Topar con un autor que te nutre intelectualmente es una verdadera delicia. En cada línea sientes que sintonizas con él, que estás aprendiendo, y te sientes muy afortunado y agradecido. Me sucede con Alfredo Cruz Prados desde que leí “Ethos y Polis”, una maravilla de libro sobre filosofía política. Aunque pueda hallar alguna discrepancia, también he disfrutado y aprendido con “Sobre la realidad del Derecho”, otro libro monumental dedicado a la filosofía jurídica. Y recientemente acabo de leer “El sentido de la moral”, un excelente librito en el que sintetiza con suma claridad las principales ideas de “Deseo y verificación”, su gran obra sobre la ética o filosofía moral. Sin exagerar, es uno de los mejores libros que he leído en mi vida. En él, como suele ser habitual en sus libros, desde el profundo conocimiento que tiene sobre la obra de Aristóteles y Tomás de Aquino, presenta el pensamiento clásico sobre la filosofía práctica de una forma muy clara, como sólo pueden hacerlo aquellos que han dedicado muchísimo tiempo a comprenderlo y a hacerlo suyo.
En “El sentido de la moral”, en línea con sus dos grandes
maestros, refuta la ética kantiana basada en la contraposición entre obrar por
razón (en Kant, obrar por puro deber) y obrar por apetito. Cruz Prados afirma
que siempre obramos por apetito, incluso cuando creemos que actuamos movidos
por el sentido del deber: “El deber siempre tiene una razón, una justificación,
y esta razón no es otra cosa que un bien -un bien del propio sujeto del deber-,
que es objeto de un apetito, algo que el sujeto obligado desea. Siempre que
debemos hacer algo es para conseguir algo que queremos. El deber no es otra
cosa que el vínculo existente entre un sujeto que desea lograr un bien, y la
acción que se presenta como medio necesario para alcanzarlo”.
En esa relación entre el fin que apetece nuestra voluntad en razón del bien que representa y la elección de los medios para alcanzarlo se desarrolla el momento de la deliberación en el que la razón se pone al servicio de la voluntad. Al examinar la deliberación, Cruz Prados muestra convincentemente que la razón se subordina a la voluntad, hasta el punto de que nos engañamos buscando buenas razones para justificar aquello que deseamos. El siguiente texto me parece de la máxima importancia: “Lo que la razón busca conocer es una acción que sea conforme con lo que la voluntad apetece (…). Esto es así porque, si la finalidad de la razón práctica es dar lugar a la acción, lo que esta razón ha de proporcionar a la voluntad en la deliberación, no es sólo un conocimiento objetivamente verdadero -un conocimiento que corresponde a cómo son las cosas en la realidad misma, sino un conocimiento que sea también motivador, que sintonice con la voluntad -con su tendencia o inclinación- y la haga moverse en la dirección marcada por dicho conocimiento, ya que la voluntad es lo único que propiamente se mueve a la acción”.
Cuando deseamos algo la razón suele ingeniárselas para encontrar el camino no sólo para identificar y poner en práctica los medios adecuados, sino para justificar la propia acción, principalmente ante uno mismo. A alguien que no conozca la motivación que inspira dicho comportamiento, puede parecerle que determinadas acciones son estúpidas, torpes, impropias de alguien inteligente. Por eso, la única forma de comprenderlas es indagando su auténtica fuerza motriz: el apetito o deseo (en estos casos, equivocado). El deseo, más que nublar la razón, la doblega y es muy importante que encontremos situaciones en las que esto se manifiesta claramente en nuestra vida para aprender de ello. Les pondré un ejemplo real que puede ayudarnos a comprobar que Cruz Prados tiene toda la razón en lo que dice. Imaginen que han decidido por razones de salud realizar un ejercicio prescrito por un fisioterapeuta en el que durante un tiempo deben mantener su cuerpo en una determinada postura. El ejercicio debe realizarse con los ojos cerrados durante unos 45 minutos. Ponen la alarma del reloj para que les avise de cuándo se ha cumplido el tiempo. Pues bien, imaginen -será lo más probable- que a los veinte minutos empiezan a sentir dolor en una pierna y el dolor aumenta hasta resultarles muy difícil o casi imposible mantener la postura. Obviamente, algunos se rendirán, pero imaginemos a los que deciden perseverar. Es posible que "discurran" lo siguiente: se instalará en la persona un deseo creciente de que el dolor cese, pero como se está determinado a aguantar hasta el final se permanece sentado. Sin embargo, el deseo de que cese el dolor compele a la voluntad y esta pone la razón a su servicio de una forma sutil. La mente racional empezará a preguntarse si quizá la programación de la alarma del móvil se ha hecho correctamente, o si el móvil tenía suficiente batería. Es decir, la razón busca formas de ajustarse o “sintonizar”, como dice Cruz Prados, con la voluntad, de tal forma que el deseo de ser fiel a la determinación de seguir quieto no se frustré por “debilidad”, sino por la justificación racional de un error en la programación de la alarma, porque la sensación subjetiva de que el tiempo transcurrido supera holgadamente lo previsto para el ejercicio hace que la única explicación "razonable" sea que la alarma no se ha programado bien. Si esta argumentación no funciona, nuestra razón se las ingeniará para buscar otras explicaciones con el fin de sintonizar con la voluntad, probablemente que el fisioterapeuta se ha equivocado de ejercicio. Es sólo un ejemplo, pero desde luego a mí me sirve para confirmar empíricamente que Cruz Prados tiene razón, y esto es importante.
