Cualquier persona sensata está en contra de la tiranía iraní que se cobra la vida de inocentes y discrimina a las mujeres. Igualmente, podemos estar de acuerdo en que la condena de este régimen no debe traducirse en un ataque militar que suponga comenzar una guerra despreciando el Derecho internacional, por muy criticable que sea su articulación institucional. Posicionarse en contra de la guerra de Irán y no plegarse a las exigencias de alguien como Trump, cuyas declaraciones y comportamientos hacen dudar incluso de su salud mental, es totalmente lógico. Y así lo ha hecho el Papa, demostrando un valor digno de encomio, pero también líderes europeos como Starmer, Macron o la propia Meloni, quien no ha dudado en marcar distancias con el presidente de Estados Unidos, pese a que pasaba por ser una fiel aliada. También lo ha hecho Sánchez, pero su sobreactuación, lejos de servir para elogiar su postura, refleja falta de patriotismo.
A Sánchez no le ha bastado con criticar a Trump y
desmarcarse de sus políticas. Pretende significarse como un destacado
representante del “antitrumpismo”, lo cual no beneficia a España, sino a él, porque
cualquier aspiración electoral que tenga pasa por polarizar políticamente al país para
identificar al PP y a Vox con las políticas de la derecha reaccionaria, sobre todo si Vox no se desmarca claramente de Trump. Desde
el punto de vista de los riesgos para la seguridad de España, el apoyo de
Estados Unidos a Marruecos es preocupante. Y adquirir el estatus de “enemigo”
de los Estados Unidos no creo que nos beneficie económicamente -pese al
paraguas de la UE-, puesto que la balanza comercial con aquel país es
claramente deficitaria, sobre todo debido a las importaciones de petróleo
(consúltenlo y verán). De seguir
tensando las relaciones con los Estados Unidos muchos otros productos pueden verse afectados. No hay que llevar la oposición a las decisiones de Trump a un punto que nos haga perder la posibilidad de restaurar la alianza con este país, porque Trump dejará de ser presidente más pronto que tarde.
La alianza con China incide en esta sobreactuación sumamente
arriesgada. Está muy bien mantener buenas relaciones con China, sobre todo desde
el punto de vista económico, pero de ahí a afirmar esa estupidez de “estar en
el lado bueno de la Historia”, presentándose como un aliado estratégico del gigante asiático, hay mucho trecho. No creo que políticamente China
sea un país digno de alabanza. Sánchez se siente cómodo con un
Estado que invadió el Tíbet generando desde entonces una auténtica limpieza
étnica. Nadie habla de esta realidad terrible y tremenda, porque los tibetanos son
un pueblo pacífico que no busca su libertad con violencia y terrorismo. Incluso
el Dalai Lama se ha mostrado interesado en lograr la autonomía para su patria
dentro de China. ¿Qué dice Sánchez de todo esto? Le da igual, porque a Sánchez
sólo le importa él, y eso no es ser patriota, más bien todo lo contrario.