Hace dos semanas me desplacé a Estambul por motivos de trabajo. Tras concluir las actividades propias del congreso, dediqué las tardes -también el día de descanso- a conocer la ciudad. Había escuchado muchos comentarios elogiosos de Estambul, pero no confío demasiado en las opiniones ajenas, porque mi perspectiva e intereses no suelen coincidir con los de la mayoría. En una ciudad de tanta importancia histórica sin duda vas a hallar un importantísimo patrimonio arquitectónico y, dada su ubicación geográfica, unos bellos paisajes naturales y urbanos. La puesta de sol en el Bósforo contemplada desde los jardines anexos al palacio de Topkati fue quizá el momento más especial de mis largos paseos por Estambul. Además, allí, justo al lado del mar, un cantante turco amenizaba a los presentes interpretando con su guitarra canciones turcas. Lo hacía muy bien y con gusto hubiera permanecido más tiempo, pero había quedado con mis compañeros de fatigas para ver el partido de España contra Austria.
Ubicada en los jardines que albergaron el hipódromo de Constantinopla, destacaría la belleza exterior e interior de la mezquita azul, que resalta todavía más porque se puede contemplar desde lejos. Las numerosas mezquitas de Estambul tienen una estructura muy similar, y convierte su visita en algo monótono. Además, me llama la atención la escasa importancia que dan a guardar silencio en su interior en contraste con la vigilancia estricta para aprobar la vestimenta de las mujeres y para evitar que nadie entre calzado al recinto. Para mí la religiosidad es incompatible con el ruido. De Santa Sofía puedo decir que la disfrutará aquel que sepa apreciar la emoción de estar en un edificio histórico en el que todavía es posible hallar vestigios de lo que en su día fue una gran iglesia cristiana. Su presente es decepcionante, por lo que no me atrevería a aconsejar su visita a todo el mundo. Sí destacaría la basílica de la cisterna (llamada así por haberse ubicada en una antigua basílica romana): un inmenso aljibe construido sobre columnas que refleja el genio romano. No me llamó la atención el gigantesco gran bazar de Estambul, un centro comercial abarrotado de callecitas que albergan tiendas, muchas de ellas no excesivamente originales, sin ningún valor arquitectónico. Además, dicen que su actividad está orientada a tomarle el pelo a los turistas con precios elevados. Más bonito y muchísimo más pequeño, es el bazar de las especias, en el que desemboque por casualidad. Un lugar con encanto, pero tampoco nos volvamos locos. Finalmente, pude pasear por el histórico barrio de Balat, que se encuentra muy deteriorado. Allí se hallan algunas de las iglesias ortodoxas más importantes. Desgraciadamente, no pude visitarlas, y me quedo con la opinión de un amigo que sí lo logró y me habló elogiosamente de la iglesia de los búlgaros y de San Esteban. También se suele destacar la catedral de San Jorge. Hasta aquí pinceladas de impresiones de algunos lugares turísticos que se consideran imperdibles. No tuve tiempo para visitar el Estambul asiático, pero el último día cruzamos el Bósforo para asistir a la cena de gala y contemplamos de noche la parte europea de Estambul (donde se hallan todos los lugares que he mencionado) y me pareció una vista muy hermosa que a buen seguro hubiera disfrutado en un tranquilo paseo nocturno.
Decía que mis intereses y perspectiva no suelen ser los habituales. Puedo apreciar la monumentalidad de una ciudad, su patrimonio y belleza, pero una ciudad es mucho más que eso. Permanezco atento a los rostros de las gentes, a la forma de moverse por la ciudad y de organizar la vida colectiva, y a las sensaciones intangibles. Por ejemplo, sé que mucha gente considerará que la monumentalidad y belleza de París no se puede comparar con Londres, pero para mí la capital inglesa tiene mucho más encanto que la francesa. Y también me he sentido muchísimo más cómodo en Berlín que en la decepcionante Munich. Y no me resulta sencillo explicar las razones en algunos de estos casos. Casi me atrevería a referirme a las ciudades como en ocasiones Boyero comenta las películas, es decir, transmitiendo mis sensaciones de entusiasmo, hastío o aburrimiento, incapaz a veces de dar razón de ello. Si sintonizas con la sensibilidad del crítico, puede interesarte su percepción. Les puedo decir que Estambul me ha parecido una ciudad poco interesante, aunque tiene la gran ventaja de que es muy segura. Los turcos son gentes que no te miran ni con curiosidad ni con interés. Te toleran porque lo tienen que hacer, es posible que pensando que los infieles somos una fuente de ingresos. Quizá sea el lógico hastío de ver su ciudad poblada de turistas. El tráfico es insufrible y antipático. Es muy complicado cruzar ciertas calles y muchas aceras están deterioradas. La ciudad no se caracteriza por su limpieza: tiran los papeles al suelo, incluidos los muchísimos cigarrillos que se fuman. Afortunadamente, la presencia libre y abundante de los gatos mantiene las plagas bajo control. La expresión de los turcos es desagradable, y es muy evidente la posición de superioridad social de los varones frente a la mujer, como sucederá en cualquier otro país musulmán, y quizá más acusadamente. Puedo imaginar que mi paseo por la ciudad hubiera sido muy diferente en el caso de ser yo una mujer. No me hubiera sentido cómoda. En definitiva, mi experiencia de estos días en Estambul ha sido estupenda por haber estado muy bien acompañado por los compañeros con los que acudí al congreso, pero la ciudad no es para mí ese lugar mágico e imperdible al que muchos se refieren.