Me engancha esta historia del teniente yanqui que, tras participar con George A. Custer en la batalla de Little big horn contra los sioux, viaja a Japón para enfrentarse a los samuráis. Al igual que le sucede a John Dunbar en “Bailando con lobos”, el teniente Nathan Algren (interpretado por Cruise) termina cautivado por el modo de vida de los samuráis, se enamora de la hermana de su líder, y se convierte en uno de ellos. Hay que destacar la actuación estelar –como siempre- del gran Tom Cruise, la banda sonora de Hans Zimmer, muy inspirada en “Gladiator”, aunque a mí me gusta más la de "El último samurái", la ambientación, la fotografía y las escenas de acción. No fue premiada en los Oscar de 2004 porque competía con películas de enorme talla como “El Retorno del Rey”, “Master and Commander”, “Lost in Traslation”, “Cold Mountain” o “Mistic River”.
El modo de vida de los samuráis, tal como se presenta en la
película, cautiva sobre todo por su vinculación con el budismo zen.
Cultivan la atención, el cuidado a los rituales de la vida diaria, y tienen una
visión de la vida trascendente, es decir, abierta al misterio. Cuando está
rodeado y a punto de morir, Algren acaba con el samurái que iba a darle muerte.
El líder de los samuráis, Katsumoto, impide que maten a Algren y lo lleva
prisionero a la aldea dejándolo al cuidado de su hermana, Taka, que es la mujer del
samurái al que Algren mató. ¿Cómo es posible semejante comportamiento? Los
samuráis interpretan que fue un combate lícito que se saldó con la muerte de
uno de ellos, y no hay nada que reprochar a Algren. Es más, Katsumoto está
convencido de que debe de haber una razón que escapa a su entendimiento para
que Algren venciera y lo apresaran. Así lo vio mientras meditaba. El curso de
los acontecimientos conduce a que Algren termine enamorándose de la mujer del
hombre a quien dio muerte, lleve su armadura y sea adorado por los hijos de su
víctima. Sencillamente, maravilloso.