españoles -entre los que me encuentro-, España es problema a resolver. Muy diferente es la postura de Juan Manuel de Prada, quien reivindica la tradición española frente a los “bárbaros del norte”. Este autor lamenta el encanallamiento en el que estamos sumidos los españoles por haber abandonado el pensamiento tradicional español. Eso es lo que él reivindica, recuperar la tradición sin complejos. Por eso critica que el grito de protesta de los defensores de la tauromaquia en una manifestación fuera "libertad, libertad, libertad" en lugar de "tradición, tradición, tradición". Creo habérselo leído en su libro "Una enmienda a la totalidad".

En mi opinión, España acertó en su apuesta europeísta, pero no debió afrontar ese proyecto con un complejo de inferioridad totalmente injustificado. España es mucho más que una nación europea, es uno de los grandes pilares de occidente, la raíz y el nexo de unión de los países hispanoamericanos. Sobre el inmenso tema de hispanoamérica, sólo me gustaría recordar que en Puerto Rico, el partido “Autonomía para Puerto Rico”, fundado en 2012, propone dejar de ser un Estado asociado a los Estados Unidos e incorporarse a España como comunidad autónoma. Aquí no hacemos ni caso a estos puertorriqueños y vivimos cada vez más divididos. No hay políticos capaces de pensar en proyectos nacionales de España. A mí me parece que lo de Puerto Rico debería tomarse muy en serio, e igualmente podríamos pensar en estrechar lazos con otras naciones hispanoamericanas. ¿Por qué Puerto Rico y, más adelante, Cuba no se incorporan a España como Estados asociados o incluso como comunidades autónomas? No hay políticos, no hay líderes, no hay imaginación… Y aquí lamentablemente tiene razón Dragó cuando coincide con Ortega en destacar la aristofobia de nuestro pueblo:

“De la imposibilidad de vertebración, de la irrefrenable tendencia a la desvertebración de lo poco que hasta la segunda mitad del reinado de Felipe II se vertebró, de la aviesa y firme voluntad de particularismo que es el denominador común de todos los españoles, se deriva, según Ortega, la peor y más profunda de las perversiones inscritas en el alma de nuestro pueblo: la aristofobia, el odio a los mejores, que cierra el paso a las minorías selectas, descabeza y descapitaliza una y otra vez el país, lo torna inhabitable, genera la proverbial y secular desconfianza de los gobernados hacia sus dirigentes y conduce fatalmente -lo estamos viendo- al imperio de las masas” (p. 180).

Si no encontramos una fórmula para lograr que gobiernen los mejores, o al menos para evitar que al poder lleguen los más malos, que es lo que está sucediendo, el panorama no hará más que empeorar. Las cenizas de nuestros montes son una metáfora de lo que nos espera con estos políticos. Urge cambiar el rumbo, y dudo mucho de que estemos a tiempo.

martes, 20 de mayo de 2025

León XIV y la humildad

Sobre el nuevo Papa, León XIV, no tengo mucho que decir, salvo que me ha causado buena impresión la expresión de su rostro y el detalle de salir al balcón con la indumentaria papal clásica. Desde el inicio de su pontificado, Francisco renunció a lo que para él era un boato innecesario, llegando incluso a calzar unos zapatones gastados por el uso que inevitablemente llamaban la atención. No dudo de que tuviera la mejor intención, pero daba la impresión de que con ello hacía ostentación de humildad. León XIV ha recuperado la tradición y creo que ha acertado, porque cuando te insertas en ella reconoces humildemente tu participación en una realidad superior. 

La humildad es una virtud muy importante. El hombre humilde debe estar dispuesto a que su nombre -que bien mirado es la cosa más azarosa del mundo- se pierda. No importa que nadie se acuerde de nosotros, ni siquiera cuando estamos vivos. Lo único que cuenta es esforzarse por actuar bien, tener la conciencia limpia. Eso es todo. Personalmente, siento un gran respeto por los héroes anónimos. A veces tenemos la fortuna de reconocerlos, siempre en contra de su voluntad. Cuando ello sucede, si es posible, y tratando de incomodarles lo menos posible, hay que escucharles si tienen a bien hablar. Digo esto porque todavía estoy saboreando una frase escrita por Pablo D'Ors en su versión de "El peregrino ruso", incluida en su último libro, "Devoción": "Una buena palabra es plata -dije para terminar, sellando mis labios-, pero el silencio es oro puro".

miércoles, 29 de enero de 2025

Conocimiento y sabiduría

En uno de los capítulos más interesantes de su excelente libro El monje y el filósofo, Matthieu Ricard y su padre, Jean François Revel, distinguen entre conocimiento y sabiduría. La sabiduría implica una transformación interior orientada a la práctica de las virtudes que reconocen todas las grandes tradiciones espirituales. Para alcanzar dicha sabiduría transformadora el conocimiento teórico de la verdad no basta; la sabiduría requiere experimentar esa verdad, lo cual nos sitúa ante el problema de la “técnica espiritual”. Las hay tan diversas como los ejercicios de contemplación propios de la mística cristiana o las prácticas meditativas budistas, por poner sólo dos ejemplos. También en psicología parece que el psicoterapeuta orienta al paciente para que alcance por sí mismo un “insight”, es decir, un momento en que el paciente “ve” -pero no de forma teórica- algo que antes se le ocultaba y que constituye la palanca que le permite introducir cambios en su vida o superar un problema psicológico. 

Tener un encuentro experiencial con la verdad es un asunto fascinante que requiere un esfuerzo de escucha, estudio y reflexión seguido de una práctica contemplativa constante y bien dirigida. Y ni siquiera así es suficiente: hay que ser humilde y reconocer que los "encuentros" más significativos son una concesión, una "gracia" que se recibe y no se conquista. Esos momentos son una vivencia interior comunicable, aunque quien la escuche no quedará precisamente impresionado. Al contrario, el relato de ese encuentro puede parecer incluso banal debido a que la situación es una verdad que se comprende fácilmente desde un plano intelectual, pero cuya hondura sólo percibe el protagonista de la vivencia interior. En ocasiones, el encuentro no se logra mediante una práctica constante que facilite la introspección. Al comienzo de su conocidísimo libro “El poder del ahora”, Eckhart Tolle cuenta que su vida era pura desdicha y que se hallaba al borde del suicidio. Una noche, cuando el sufrimiento era más intenso, un pensamiento llegó a su mente: “No puedo seguir viviendo conmigo mismo”. En ese preciso instante Tolle se dio cuenta de que la capacidad de observarse a sí mismo implicaba dos "yo": el “yo” doliente cuya vida era desdichada y el "yo" capaz de contemplar a la persona Tolle que a partir de ese momento se le representaba como un "personaje". Él comprendió que su "yo" más auténtico era la conciencia pura contemplativa, un “insight” profundamente liberador que le condujo a que su vida cambiara por completo. Desde entonces se ha convertido en un maestro espiritual con millones de seguidores en todo el mundo.

Yo no he vivido nada parecido a una experiencia de ese tipo, pero sí he tenido algún encuentro experiencial con la verdad que me ha servido para entender qué quieren significar quienes advierten de que no hay que confundir el conocimiento con la sabiduría. Me sucedió hace más de treinta años. Una mañana debía coger un autobús para irme de viaje y ello me generaba cierta inquietud. Como todavía disponía de tiempo, decidí realizar un sencillo ejercicio de atención a la respiración que comenzaba observando sin juzgar los sonidos y los objetos que me rodeaban. En un determinado momento percibí claramente cómo la quietud de cada uno de esos objetos contrastaba con mi agitación interior. Me daba cuenta de que si hubiera desaparecido en ese mismo instante los objetos hubieran seguido allí, inertes, totalmente ajenos a mí y a cualquier tribulación. Es obvio, ¿verdad? Pese a lo ridículo que pueda parecer, ese “insight” se me quedó grabado porque aprendí por experiencia directa que el estado mental tiñe el mundo exterior, condiciona nuestra manera de percibirlo.

La situación que acabo de narrar se produjo en un momento de introspección, de contemplación. Lo subrayo porque, como apuntaba al principio, ese es el camino más seguro que conduce a la sabiduría. Es posible ir en busca del conocimiento e incluso de la verdad y tener éxito. Pero serán éxitos poco profundos, aunque resulten vistosos y redunden en el reconocimiento social. También la sabiduría se puede buscar, pero el camino es muy distinto: se trata de aproximarse a la verdad sutilmente, dejando que se exprese. Por ello, la arrogancia o la impaciencia son incompatibles con la sabiduría. Hay que ser muy cuidadosos cuando se trata de quitar el “velo” que cubre la verdad y acercarse a ella con humildad, con amor, porque se busca la verdad para lograr esa transformación que sólo puede ser fruto de la virtud, conscientes de nuestras evidentes limitaciones, aunque estando sumamente agradecidos precisamente por ser conscientes de esas limitaciones. Ahí está el “sólo sé que no sé nada” socrático que por encima de todo invita a la humildad y a la gratitud.

martes, 27 de agosto de 2024

¿Cómo dejar atrás la mente discursiva?

La frase “los árboles no nos dejan ver el bosque” refleja uno de los mayores riesgos que acechan a quienes nos dedicamos a la actividad filosófica. Nos movemos entre teorías que pretenden dar razón de la realidad. Para ello nuestra herramienta principal es el “concepto”, que Ortega definía como “contenido mental enunciable”. Accedemos a la realidad desde conceptos que debemos examinar críticamente para, a su vez, dar razón de ella mediante otros conceptos con los que transmitir nuestra “visión”. El riesgo es confundir el concepto con la realidad misma, pero ¿es posible un acceso directo a la realidad? He ahí el problema de la frase que citaba al comienzo.

Un bosque es un concepto que se refiere a un conjunto de árboles, que a su vez es otro concepto. Y así podríamos seguir con las partes que forman el árbol y que nos remiten a diferentes conceptos como tronco, ramas, hojas, etc. Cuando afirmamos que los árboles no nos dejan ver el bosque parece como si el concepto “bosque” se enseñoreara de la realidad. Sería más correcto decir que el bosque no nos deja ver los árboles, porque esta frase aspira a que tomemos contacto directo no con la abstracción que representa el “bosque”, sino con realidades mucho más tangibles como son cada uno de los árboles con los que nos topamos conforme nos vamos acercando a ese conjunto que divisamos a lo lejos y denominamos “bosque”. Aún así permanecemos en la mente discursiva, conceptual, porque hay que ver el árbol sin la pátina conceptual que condiciona nuestra mirada.

El fondo del problema, clave en la filosofía budista, es cómo podemos tener ese contacto directo con la realidad que nos proporcione una sabiduría auténtica fruto de la experiencia directa. Para acercarnos a la realidad necesitamos los conceptos, pero luego es necesario dejarlos atrás. Una metáfora muy habitual es la de la balsa que nos traslada de una orilla a otra de un gran río. La balsa es un vehículo que resulta muy útil mientras estamos cruzando, pero que finalmente es necesario abandonar.

¿Cómo y cuándo abandonar el pensamiento conceptual, la mente discursiva? Para mostrar la enorme dificultad de la tarea pondré el ejemplo de una situación que todos hemos vivido. En muchas ocasiones, observamos una montaña, una nube, el suelo de parqué o cualquier otro objeto y, de repente, nuestra mente descubre en él una determinada imagen, por ejemplo, la cara de un moro en la montaña del castillo de Santa Bárbara en Alicante. Una vez identificada esa imagen, ¿podemos volver a ver esa montaña borrando la imagen? Con otras palabras, ¿es posible regresar a la pristina visión cuando ha sido “contaminada” por la mente discursiva? Lo he intentado en muchas ocasiones y no soy capaz. Puedo seguir mirando y ver más cosas, pero esa imagen ha cristalizado y condiciona mi acceso a esa realidad. Si eso es así, no sorprende la insistencia de los budistas por entrenarse a través de las técnicas meditativas en superar el pensamiento conceptual, el dualismo “sujeto-objeto" presente en la actividad cognoscitiva. También podemos desprendernos de nuestros conceptos, de las imágenes con las que troquelamos la realidad, no luchando contra ello, no intentando dejar de ver el moro en la montaña o el fauno en el parqué. Simplemente se trataría de dar un paso atrás y observar nuestra mente discursiva. Esa, si no lo entiendo mal, es la vía directa que propone Rupert Spira con su referencia a “ser consciente de ser consciente”, como titula uno de sus libros. Es decir, se busca darse cuenta de cómo actúa nuestra mente indagando en cuál es la razón de ese movimiento mental para, a partir de ahí, limitarse contemplar esos procesos desde una supraconsciencia capaz de abarcarlo todo, lo cuál también conduce a la no-dualidad.

Es posible que uno se pregunte por qué razón debemos ir más allá de nuestros conceptos. Indudablemente, toda actividad cognoscitiva depende de una creencia que condiciona nuestra relación con la realidad. Si uno cree que siempre hay un misterio que la inteligencia humana no podrá desvelar por sus propios medios quizá tenga la humildad suficiente como para, en lugar de ir en busca del secreto latente que oculta la realidad, confiar en que esta se manifieste a través de otros caminos. Ahí es donde se sitúa la contemplación, que en mi opinión sólo es incompatible con la actividad filosófica si pretendiera sustituirla; pero, más allá de este extremo, podría decirse que la complementa. De ahí el esfuerzo de tantos autores por conciliar fe y razón, en el caso cristiano, o ciencia y espiritualidad.

lunes, 15 de julio de 2024

"Las cerezas del cementerio", de Gabriel Miró

Antes de embarcarme en la lectura de Gabriel Miró quise saber más de él. Tenía curiosidad y expectativas después de haber visitado la casa de Polop en la que pasaba los veranos con su familia, y en la que se conservan objetos personales. Algunas frases seleccionadas de sus novelas me parecían espléndidas, así que todo apuntaba a que sintonizaría con su literatura. Curiosamente, todas las biografías destacan el poderoso efecto que tuvo sobre la consideración de su obra una crítica de Ortega a su novela “El obispo leproso”. Leí la crítica y no puedo estar más de acuerdo con Ortega. Nuestro filósofo destaca lo bien que escribe Miró, demasiado bien… Las imágenes son tan refulgentes que uno tiene que acercarse a sus libros provisto de una visera, dice Ortega. El problema es que como narrador aburre. A mí incluso me ha resultado antipático porque en “Las cerezas del cementerio” la intensidad de sus recursos estéticos hasta me resultan cursis. Es una belleza artificial, cincelada a base de forzar el lenguaje impidiendo que fluya la narración. De ahí que el primor de una página no empuje al lector a seguir el argumento, sino que lo detenga deslumbrado y cegado por la luz que desprende. Algunos ejemplos para que juzguen y decidan si sintonizan con él o salen corriendo:

“Viajaban los ojos de Félix sin saciarse nunca; su alma desbordaba la recibida emoción; pero este raudal trenzado de dulzura y dolor se perdía estérilmente. Su alma no era de la soledad; estaba necesitada de otra alma que le diera en su vaso la miel y apurada esencia de lo sentido; ansiaba ojos que le ofrecieran en su mirada el desierto de las cumbres, el azul del espacio, la gloria del sol, el reposo y palidez de las nieblas, la humedad de una lágrima hecha y nacida de toda la vida pasada, evocada en este yermo y trono de las montañas. ¡Oh, divino deleite que se alza y magnifica sobre todos los deleites!” (De “Las cerezas del cementerio”, capítulo XVIII, “En la cumbrera”).

"Félix abrió los ojos; ni voz ni ruido le habían despertado. Largo rato estuvo sintiéndose dormido; sabiéndolo placenteramente. Estaban entornados los maderos de las ventanas, transparentándose sus nudos de púrpura. Un dedo de sol hacía el bello milagro del iris tocando la copa del agua, y el prisma se deshacía en gotas por las blancas cortinas del lecho" ("Las cerezas del cementerio", capítulo X, "Anacreóntica").

Uno de los defensores de Miró fue el poeta Juan Ramón Jiménez. No me extraña en absoluto.

lunes, 12 de febrero de 2024

"Los contemplativos", de Pablo D'Ors

He disfrutado enormemente con la lectura de “Los contemplativos”, de Pablo D’Ors, un excelente escritor del que hasta ahora sólo había leído “Biografía del silencio”, un breve ensayo en el que el autor trata de transmitir el itinerario de transformación personal que ha experimentado tras cinco años -si mal no recuerdo- de sentarse diariamente a meditar. En “Los contemplativos”, una colección de relatos en los que cada historia aspira a identificar diferentes estadios que suelen presentarse en el camino espiritual, D’Ors acredita un enorme talento como narrador de ficción. Ese talento se ve favorecido porque sus historias reflejan la hondura de su condición de maestro espiritual. Sólo se puede escribir así cuando se ha avanzado lo suficiente en el camino de la contemplación y el autoconocimiento. Si además se tiene talento, sólo queda felicitar al autor y agradecerle haber escrito estas historias con tanto poder transformador.

lunes, 14 de marzo de 2022

Atender al presente sin sucumbir al "instanteísmo"

La clave de la vida moral radica en la intención con la que se actúa. Esto no significa que la intención purifique la acción hasta convertirla en buena. Muchas personas cometen el error de creer que su comportamiento fue irreprochable porque actuaron con la mejor intención. Y esta es importante, sin duda, por dos razones al menos. La primera es que las posibilidades de equivocarse son menores si se actúa con buena voluntad. La segunda es que la buena intención no contamina la mente y, por tanto, no siembra semillas que harán que arraiguen conductas perjudiciales para nosotros mismos y para los demás en el futuro. El error, como apuntaba, consiste en complacerse en las buenas intenciones y no analizar cuidadosamente cuál es el impacto de nuestra acción en las relaciones con objetos, seres vivos y personas. Cuando esa desatención se traduce en actuar impulsivamente al abrigo de esos buenos sentimientos -lo cual es una imprudencia en el sentido más estricto del término- uno debería reconsiderar si sus intenciones son realmente rectas o más bien hay un velado fin egocéntrico, que será lo más habitual.

El estudio de la intención es capital a la hora de ordenar nuestra conducta y me gustaría mostrarlo examinando una cuestión de la que se habla mucho en nuestros días: la relación del ser humano con el tiempo vital. Desde el punto de vista psicológico y espiritual se insiste mucho en la importancia de centrarse en el presente, sin dejarse enredar por el pasado ni fantasear sobre lo que nos deparará el futuro. En “El poder del ahora”, quizá uno de los libros más vendidos en las últimas décadas, Eckhart Tolle sostiene que el sufrimiento proviene del pasado o del futuro, no del presente. Aprender a vivir en el “aquí y el ahora” se ha convertido en un recurso habitual por parte de muchos terapeutas para ayudar a la gente a superar sus problemas. La pregunta es: ¿cómo evitar que esa atención al presente degenere en “instanteísmo"? El “instanteísmo” es un rasgo característico de la modernidad que consiste en exaltar la libertad con relación al tiempo, de tal forma que el pasado, la tradición, no nos condicionaría en absoluto, y tampoco tendríamos que asumir ningún compromiso con relación al futuro. Es la manifestación más clara del “carpe diem” que tantos problemas puede generar.

La clave para vivir centrado en el presente sin caer en el “instanteísmo” radica en el modo en que interiormente nos relacionemos con él. Es esencial superar las disyuntivas típicas de la modernidad: el presente no se contrapone al pasado, sino que este está contenido en él, y al mismo tiempo el presente incorpora una tendencia hacia el futuro, tanto en la vida personal como en la social. Pero esa tendencia no determina forzosamente el curso de los acontecimientos, sino que entraña la responsabilidad de actuar conscientemente en el presente para construir el futuro en lugar de ser arrastrados hacia el. En la vida cosechamos lo sembrado, de ahí la importancia de centrarse en sembrar aquello que queramos cosechar. En la exaltación de la libertad que supone el "instanteísmo" se rompen lazos y el ser humano termina por desorientarse. Siempre vivimos en el presente, pero es la comprensión de lo que este significa lo que determina la intención con que se actúa, y esta intención marca la diferencia entre un ejercicio responsable de la libertad que constituye una virtud y el vicio del “instanteísmo” libertino.

martes, 8 de marzo de 2022

Reflexiones al hilo de "Autobiografía de un yogui"

En “Autobiografía de un Yogui”, de Paramahansa Yogananda, al margen de los sucesos increíbles que su autor refiere y que sin duda cabría calificar como milagros, he podido conocer la figura del científico bengalí Jagadish Chandra Bose que, entre otras cosas, descubrió las ondas electromagnéticas antes que Marconi e inventó el Crescógrafo. Se trata de un aparato capaz de grabar con gran precisión el movimiento de las plantas. A través de este instrumento Bose mostró a Yogananda que las plantas podían experimentar sentimientos. En concreto, Yogananda relata la reacción de un helecho ante el corte provocado por una navaja de afeitar. Tras leer este episodio podemos imaginar qué sucede en un jardín en el momento en que los jardineros aparecen con sus ruidosos instrumentos de poda. También me he acordado de Wallace Black Elk, líder espiritual sioux fallecido hace unos veinte años, de quien se decía que era capaz de mantener diálogos con las plantas.

Es difícil para nuestra mentalidad racional admitir como reales todas estas historias de milagros y conversaciones con plantas, pero antes de rechazarlo como pura fantasía, engaño o magia, conviene considerar que lo que se presenta como el mundo del espíritu no es otra cosa que una realidad sutil e inaccesible para nuestros sentidos, aunque sí para la mente con el debido entrenamiento. En última instancia, la realidad es energía y por esa razón la evolución de la ciencia permite comprobar muchas de las afirmaciones de los grandes místicos que previamente lo han experimentado. Esta es la razón por la que los maestros espirituales, lejos de apelar a la creencia ciega, insisten en que la religión debe basarse en dicha experiencia directa. El cristianismo ha intentado conciliar fe y razón, pero, a diferencia de otras religiones, se ha apoyado sobre todo en la razón conceptual y ha dejado en un segundo plano el camino de la experiencia mística, que no pertenece a la fe, pero tampoco es asible a través de la razón conceptual. Quizá por ello sacerdotes católicos como Pablo D’Ors insisten hoy en la importancia que tiene esa intuición directa y abogan por profundizar en la meditación y el silencio como camino de encuentro con Dios.  

sábado, 10 de julio de 2021

"Así empieza lo malo", de Javier Marías

Hace tiempo que quería dedicar una entrada a este libro de Javier Marías. En él se plantea una situación interesantísima: un matrimonio profundamente desdichado debido a una falta de la mujer que el marido no puede perdonar. En lugar de divorciarse de su marido, que sería lo lógico ante tantos desprecios y vejaciones, ella no sólo quiere seguir a su lado y reconquistarlo, sino que lo ama y admira, y hasta entiende que no la perdone. El lector se pregunta cuál pudo ser esa falta tan grave y la curiosidad le mantiene en vilo hasta el final. De entrada se podría pensar en una infidelidad, pero lo descarté de inmediato. Era demasiado burdo cuando además se sabe desde el principio que ante el desdén de su marido ella mantiene relaciones con otros hombres. ¿Qué puede ser tan imperdonable, incluso más que la infidelidad? La respuesta llega en la parte final del libro y les puedo asegurar que Javier Marías no defrauda (si desean leer el libro les aconsejo que no sigan leyendo).

Hay decisiones en nuestra vida que nos condicionan biográficamente. Esas decisiones, acertadas o equivocadas, deben ser adoptadas libremente. ¿Se imaginan tomar una decisión importante en la vida no desde el error, sino siendo víctima del engaño deliberado de otra persona? Esa fue la falta que cometió la mujer y que el marido no le perdona. Él le había escrito desde la distancia diciéndole que estaba enamorado de otra mujer y que no podía seguir su relación con ella. Sin embargo, ella finge no haber recibido esa carta y pretende seguir adelante con la relación como si nada hubiera pasado. Por otra parte, ella se halla en una situación tremendamente vulnerable que despierta en él una profunda compasión, hasta el punto de que decide seguir con ella y renunciar a la mujer a la que verdaderamente ama. Se casan, tienen hijos e incluso son felices. Él se centra en ella y olvida a la mujer que amó. Pero un día, ella, confiada después de años de matrimonio y feliz vida en común, le confiesa que sí había recibido aquella carta. Es una bomba. Él se da cuenta de que una decisión que había condicionado su biografía se basó en el engaño al que ella le sometió y no puede perdonarla. Marías muestra con brillantez no sólo la estructura dramática de la vida humana, sino la importancia que para una persona que quiera vivir con autenticidad tiene tomar libremente las decisiones que afectan a la propia vida. No hay mayor daño que engañar a alguien en este punto. En esa visión de la vida humana como forzosamente libre, como decía Ortega y desarrolló brillantemente el padre de Javier Marías, Julián Marías, se halla una de las claves de la dignidad humana. La herida causada por la mujer no podía ser perdonada por el marido. El error de ambos fue seguir juntos una vez descubrieron que estaban en un callejón sin salida.

lunes, 1 de marzo de 2021

Alerta frente a la violencia de la extrema izquierda

La violencia de los grupos de extrema izquierda y la comprensión que hacia ella han mostrado podemitas e independentistas es una grave amenaza para la convivencia pacífica en España. Ya incidí en el último post en su absoluto desprecio por la verdad y en que la defensa de la libre expresión es un pretexto sin el más mínimo fundamento que si algo pone de manifiesto es su sectarismo. Declaran “alertas anfascistas” frente a Vox -así lo hizo el propio Pablo Iglesias tras los resultados de las elecciones andaluzas-  y sabotean y agreden a miembros de este partido en sus mítines mientras reclaman permisividad hacia los insultos a través de expresiones humillantes y vejatorias de “artistas” como Hasél o Valtònyc.

Hay que condenar enérgicamente esta ola de violencia y estar muy vigilantes ante el propósito cada vez menos disimulado de actuar violentamente para desestabilizar el orden constitucional. Desgraciadamente, la extrema izquierda sigue sin renunciar a sus ideas revolucionarias basadas en la “acción directa”, el eufemismo que emplean muchas veces para camuflar sus acciones. En un vídeo en el que aparece acompañado por Hasél, Valtònyc señala que el camino a seguir es la “acción directa”. La opinión de este sujeto no tiene la más mínima consistencia intelectual, pero sí que sirve como indicio para conocer qué ideas animan a estos grupos anarquistas, independentistas y siempre antisistema.

No sólo debe preocuparnos la violencia física, sino es muy importante evitar que se propague la violencia verbal. Es habitual que un enfrentamiento físico comience con bravuconadas e insultos que van subiendo de tono hasta que alguien asesta el primer golpe. En España la mentira se abre paso y el lenguaje violento y provocativo está subiendo de tono. Y, junto al lenguaje, se está imponiendo la división política en bloques antagónicos incapaces de tender puentes entre ellos. Cada vez que se ofrece una encuesta se hace una suma de los diputados que obtendría cada bloque. Conviene recordar las palabras, una vez más, de Julían Marías respecto a cómo se llegó a la Guerra Civil: “¿Puede decirse que estos políticos, estos partidos, estos votantes querían la guerra civil? Creo que no, que casi nadie español la quiso. Entonces ¿cómo fue posible? Lo grave es que muchos españoles quisieron lo que resultó ser una guerra civil. Quisieron: a) Dividir al país en dos bandos. b) Identificar al “otro” con el mal. c) No tenerlo en cuenta, ni siquiera como peligro real, como adversario eficaz. d) Eliminarlo, quitarlo de en medio (políticamente, físicamente si era necesario)”. (Julián Marías, La España real, Barcelona, Círculo de Lectores, 1983, p. 304).  

Antes de que se desencadene una guerra, mucha gente cree imposible que esto se acabe produciendo. Piensan que no llegará la sangre al río, que son salidas de tono para negociar, para sacar rédito político. Quienes así lo creen pueden estudiar cómo la situación de España se fue pudriendo sin que se imaginara que ello desembocaría en tres años de guerra civil. O, si lo prefieren, que se lean “El mundo de ayer”, de Stefan Zweig, y comprobarán que incluso después del asesinato del archiduque Francisco Fernando, no se creía en la guerra como una posibilidad real. A ello contribuían, como bien explica Zweig, que en los últimos cuarenta años apenas había habido conflictos bélicos de importancia en Europa. Quizá en España también llevemos muchos años de paz y muchos jóvenes no valoren la importancia que tiene lo que hemos logrado: nada menos que más de cuarenta años viviendo en democracia. Hay que cuidar ese tesoro y estar alerta frente a quienes amenazan nuestra convivencia en paz.

viernes, 28 de agosto de 2015

Breve reflexión sobre las armas

¿Qué sucede cuando una persona posee un arma? ¿Qué transformación se produce en ella? Un arma nos proporciona poder para matar, y mucha gente cuando se sabe poderosa gusta de ver reconocido su poder, independientemente de en qué consista. Pensemos, por ejemplo, en una discusión de tráfico acalorada en la que uno de los implicados lleva un revólver en la guantera. Es posible que la situación llegue a requerir hacer uso de ella para defenderse, pero más de uno tendrá la tentación de sacarlo a pasear para mostrar su poder e intimidar al otro. Su pensamiento podría traducirse así: "No te pongas chulo que como te saque el revólver y veas mi poder te vas a cagar". Hay una película, “El señor de las moscas”, basada en el libro del mismo título, en la que entre otros muchos temas de interés, se observa el cambio que en el grupo de cadetes náufragos en una isla deshabitada supone la aparición de las armas. En este caso también hay una justificación objetiva: las armas van a utilizarse para cazar cerdos. Pero inmediatamente se observa que los que las poseen se sienten poderosos, diferentes al resto del grupo. La escisión entre los cazadores armados y el resto de cadetes será el comienzo de un enfrentamiento con trágicas consecuencias. 

En el debate sobre el derecho a portar armas se pueden esgrimir diferentes argumentos. Es sabido que en Estados Unidos los defensores de este derecho tienen presente un modelo de sociedad individualista en la que el Estado ocupa un papel residual, tanto que incluso no puede impedir el derecho de cada persona a defenderse por sí misma. La segunda enmienda de su Constitución establece que “siendo necesaria una milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado libre, el derecho del Pueblo a poseer y portar armas no será infringido”. Me pregunto cuántas muertes injustas y atroces por armas en manos de particulares tendremos que ver para que los defensores de este argumento de principio se den cuenta de que las consecuencias sólo pueden ser relegadas hasta cierto límite cuando se trata de convivir.

martes, 4 de marzo de 2014

"Los hermanos Karamazov"

"Los hermanos Karamazov" es una novela con pasajes sublimes, aunque "Crimen y castigo" me parece que tiene una trama argumental mejor construida y mucha mayor fluidez narrativa. A mi juicio la relación de Aliocha con Kolia, Iliucha y los otros niños es prescindible, y por momentos la lectura se hace tediosa. Me ha resultado muy interesante la estampa que Dostoyevski nos ofrece de la espiritualidad rusa a través de la figura del starets Zósimo y de los acontecimientos que tienen lugar en el monasterio. Pero para mí lo mejor sin duda está en la parte final de la novela. Son magistrales las entrevistas entre Iván y Smerdiakov en las que cobra protagonismo la idea de la culpabilidad moral; y, sobre todo, la intervención final del abogado defensor de Mitia, Fetiukovich, que todavía me tiene impresionado, veinticuatro horas después de haber concluido la lectura. El conocimiento profundo de la psicología humana que demuestra Dostoyevski denota no sólo su genialidad, sino una vida marcada por la experiencia personal de los más terribles sufrimientos morales. Estremece pensar en cómo debió sufrir Dostoyevski para llegar a ese nivel de obsesión con el tema de la culpa y los remordimientos de conciencia. Él mismo reconoce en "Memorias del subsuelo" que tener una conciencia demasiado desarrollada es una enfermedad. No es de extrañar que a Freud esta novela le pareciera sublime. Es una delicia ver cómo el abogado analiza la personalidad de Mitia y de Smerdiakov dando cuenta de todos los matices de su comportamiento para tratar de desmontar una acusación de parricidio que en la que Mitia parece tener todo en su contra. Sí, es una obra maestra y su lectura, aunque pesada -no nos engañemos- merece la pena.

martes, 13 de agosto de 2013

Previos a una reflexión sobre el amor

Veré si encuentro un hueco los próximos días para desarrollar una breve reflexión sobre el amor, tema sobre el que he pensado largamente en los últimos años. De los muchos textos que merecerían comentarse, he querido transcribir uno de Anthony de Mello incluido en su polémico (por herético, en sentido riguroso) libro “Autoliberación interior”. Antes de exponer mis opiniones sobre este texto y sobre otros a los que tendré que referirme les invito a que lo lean con calma y, si les apetece, realicen algún comentario.

“Donde hay amor no hay deseos. Y por eso no existe ningún miedo. Si amas de verdad a tu amigo, tendrías que poder decirle sinceramente: “Así, sin los cristales de los deseos, te veo como eres, y no como yo desearía que fueses, y así te quiero ya, sin miedo a que te escapes, a que me faltes, a que no me quieras”. Porque en realidad, ¿qué deseas? ¿Amar a esa persona tal cual es, o a una imagen que no existe? En cuanto puedas desprenderte de esos deseos-apegos, podrás amar; a lo otro no se lo debe llamar amor, pues es todo lo contrario de lo que el amor significa.

El enamorarse tampoco es amor, sino desear para ti una imagen que te imaginas de una persona. Todo es un sueño, porque esa persona no existe. Por eso, en cuanto conoces la realidad de esa persona, como no coincide con lo que tú te imaginabas, te desenamoras. La esencia de todo enamoramiento son los deseos. Deseos que generan celos y sufrimiento porque, al no estar asentados en la realidad, viven en la inseguridad, en la desconfianza, en el miedo a que todos los sueños se acaben, se vengan abajo.

El enamoramiento proporciona cierta emoción y exaltación que gusta a las personas con una inseguridad afectiva y que alimentan una sociedad y una cultura que hacen de ello un comercio. Cuando estás enamorado no te atreves a decir toda la verdad por miedo a que el otro se desilusione porque, en el fondo, sabes que el enamoramiento sólo se alimenta de ilusiones e imágenes idealizadas.

El enamoramiento supone una manipulación de la verdad y de la otra persona para que sienta y desee lo mismo que tú y así poder poseerla como un objeto, sin miedo a que te falle. El enamoramiento no es más que una enfermedad y una droga del que, por su inseguridad, no está capacitado para amar libre y gozosamente. La gente insegura no desea la felicidad de verdad, porque teme el riesgo de la libertad y, por ello, prefiere la droga de los deseos”.


Anthony de Mello

domingo, 5 de mayo de 2013

"Hispanoamérica", de Julián Marías

Ayer recibí un insospechado regalo que me hizo muy feliz. Mi amigo Pepe deseaba deshacerse de libros que no le cabían en su biblioteca y pensó que quizá me podría interesar “Hispanoamérica”, de Julián Marías, una de las pocas obras de este autor que me faltaban, y además sobre una realidad apasionante. No podría haber escogido nada más adecuado para regalarme. Como últimamente me levanto de madrugada y tenía el libro sobre la mesita comencé a leer. La primera reflexión de Marías sobre la conquista y colonización española del nuevo continente es un excelente aperitivo. Marías comienza el libro asombrándose de cómo fue posible que en poco más de cincuenta años los conquistadores españoles llegaran y dejaran su huella en tantos lugares de América de tan difícil acceso, desde México a la Pampa argentina. Como él dice, es inverosímil, sobre todo si se compara con los ingleses, que una vez establecidos en las colonias del este fueron ocupando muy lentamente nuevos territorios. Desde luego nada que ver con la monumental, titánica, colosal empresa española. Me ilusiona aproximarme a Hispanoamérica de la mano de Marías. Seguro que, como siempre me sucede con Marías, al que tuve la fortuna de ver en persona en una conferencia que pronunció en Valencia en 1997, me aguardan en estas páginas observaciones agudas e ideas provechosas.

martes, 2 de abril de 2013

"Todo lo que era sólido”, de Antonio Muñoz Molina

Desde que leí “La noche de los tiempos” soy un ferviente admirador de Antonio Muñoz Molina. Ahora que tengo twitter me he hecho seguidor suyo y disfruto de sus breves apuntes cotidianos. Hace pocos días, paseando por Bilbao, entré en El Corte Inglés y me hice con su último libro, un ensayo titulado “Todo lo que era sólido” en el que hay reflexiones muy atinadas respecto a las causas que nos han llevado a la situación de crisis que padecemos. También hay en el libro anécdotas reveladoras, sobre todo aquellas en las que deja en cueros a algún político importante de los últimos tiempos. No me resisto a contarles una de Zapatero. Sucedió en una visita al palacio de la Moncloa de tres o cuatro directores de centros del Instituto Cervantes entre los que se encontraba Muñoz Molina. Zetapé les enseñó el palacio y cuando llegó a la sala de reuniones del Consejo de Ministros apoyó las manos en el sillón de presidencia y dijo: “Éste es el sitio más especial del palacio. Cuando te sientas aquí es cuando tocas de verdad el poder” (pág. 31). No sé qué impresión les causará, pero detrás de esa frase yo veo un niño engolosinado con el poder. Me deja aturdido que alguien que desempeña tal cargo no destaque en primer lugar la responsabilidad que entraña, la dificultad y la soledad que acompañan el momento de tener que tomar decisiones que afectan a tanta gente. Es verdaderamente increíble que no se le ocurriera otra cosa que subrayar la sensación de ser poderoso. Revela bien a las claras en manos de quién hemos estado.

sábado, 30 de marzo de 2013

"Sobre el imperio romano" y la necesidad de repensar la democracia

En "Sobre el imperio romano" Ortega realizó una distinción entre "vida como libertad" y "vida como adaptación" que me parece utilísima para tratar de entender la actual situación política española y la de otros países europeos con relación a la Unión Europea. A partir de las reflexiones de Ortega se puede decir, en primer lugar, que hay que romper con la idea de que la libertad política está ligada necesariamente a la democracia. Las instituciones de la Roma republicana, como observaba Cicerón y nos recuerda Ortega, hiceron posible entre los romanos siglos de vida pública en libertad. En segundo lugar, la democracia no siempre garantiza la libertad, como cada vez es más evidente. En un sistema democrático puede producirse esa situación de "vida como adaptación" que básicamente supone la imposibilidad de decidir libremente el camino que deseamos emprender colectivamente como comunidad política. En lugar de decidir hay que adaptarse a unos acontecimientos que nos vienen dados. Es como si Ortega estuviera viendo el momento actual en el que los gobiernos de muchos países europeos nos dicen que no hay alternativa a sus políticas. En su día dijo Rajoy en el parlamento -está comentado en el blog- que los españoles no podemos elegir. Me pareció una de las afirmaciones más graves que se han hecho en los últimos tiempos. Si esta situación que nos pide adaptarnos a lo inexorable se prolonga, poco a poco -ya está sucediendo- comenzarán a abrirse paso ideas políticas que reclamen el regreso de ese clima de libertad política con el que comenzó nuestra democracia en los años de la Transición y que se ha apagado curiosamente en el momento de mayor integración política europea. Esto es lo que está pasando, lo que los grandes partidos se resisten a admitir: la gente quiere cambios profundos en la política. No basta con cambios de gobierno, hace falta repensar la democracia. Las formaciones que sepan ver esta realidad y busquen la manera adecuada de darle respuesta lograrán tener la iniciativa política.

jueves, 3 de enero de 2013

"El Jarama", una casticísima obra de arte

Me embarqué en la lectura de "El Jarama" porque recuerdo haber leído -aunque no estoy seguro de no equivocarme- que Delibes consideraba a Sánchez Ferlosio, el autor de esta novela publicada en 1955, el mejor escritor en español vivo. Excelente elección. Es una obra maestra que sin duda disfrutará cualquier aficionado a la buena literatura, sobre todo si es español. Digo esto porque se trata de una novela genuinamente española, castiza en grado sumo, lo que en el caso español supone, entre otras cosas, una sobriedad y precisión que se aprecia en las descripciones y en los diálogos. Comprendo que entusiasmara al genial autor de "El camino". Cuando Ferlosio narra, ves y escuchas paisajes, escenas, gestos y conversaciones que conoces, que retratan cómo es la vida en la piel de toro. El Jarama es el típico río en que yo diría que todo español se ha bañado o visitado, aunque mi caso quizá sea especial por haber veraneado toda mi vida en Ribarroja del Túria. Y todos hemos entrado alguna vez en la taberna de Mauricio.

"El Jarama" narra cómo transcurre un tórrido domingo de verano en una población de las afueras de Madrid por la que pasa el río Jarama, al que han acudido un grupo de jóvenes para disfrutar del día bañándose en el río y pasar la tarde -algunos de ellos- en la taberna de Mauricio. No les digo más, aunque tampoco se crean que hay mucho más que decir. No callo una trama detectivesca ni nada por el estilo. Estamos ante un magnífico retrato de la vida cotidiana, tan pulcramente escrito que pocos lectores se verán tentados a abandonar la lectura. Las conversaciones que tienen lugar en la taberna son, como apuntaba, castizas tanto en el lenguaje, como en los temas, personajes y modos de conducirse. Me parecen cautivadoras, bellísimas en su sencillez. Son trazos literarios del alma española. Una maravilla que les recomiendo (si se puede recomendar algo publicado hace medio siglo que probablemente muchos lectores ya conocían hace tiempo).

viernes, 28 de diciembre de 2012

Luis Miguel Dominguín

Ortega comienza "Mirabeau o el político" explicando que su fascinación por este personaje se debe a que percibe en él el contrapunto a su forma de ser. Lo entiendo muy bien. Yo también admiro a muchas personas -vivas o muertas- cuyo carácter difiere enormemente del mío y poseen unas cualidades que, si bien no envidio, sí que contemplo con admiración desde la distancia. Una de ellas es Luis Miguel Dominguín (1926-1996), un gran torero de personalidad arrolladora y gran vitalidad. No se dejaba impresionar por nadie, ni siquiera por Picasso -miren en YouTube la entrevista en la que cuenta la anécdota en la que dejó esperando a Picasso-. Era, además, un amigo leal y generoso, como se refleja en el libro "La puerta de la esperanza", escrito por José Luis Olaizola con base en las conversaciones mantenidas con  Juan Antonio Vallejo-Nágera (amigo íntimo de Dominguín) pocos meses antes de morir. Dominguín me fascina por su decidida voluntad de "comerse el mundo", de disfrutar con nobleza y cierta pillería de todo aquello que la vida nos puede ofrecer. En otras personas ciertas actitudes de Dominguín pasarían por frivolidades, pero su autenticidad lo hacía imposible. Probablemente fuera esa autenticidad lo que cautivó a Picasso o al mismo Franco. En ocasiones, pienso en cómo abordaría Dominguín cierta situación y me hace gracia, porque mi reacción y la que imagino que él tendría son completamente distintas, quizá lo mismo que le pasaba a Ortega cuando pensaba en Mirabeau.