Mostrando entradas con la etiqueta Reflexiones personales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reflexiones personales. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de marzo de 2026

La energía que fluye del pasado

En sus comienzos, la fotografía retrataba personas o situaciones de una forma bastante aséptica, incluso a veces sorprenden esos rostros severos de nuestros antepasados captados por la cámara. Conforme fue evolucionando la tecnología y se pudieron comprar cámaras fotográficas, se ampliaron los momentos y situaciones que se fotografiaban: celebraciones, fiestas, excursiones campestres, etc. La llegada de los smartphones ha supuesto una auténtica revolución: se puede fotografiar y grabar en video todo prácticamente sin ningún límite. Pero, salvo excepciones, lo habitual es que inmortalicemos situaciones agradables, y cuando repasamos fotografías podemos llegar a pensar que el recuerdo amargo que guardamos en la memoria de aquella situación o de aquellos años bien podría ser una exageración a la vista de los rostros sonrientes que allí contemplamos. Pero lo verdaderamente interesante es darnos cuenta de que si podemos reinterpretar el pasado es porque este sigue operando en el presente y, por tanto, también en el futuro.

Evidentemente, los hechos pasados, en lo que respecta a su acontecer fáctico, son inamovibles. Lo importante desde el punto de vista de la vida humana es el significado que atribuimos a las acciones pasadas, porque toda acción requiere una explicación, en el caso de que haya sido realizada por un tercero, o una justificación, si somos nosotros los autores. Centrémonos en nosotros. ¿Qué razón nos condujo a actuar de una determinada manera? La vida nos exige actuar y solo posteriormente nos damos cuenta de todas las posibilidades de actuación que se nos abrían y que en aquel momento fuimos incapaces de ver. Lo descubrimos tal vez muchos años más tarde, como consecuencia de lo que nos enseña la experiencia de la vida, o quizá como resultado de una conversación con alguien que nos lo muestra.

Si podemos reinterpretar el pasado es porque sigue vivo, opera, es decir, tiene la energía que le otorga la acción. Ya me he referido en el blog a cómo los budistas destacan el poder -la energía- del “karma” presente en toda acción completa (esta requiere intención, ejecución, resultado y valoración del resultado), pero también lo vemos en el cristianismo cuando nos arrepentimos de nuestras acciones. Ese arrepentimiento tiene el poder de transformar la vida. Por ello, es certerísima la frase con la que se ampliaba la última petición del Padrenuestro “y líbranos del mal” en la liturgia romana. Como recuerda Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazaret (p. 204), la fórmula dice así: “Líbranos, Señor, de todos los males, pasados, presentes y futuros. Por la intercesión … de todos los santos danos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación”. Obsérvese que se pide que se nos libre no sólo de los males presentes y futuros, sino también de los pasados. Esto sólo se explica porque el pasado es fuerza viva, energía que fluye debido al inagotable sentido que podemos captar conforme avanza nuestro conocimiento de cualquier realidad pretérita. Y cuando esa realidad se manifiesta en un texto, que es signo de una manifestación del espíritu humano, la hermenéutica ha sabido ver que todo texto -si refleja la vida humana- encierra toda una fuente de significado que se va desvelando con el paso del tiempo, puesto que la reinterpretación es consustancial al aumento de nuestra comprensión.

Esto es lo que tiene ponerse a pensar. Comienzas dándote cuenta de las trampas de las fotografías y terminas viendo cuánta razón tiene la hermenéutica…

miércoles, 11 de febrero de 2026

Felipe González: "España no funciona"

Felipe González participó ayer en un foro en el que Esther Palomera, periodista de El Diario, le preguntó por varias cuestiones, algunas relacionadas con el auge de Vox. González no se anduvo por las ramas y dejó claro que él ve más grave pactar con Bildu que con Vox, o que, si el candidato del PSOE es Sánchez, votará en blanco. Por la noche tuve oportunidad de ver parte de su intervención, que me pareció bastante sensata, y dijo algo mucho más sustancial y radical: España no funciona. Ahí está el titular. El país se nos cae de las manos, y lo ve cualquiera que viva en España. Ayer leía que el colapso sanitario se ha extendido a la sanidad privada. La gente no puede permitirse las esperas eternas de la Seguridad Social y contrata seguros privados de bajo coste. Las compañías reciben encantadas a los nuevos clientes y el sistema se satura. De los trenes y de la justicia ya he apuntado en anteriores entradas cómo están las cosas. ¿La educación? ¡Qué quieren que les diga! Todo lo que he venido diciendo en el blog sigue igual o peor. Silentes lectores, no, España no va nada bien, y lo más preocupante es que va a ir a peor.

De buena mañana reflexionaba sobre todo esto que les escribo y me vino una idea optimista, fíjense lo que son las cosas. Por una parte, hablar de “peor” o “mejor” siempre es problemático. Aunque España no funcione, no hay que dramatizar, porque hay sitios donde las cosas están infinitamente peor, así que constatemos serenamente la situación. Por otra parte, cuando las cosas van mal estas se hacen presentes en forma de problema a resolver. Si no es así, a veces ni reparamos en ellas. El problema se manifiesta en alguien o algo que nos afecta, lo que exige darnos cuenta de la profunda interdependencia de todo cuando hay. Entonces surge el deseo de liberarse de las ataduras, de las dependencias, porque se piensa que así se acabará el “problema”. Pero al final te das de bruces con la realidad: dependemos los unos de los otros, lo colectivo no nos puede ser indiferente. Es cierto que hay formas de vivir que minimizan el riesgo. Hay que saberlo y, por tanto, “simplificar la vida” todo lo posible, pero no se puede acabar como Diógenes.

Mi consejo: No dramaticemos, porque podríamos estar peor. Seamos conscientes de la interdependencia y simplifiquemos nuestra vida todo lo posible sin convertirnos en unos pordioseros. Seamos responsables e impliquémonos en la mejora de lo común y de lo público sin volvernos locos, en la justa medida que lo permitan el resto de circunstancias de nuestra vida. Y lo más importante, aprendamos a aceptar la realidad tal y como es. A poco que salgan por la puerta y se topen con el país se darán cuenta de que esta es la tarea a realizar. Si lo consiguen, tendrán recompensa: felicidad. ¡A por ello!

martes, 23 de diciembre de 2025

La vela

Hace unos días estaba observando una pequeña vela de las que se utilizan como calientaplatos. No le quedaban muchos minutos de “vida”. La llama era cada vez más débil y la cera que albergaba el recipiente de aluminio se había convertido en un líquido completamente transparente. En cuestión de minutos la llama se iba a apagar. El pabilo permaneció durante algunos segundos incandescente, variando en intensidad, como si no quisiera rendirse. Finalmente, el color rojizo que permitía adivinar que allí había habido fuego desapareció por completo al tiempo que comenzó a desprender un poco de humo que se elevó hasta desaparecer dejando un ligero olor en el ambiente. Recordé todo el proceso desde cuando la vela había empezado a arder hasta el momento de apagarse y echar humo. Me pareció una preciosa metáfora de la vida, sobre todo de su momento final: el pabilo era el cuerpo que agoniza hasta que la vida se extingue, y en el humo creía ver el alma que sale del cuerpo y se eleva hacia otra dimensión.

P.D. En una observación más detenida, el humo comienza a surgir cuando la llama está extinguida, pero el pabilo permanece incandescente. Es justo después de elevarse al aire el humo cuando la incandescencia desaparece por completo. Todavía más interesante...

lunes, 29 de septiembre de 2025

Curro Romero y Gaizka Mendieta

Hay personas que me fascinan cuando las veo y escucho en alguna entrevista. No se trata tanto de lo que dicen, sino del magnetismo intangible que transmiten. Les diré dos nombres, sólo dos, porque tampoco se crean que son tantos: Curro Romero y Gaizka Mendieta, un torero y un futbolista. Algún aficionado taurino pensará que es una ofensa unir el nombre del faraón de Camas con el de un futbolista, aunque fuera excelente durante sus mejores años en el Valencia. No los comparo, sólo digo que ambos me producen una sensación parecida cuando se expresan.

Si alguien pensara que Curro Romero buscaba algún tipo de protagonismo en todas esas tardes en las que salió de la plaza entre almohadillas por sus famosas “espantás”, se equivoca. Se trata de un artista que tuvo una forma especial de sentir y de expresar su sentimiento al torear. Habla despacio y toda su persona refleja una humildad y bonhomía impresionante. Por su parte, Mendieta creo que tiene un lado pillo, pero también parece una buena persona. Siempre me llamó la atención su voluntad de aprender de los futbolistas que tenía cerca: de Oleg Salenko aprendió la técnica de lanzar penaltis, y de Mijatovic las faltas. Se ganó la titularidad entrando en el once como lateral y evolucionó hasta ser el alma del equipo. Celebraba los goles con humildad, un rasgo compartido con Curro Romero.

¿Por qué me llaman la atención? Me puse a pensar en ello y creo que la clave radica en que son personas que nunca hablan con el piloto automático, lo cual es extremadamente difícil de lograr. Cuando nos expresamos, la gran mayoría de nosotros no podemos evitar cierta inercia y recurrimos a lugares comunes o incluso a latiguillos perfectamente prescindibles. Quizá luego centramos la idea que queremos transmitir o la pensamos de una forma más precisa acabada la conversación. Es muy difícil hablar pensando detenidamente lo que se quiere decir. Cuando escucho a Curro Romero o a Gaizka Mendieta percibo ese cuidado por expresar lo que piensan o sienten. Me parece admirable y refleja un espíritu noble y superior que no está ligado a la formación académica. Es muy posible que alguien les escuche y no quede impresionado por sus respuestas. No serán quizá originales ni brillantes, pero percibo que son auténticas, sinceras y humildes. Y eso para mí no tiene precio.

viernes, 19 de septiembre de 2025

La sombra

Las noticias que nos llegan a través de los diferentes medios de comunicación reflejan un ambiente muy enrarecido. Dejando al margen la guerra de Ucrania y el conflicto palestino-israelí, la tensión entre la ideología woke y el neoconservadurismo está generando una creciente polarización, principalmente en los Estados Unidos. El brutal asesinato de Kirk es la más reciente manifestación de una situación que se está extendiendo a otros lugares, entre ellos España. Creo que muchos ciudadanos perciben que esta tensión no deja de aumentar. A ella contribuyen políticos sin escrúpulos que creen que les beneficia para seguir en el poder y tratan de aprovecharla, pero da la impresión de que estos individuos no son más que los instrumentos de los que se sirve el espíritu hegeliano que protagoniza la historia universal para conducirnos a una nueva situación. Es como vernos embarcados en una corriente que nos lleva inexorablemente a un punto. ¿Es posible frenarla o la única alternativa es saltar del barco o del vagón y guarecerse de la sombra que nos amenaza? Curioso. Apenas he terminado de escribir esta frase me he acordado de la “sombra” del mal que se percibe en “El señor de los anillos” por los habitantes de la tierra media. Algo así estamos viviendo, o a mí me lo parece. La impresión de que la situación no está bajo nuestro control es cierta y conviene reflexionar para entender por qué esto es así.

Los budistas destacan que la realidad que habitamos es el resultado de las acciones pasadas. Puede pensarse que esto es una obviedad, si bien los budistas lo explican conceptualmente mediante la noción de “karma”. Según la ley del karma, que lejos de ser un concepto misterioso responde a la lógica del sentido común, toda acción voluntaria tiene consecuencias. El mundo que habitamos es el resultado de una tupida red de acciones que se han puesto en marcha en el pasado y que han generado un movimiento, una energía kármica cuyo devenir no está en nuestra mano frenar. Tenemos libertad para purificar nuestro karma, es decir, las acciones que hemos puesto nosotros en marcha, y para impulsar nuevo karma, nueva energía a través de buenas acciones cuyos resultados inexorablemente llegarán para nosotros y para otras personas -por la interdependencia- en el futuro. Nuestro mundo presente, para bien y para mal, es el resultado de las acciones pasadas. Quizá cuando se ejecutaron no se era plenamente consciente de las consecuencias -sobre todo indirectas- que tendrían (aunque sí eran acciones voluntarias y, por tanto, dirigidas a un determinado objetivo) y es ahora cuando nos damos perfecta cuenta de su impacto. Esto es lo que explica la sensación de “sombra” que genera malestar y preocupación. Es una sensación plenamente real. Es energía y en ese sentido a muchos le puede parecer "magia", porque no la percibimos a través de los sentidos, pero está ahí, como las ondas electromagnéticas que emiten nuestros móviles. 

¿Carecemos, pues, de libertad para frenar la corriente de la historia que nos arrastra? El movimiento se ha desencadenado, está ahí y es bueno ser consciente de la orientación y de la intensidad que tiene. Podemos intentar frenarlo, es posible, pero debemos saber que exigirá esfuerzo y que muy probablemente las consecuencias de dicho esfuerzo serán visibles en el futuro. Además de la oración, acción voluntaria que genera energía positiva y que sin duda ayuda a combatir el mal, todas las acciones buenas que se puedan poner en marcha serán claves para frenar la discordia. Esta es una idea que, aunque válida, es excesivamente abstracta. Hay que utilizar la inteligencia para identificar proyectos concretos que sean útiles en el marco de cada sociedad con el fin de recuperar la concordia. Esto es urgente. De hecho, en España ya llegamos tarde, porque el impulso benéfico que pusieron en marcha las generaciones pasadas y que nos ha proporcionado bienestar material está agotándose y empezamos a pagar las consecuencias de habernos negado de forma arrogante a cumplir nuestro modesto papel de ser un sólido eslabón de la tradición. Es como ir en bicicleta: si no se pedalea, al final la bicicleta se para. Algunas generaciones tuvieron que pedalear cuesta arriba, a otras les tocó el descenso, pero tarde o temprano hay que volver a dar pedales.

Déjenme qué les diga adónde creo que nos encaminamos si no se actúa. Comenzaba escribiendo sobre ideología woke y neoconservadurismo. Ambas me parecen ideologías extremas. En el caso de España, el poder político ha impulsado la primera sin ningún género de dudas. Una exaltación de la libertad entendida como autonomía de la voluntad que llega al extremo de determinar el “género” por encima de la biología. Esa exaltación de la autonomía conduce al individuo a una falsa sensación de libertad que, en última instancia, le aboca a la soledad y con ello a ser dominado por el poder debido a la pérdida de vínculos familiares y sociales. En el caso de los más jóvenes, son víctimas de una pésima educación. No se les ha exigido el debido esfuerzo que se necesita para aprender. Esta falsa libertad, lejos de proporcionarles felicidad, está dando lugar a personas tristes, incapaces de afrontar situaciones de dolor y sufrimiento. La epidemia de enfermedades mentales y el elevado índice de suicidio confirman el diagnóstico. Al final, el individuo buscará desesperadamente recuperar la seguridad del vínculo social y ello me recuerda a la sociedad Amish. El individuo que desee vivir en esas comunidades deberá aceptar las exigencias comunitarias o se expondrá a la expulsión. Todo exceso exige ser equilibrado. Por ello, si dichas comunidades constriñen excesivamente la libertad humana, habrá escisiones y así se seguirá hasta encontrar un punto de equilibrio. Asistimos a un momento histórico muy interesante. Comparto la opinión de Pérez Reverte: nuestras sociedades occidentales están en decadencia, han sembrado vientos de discordia y se exponen a ser engullidas por la vida joven que viene de África. Igual ni siquiera tenemos la oportunidad de poner en marcha formas de vida comunitarias en pequeñas aldeas rurales. Quizá seamos invadidos e islamizados. Lo estamos viendo y viviendo. Contemplemos el espectáculo y no dejemos de pensar.

martes, 2 de septiembre de 2025

Sánchez nos ayuda a recordar cuál es el principal valor de la democracia

Pedro Sánchez sigue empeñado en mantenerse en el poder a cualquier precio. Ayer reconoció en televisión que, incluso si no logra sacar adelante los presupuestos, seguirá adelante “transformando” su país. Todo lo que se podía decir de este sujeto, está dicho. Sólo hay que agradecerle que con su comportamiento estimule la reflexión sobre cuestiones prácticas, sobre todo aquellas que tienen relación con la ética y la política.

Cuando pensamos en cuál es la esencia y el valor de la democracia -que Kelsen no acierta a ver en su famoso libro así titulado-, nos damos cuenta de que esta radica en la posibilidad de mandar a casa a alguien como Sánchez sin tener que derramar sangre. Es un alivio pensar que pronto podremos decirle a este hombre con nuestro voto que vaya pensando en un oficio y en comprarse unos buenos tapones para los oídos. Esta es la clave de la democracia, su gran virtud, la razón por la que no se debe caer en la tentación de optar por regímenes autocráticos por muy mal que funcione la democracia. Ello no significa, como es natural, que se deje de reflexionar para lograr la mejor manera de realizar el ideal democrático del gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

martes, 26 de agosto de 2025

Las nuevas expresiones que nos quieren colocar: "matrimonio igualitario" y "mujeres prostituidas"

Todos los proyectos totalitarios o, quedándonos en algo más cercano, las personas manipuladoras utilizan el lenguaje a su servicio. Las ideas más perversas o las acciones más viles son primorosamente camufladas con palabras que nos sugieren algo alejado de aquello que no se quiere que veamos. En la novela “1984”, Orwell narra el ambiente de una sociedad totalitaria en la que una herramienta esencial del poder para controlar a los ciudadanos es la “nueva lengua”, una poda concienzuda del lenguaje que conduce a los individuos a simplificar la realidad y a carecer de capacidad de crítica frente a la constante manipulación de la que son objeto.

Presto mucha atención a la “nueva lengua” que introducen los políticos en España. Ahí se ve su maldad, su deseo indisimulado de manipular a los ciudadanos para alcanzar sus objetivos completamente desligados del bien común. Por desgracia, este fenómeno es bastante común en nuestro país por la influencia del terrorismo etarra. Durante décadas hemos escuchado su lenguaje tramposo que algunos perezosos incluso llegaban a adoptar: “impuesto revolucionario” para camuflar el chantaje, la extorsión; “lucha armada” para no hablar de terrorismo; o “alternativa democrática” para referirse a la ruptura de España sin contar con los españoles. Son sólo unos ejemplos, como les digo. Escuchar las declaraciones de los etarras exigía un traductor simultáneo que filtrara las trampas de su lenguaje torticero. De ahí se han nutrido muchos de nuestros peores políticos que disfrutan no sólo manipulando términos, algo habitual entre los podemitas que tanto se parecen a los bildutarras, sino recurriendo a juegos de palabras o a metáforas tan del agrado de personajillos como Rufián, quien parece sentirse como pez en el agua con sus gracietas.

En los últimos meses, coincidiendo con la fiesta de la “soberbia” gay -yo también me voy a tomar alguna licencia en el uso del lenguaje, porque veo más soberbia que orgullo-, la expresión “matrimonio homosexual” ha sido sustituida inopinadamente por “matrimonio igualitario”. ¿Por qué les molesta la primera expresión? Realmente no termino de entenderlo, salvo que ahora, además de permitirse que las parejas homosexuales puedan denominar matrimonio a su unión, pretendan que incluso tiene una calidad superior, lo cual es incomprensible, porque todos los ciudadanos contraen matrimonio con iguales derechos. Pues bien, si prestan atención, verán que la expresión se está generalizando. Otro tanto sucede con las prostitutas. Ya no se les llama así, sino que se utiliza la expresión “mujeres prostituidas”, con lo que se quiere poner de manifiesto que son víctimas, cosa que en muchos casos así es, pero no en todos. Hay mujeres que reivindican el libre ejercicio de la prostitución. No entraré en este debate, pero, si se entra, no hay que hacerlo con las cartas marcadas por un lenguaje que deforma la realidad. En definitiva, nos intentan manipular como si fuéramos borregos, así que hay que vivir con los ojos bien abiertos evitando que nos lleven a su terreno. Un cuidado parecido al que hay que tener cuando estamos en el mar y, casi sin darnos cuenta, la corriente nos desvía de la toalla que nos sirve de referencia en la orilla.

domingo, 24 de agosto de 2025

Algunas reflexiones al hilo de "Y si habla mal de España... es español", de Sánchez Dragó

Este verano he leído “Y si habla mal de España… es español”, de Fernando Sánchez Dragó. Aunque su estilo no es de mi gusto, está bien escrito. Como ensayo me parece bastante pobre, porque opina mucho y argumenta poco. Entre sus muchas opiniones, hay una con la que estoy muy de acuerdo. Dragó lamenta el europeísmo acrítico que se ha vivido en España desde la muerte de Franco: “España dejó de ser diferente, claro que sí, en eso llevan razón los gilipuertas de los adosados y los diputados por ellos elegidos, cuando entró en Europa, hoy Eurabia, por culpa de los inconfesables deseos, serviles desvelos y obsequiosos oficios de una partida de politicastros trileros” (pp. 119-120).

Da la impresión de que a Dragó le parece que España, acomplejada sin razón, quiso parecerse a las naciones más prósperas de Europa, y ello nos ha conducido a que quizá hayamos perdido el alma genuinamente española o vayamos camino de perderla. Sorprende que a Dragó le parezca mal esta apuesta europeísta cuando no hace otra cosa que despotricar contra España. Cuando los afrancesados y los liberales del siglo XIX se lamentaban de los males de España miraban a Francia y, sobre todo, a Inglaterra (ahí está Moreno-Isla, el anglófilo de la novela “Fortunata y Jacinta” que está enamorado de Jacinta) como el modelo a seguir para dejar de ser una nación atrasada y decadente. A Dragó ni le gusta España, ni le gusta Europa, así que es difícil conocer qué solución propone, pues es evidente que para él, como para tantos otros españoles -entre los que me encuentro-, España es problema a resolver. Muy diferente es la postura de Juan Manuel de Prada, quien reivindica la tradición española frente a los “bárbaros del norte”. Este autor lamenta el encanallamiento en el que estamos sumidos los españoles por haber abandonado el pensamiento tradicional español. Eso es lo que él reivindica, recuperar la tradición sin complejos. Por eso critica que el grito de protesta de los defensores de la tauromaquia en una manifestación fuera "libertad, libertad, libertad" en lugar de "tradición, tradición, tradición". Creo habérselo leído en su libro "Una enmienda a la totalidad".

En mi opinión, España acertó en su apuesta europeísta, pero no debió afrontar ese proyecto con un complejo de inferioridad totalmente injustificado. España es mucho más que una nación europea, es uno de los grandes pilares de occidente, la raíz y el nexo de unión de los países hispanoamericanos. Sobre el inmenso tema de hispanoamérica, sólo me gustaría recordar que en Puerto Rico, el partido “Autonomía para Puerto Rico”, fundado en 2012, propone dejar de ser un Estado asociado a los Estados Unidos e incorporarse a España como comunidad autónoma. Aquí no hacemos ni caso a estos puertorriqueños y vivimos cada vez más divididos. No hay políticos capaces de pensar en proyectos nacionales de España. A mí me parece que lo de Puerto Rico debería tomarse muy en serio, e igualmente podríamos pensar en estrechar lazos con otras naciones hispanoamericanas. ¿Por qué Puerto Rico y, más adelante, Cuba no se incorporan a España como Estados asociados o incluso como comunidades autónomas? No hay políticos, no hay líderes, no hay imaginación… Y aquí lamentablemente tiene razón Dragó cuando coincide con Ortega en destacar la aristofobia de nuestro pueblo:

“De la imposibilidad de vertebración, de la irrefrenable tendencia a la desvertebración de lo poco que hasta la segunda mitad del reinado de Felipe II se vertebró, de la aviesa y firme voluntad de particularismo que es el denominador común de todos los españoles, se deriva, según Ortega, la peor y más profunda de las perversiones inscritas en el alma de nuestro pueblo: la aristofobia, el odio a los mejores, que cierra el paso a las minorías selectas, descabeza y descapitaliza una y otra vez el país, lo torna inhabitable, genera la proverbial y secular desconfianza de los gobernados hacia sus dirigentes y conduce fatalmente -lo estamos viendo- al imperio de las masas” (p. 180).

Si no encontramos una fórmula para lograr que gobiernen los mejores, o al menos para evitar que al poder lleguen los más malos, que es lo que está sucediendo, el panorama no hará más que empeorar. Las cenizas de nuestros montes son una metáfora de lo que nos espera con estos políticos. Urge cambiar el rumbo, y dudo mucho de que estemos a tiempo.

martes, 24 de junio de 2025

Sobre la crítica del gobierno a la falta de "neutralidad" de la Conferencia Episcopal

Hace unos días, el portavoz de la Conferencia Episcopal Española, ante el informe de la UCO que revela la gravísima corrupción de personas que han ocupado puestos de gran responsabilidad en el PSOE, sostuvo que convendría convocar elecciones generales para dar la palabra al pueblo. Como era de esperar, en lugar de respetar esta opinión, el Gobierno criticó duramente la posición de la Conferencia Episcopal por entender que este organismo debería mantener una posición neutral en cuestiones políticas. No se dan cuenta de que la neutralidad se pierde cuando se opina sin libertad, es decir, cuando se adopta una posición no en función de lo que se “ve” tras examinar un determinado asunto, sino en función de lo que uno de antemano está decidido a defender -por sectarismo u otras razones espurias- al margen de cualquier otra consideración. Por consiguiente, si la Conferencia Episcopal considera que sería bueno para España que se celebraran elecciones me parece muy bien que expresen su opinión y la argumenten. Se trata de un problema que afecta al bien común y, por tanto, no le resulta ajeno a la Iglesia. 

La confusión sobre este tema es tan grave que está distorsionando por completo muchos debates televisivos. Hay programas en los que para evitar críticas por falta de neutralidad se busca deliberadamente a personas que se sabe de antemano que van a defender posiciones contrapuestas. Si dichas posiciones fueran el resultado de una reflexión libre sobre el asunto no habría nada que objetar. Pero lo habitual es que no suceda así. Hay opinadores que se sabe con certeza que siempre, en cualquier circunstancia, van a defender una determinada posición. Por eso se cuenta con ellos para lograr una aritmética que permita al programa dar una engañosa impresión de neutralidad cuando lo que se debería hacer es invitar a personas capaces de ser fieles a su punto de vista. El problema radica en que, como no se puede tener certeza de que alguien opine con libertad interna, se renuncia a buscar a este tipo de personajes que quizá cabría calificar como “heterodoxos” y se opta por dar la apariencia de neutralidad contratando a quienes se tiene la seguridad de que van a defender puntos de vista contrapuestos. Esto no sólo es muy pernicioso para lograr una opinión pública libre, puesto que adquieren visibilidad pública personas que actúan como lacayos de determinados intereses, sino que con ello se exaltan indebidamente posiciones minoritarias utilizando la neutralidad como pretexto. 

La neutralidad entendida como independencia de criterio es el resultado de ejercer la libertad. Cuando se opina libremente se enriquece la democracia y hay que aplaudir a quienes tienen el coraje cívico de asumir este compromiso con la libertad, bien sean personas o instituciones. Sólo en ocasiones muy excepcionales puede estar justificado que alguien se abstenga de dar a conocer su opinión por prudencia ante el riesgo de que dicha opinión sea utilizada para generar discordia. Estoy pensando en el Rey. En coherencia con lo que he expuesto, el Rey no perdería su neutralidad en sentido estricto si dijera lo que pensara, pero sus funciones constitucionales como Jefe del Estado requieren de él un prudente -nunca mejor dicho- silencio. No obstante, ante situaciones que evidencian una crisis de Estado, debe hallar la forma de dar a conocer su opinión, sopesando detenidamente si el mensaje debe ser transmitido con sutileza o con extrema claridad. No debe de ser tarea fácil reinar, de ahí que debamos felicitarnos por tener un rey honrado y prudente.

martes, 17 de junio de 2025

Empezar una nueva vida

La expresión “empezar una nueva vida” refleja una oportunidad que, bien mirada, resulta maravillosa. Quizá se piense que es un tanto exagerada, puesto que no es posible esa novedad radical que quizá alguien podría desear: conservamos nuestro cuerpo, nuestro nombre, e irremisiblemente no podemos desprendernos de nuestro pasado. Pero, en realidad, nuestro cuerpo es lo menos importante cuando se trata de empezar una nueva vida. ¿El nombre? Hasta uno podría cambiárselo. En cuanto al pasado, es circunstancia con la que contamos, sí, pero no resulta determinante si uno aprende a elegir libremente, es decir, a no actuar por impulsos, y a decidir quién quiere ser. Sí, es posible empezar una nueva vida. Es más, algunas personas se pueden encontrar con esa experiencia a poco que hayan alcanzado cierta edad y vean cómo el transcurso de la vida lleva a que ciertos compañeros de viaje sean sustituidos por otros. En algunos casos, los que se van dejan un vacío, o un espacio, según se interprete la ausencia.

Hay personas que necesitan anclajes permanentes en forma de personas y cosas por las que sienten un enorme apego. Es así como se sienten seguras. Las pérdidas pueden sumirles en la zozobra. Por el contrario, otras cambian de lugar de residencia y se dan cuenta cuando miran atrás que han partido todas las personas que en su día eran la base de su existencia. En estos casos uno deja de engañarse y experimenta que nuestra vida, como decía Ortega, es radical soledad, aunque estemos muy felizmente acompañados. Es entonces cuando uno puede llegar a preguntarse qué queda de aquel que un día fue y que sin embargo hoy parece tan lejano que incluso le da la impresión de ser otra persona. Porque cuando de verdad se ha desarrollado una nueva vida se puede tener la sensación de ser alguien distinto. Y no es tan solo una sensación, sino la pura verdad. Todo cambia, incluidos nosotros mismos. Pensar lo contrario porque permanecen determinadas expresiones o formas del carácter que llevan a frases tales como “genio y figura hasta la sepultura” es quedarse en la superficie.

A veces los cambios son tan profundos que pueden dar vértigo y alguno puede tener la necesidad de hacer pie con un anclaje que le resultaba seguro. Eso es la nostalgia. Entonces se siente el deseo de saber qué fue de tal persona, de reunirse con los amigos del colegio o de visitar el pueblo en el que uno veraneaba y que tiene idealizado como el lugar feliz de la infancia. Son trampas, y conviene no olvidarlo. Se equivocará si piensa que va a recuperar la amistad con un antiguo compañero de colegio con el que ha recordado los “viejos tiempos” en una noche de camaradería, o si vuelve a veranear en aquel lugar creyendo que sigue siendo el mismo que le vio disparar las flechas del arco con el que jugaba con sus amigos. El ser humano es “futurizo” incluso cuando buscamos los recursos en el pasado. Hay que atreverse a vivir y disfrutar de la experiencia del cambio, de la partida y de la llegada de las personas a tu vida, de los nuevos lugares o de los actuales, porque todo cambia cuando comienza un nuevo día, cuando tienes la oportunidad de darte cuenta de que sigues vivo y de que todo es posible.

martes, 20 de mayo de 2025

León XIV y la humildad

Sobre el nuevo Papa, León XIV, no tengo mucho que decir, salvo que me ha causado buena impresión la expresión de su rostro y el detalle de salir al balcón con la indumentaria papal clásica. Desde el inicio de su pontificado, Francisco renunció a lo que para él era un boato innecesario, llegando incluso a calzar unos zapatones gastados por el uso que inevitablemente llamaban la atención. No dudo de que tuviera la mejor intención, pero daba la impresión de que con ello hacía ostentación de humildad. León XIV ha recuperado la tradición y creo que ha acertado, porque cuando te insertas en ella reconoces humildemente tu participación en una realidad superior. 

La humildad es una virtud muy importante. El hombre humilde debe estar dispuesto a que su nombre -que bien mirado es la cosa más azarosa del mundo- se pierda. No importa que nadie se acuerde de nosotros, ni siquiera cuando estamos vivos. Lo único que cuenta es esforzarse por actuar bien, tener la conciencia limpia. Eso es todo. Personalmente, siento un gran respeto por los héroes anónimos. A veces tenemos la fortuna de reconocerlos, siempre en contra de su voluntad. Cuando ello sucede, si es posible, y tratando de incomodarles lo menos posible, hay que escucharles si tienen a bien hablar. Digo esto porque todavía estoy saboreando una frase escrita por Pablo D'Ors en su versión de "El peregrino ruso", incluida en su último libro, "Devoción": "Una buena palabra es plata -dije para terminar, sellando mis labios-, pero el silencio es oro puro".

viernes, 25 de abril de 2025

El coste de la desconfianza y el miedo

A la hora de relacionarnos con otras personas podemos tener una actitud confiada o desconfiada. La cuestión de la confianza y, dando un paso más, el miedo está también presente en la forma de organizar la sociedad. Es impresionante ver en los aeropuertos las largas colas que se forman para controlar los objetos que los pasajeros pretenden introducir en los aviones. Probablemente ninguna de las personas que un día pasa por allí desea cometer un atentado, pero la sola posibilidad de que alguien pueda hacerlo genera una desconfianza que altera por completo la organización de la vida colectiva. En un caso como este creo que todos estaremos de acuerdo en que el riesgo de que mueran inocentes justifica que nos protejamos con esas medidas de seguridad. Sin embargo, hay situaciones en que es preferible confiar y asumir el riesgo que ello pueda entrañar. Es más, diría que siempre habría que partir de la confianza y de la buena fe como principio lógico de actuación, puesto que la desconfianza y el miedo pueden deteriorar gravemente las relaciones e instituciones humanas. Pondré un ejemplo que considero bastante significativo.

En la enseñanza me parece esencial que el estudiante confíe en el maestro o profesor. La película “Karate Kid” lo muestra con claridad. El señor Miyagi y Daniel se comprometen a enseñar y a aprender Karate respectivamente. Además, Daniel debe obedecer sin hacer preguntas. Esta exigencia podría resultar sorprendente, pero con ello el señor Miyagi pretende fomentar esa imprescindible confianza en el maestro. La primera lección consiste en que Daniel lave coches y pinte las vallas de una cerca realizando esas tareas con unos movimientos pautados que vigila el señor Miyagi. Daniel no sabe qué puede aprender con esas tareas, pero obedece. Como no recibe ninguna explicación se va hartando y llega a pensar que el señor Miyagi lo tiene de “machaca” para beneficio propio. Al final, ante el conato de rebelión del muchacho, el señor Miyagi le muestra que esas tareas son excelentes ejercicios para dominar movimientos clave del karate.

Si en la relación entre estudiante y profesor se pierde esa confianza -y eso está sucediendo-, el profesor puede sentirse amenazado ante la posibilidad de que se le cuestione su forma de evaluar o los criterios de corrección que utiliza. Al final, la relación se juridifica para convertirse en un haz de derechos y obligaciones por ambas partes que responden una desconfianza verdaderamente corrosiva. Si se parte de la confianza, el estudiante deberá aceptar que el profesor decida examinarle oralmente, por ejemplo, y tener libertad para valorar el grado de asimilación de la asignatura. Naturalmente, podría pedir que le explicara en qué se ha equivocado, pero sería muy pernicioso que interpusiera una reclamación para protestar contra el criterio del profesor. Sé que hay profesores que pueden actuar arbitrariamente, pero no es lo habitual. Lo que importa destacar es que si la relación se basa en un garantismo fundado en la desconfianza es poco lo que se gana y mucho lo que se pierde. En definitiva, pensemos muy detenidamente en el coste que entraña relacionarnos desde la desconfianza y el miedo.

martes, 18 de febrero de 2025

Cuidado con la compasión

Es natural sentir compasión por el sufrimiento ajeno. Esa tendencia natural se ve reforzada por una educación que nos enseña a apiadarnos y a ayudar a los más débiles en la medida de lo posible. Está muy bien sentir compasión y desear mitigar el sufrimiento ajeno, pero la compasión encierra un peligro nada desdeñable: puede ser utilizada para manipularnos. Es más, muchas veces no será necesario que alguien trace un plan maquiavélico: nosotros mismos nos causaremos daño para evitar el sentimiento de culpa que suele invadir a quien no actúa como se supone que debería hacerlo una persona compasiva. Por eso hay que tener mucho cuidado.

Es curioso comprobar el cambio que se ha producido con relación a la compasión. La sociedad española de hace algunas décadas era mucho más compasiva que la actual, pese a que hoy encontremos numerosas asociaciones de voluntarios que realizan una encomiable labor social. El individualismo ha propiciado la quiebra de vínculos familiares y sociales generando marginación y situaciones de gran necesidad que quienes ponen en marcha estas asociaciones tratan de combatir. Antes, la compasión y la solidaridad que la acompaña tenía mucha más vigencia social. Por ejemplo, era habitual que las familias acogieran en la propia casa a los padres o a los suegros mientras que hoy en día es habitual desentenderse de ellos, sobre todo cuando carecen de ingresos, y escuchamos casos en los que se les deja abandonados en algún hospital. Y podríamos seguir citando situaciones parecidas.

La menor vigencia social de la compasión ha sido sustituida por una acusada tendencia a utilizarla como instrumento de propaganda o de manipulación que quizá tenga su origen en las políticas orientadas a proteger a colectivos vulnerables. No cabe duda de que una sociedad sana debe ayudar a aquellos que más lo necesitan, porque la solidaridad –que puede incluso superar las fronteras de un país cuando está basada en la caridad o en la filantropía- es una exigencia constitutiva del modo de vida político. Es justo luchar contra toda discriminación carente de justificación, y se deben adoptar las medidas necesarias para paliar, cuando sea posible, las dificultades que padecen los enfermos, discapacitados, pobres, ancianos, etc. . Muchas veces eso se traducirá en reconocerles “derechos” y no está mal que sea así. Como casi siempre, el problema surge cuando se pierde el equilibrio y, en lugar de comprender los perfiles del derecho atribuido, se pretende abusar de él utilizando para ello la compasión.

Contaré un caso en el que se observa esta idea. En las últimas décadas hemos mejorado muchísimo la accesibilidad a los edificios. Los edificios nuevos deben cumplir con la exigente normativa en esta materia. Por lo que respecta a edificaciones antiguas, se han aprobado normas que obligan a que las Comunidades de Propietarios acometan obras que mejoren la accesibilidad cuando algunos propietarios o inquilinos en situación de necesidad así lo exijan. Tienen derecho a ello, pero es posible abusar de ese derecho. Es lo que aconteció en la urbanización en la que vivo. Dispone de rampas de acceso que permiten acceder a cualquier persona en silla de ruedas. A pesar de ello, un vecino ha exigido la instalación de barandillas que bordeen toda la rampa alegando que lo necesita por razón de una determinada enfermedad. En mi opinión, la exigencia carecía de sentido porque alguien aquejado de dicha enfermedad no puede ir caminando solo y, en cualquier caso, un sencillo andador podía solventar perfectamente el problema. No obstante, quizá esté equivocado. Se puede explicar por qué la instalación es necesaria y con sumo gusto cambiaría de parecer. El problema es que no hubo siquiera posibilidad de examinar el asunto. La apelación a la compasión o, mejor dicho, a la falta de compasión de aquellos que cuestionaban la necesidad de la obra supuso un salvoconducto para, de inmediato, acceder a la petición, pese a que la obra tenía un coste de muchos miles de euros. No importaban las razones. Si uno osa cuestionar la petición de un enfermo se le tilda de mala persona, de dureza de corazón, con el fin de hacerle sentir culpable.

La compasión distorsiona la realidad en numerosas ocasiones, nos impide ver con claridad la situación y nos hace juzgar equivocadamente a las personas. Los enfermos pueden ser dignos de compasión, pero eso no los convierte en buenas personas. En cierta ocasión tuve una conversación con una psicóloga que me dijo abiertamente que las personas enfermas suelen ser muy egoístas. Me sorprendió no tanto el contenido de la afirmación, sino el valor de decir algo así, que sin embargo era fruto de su experiencia personal. No siempre es así, naturalmente, pero una situación difícil no siempre hace que aflore lo mejor de una persona, por lo que hay que tener cuidado. Personalmente, me he encontrado con personas enfermas egoístas y manipuladoras, pero también con enfermos que nunca han pretendido sacar provecho de su enfermedad.

Los ejemplos en los que la compasión distorsiona son innumerables. Se pueden imaginar las situaciones que puede vivir un profesor con estudiantes que refieren todo tipo de circunstancias personales para pedir un trato especial. Buscan el sentimiento de compasión del profesor para lograr su objetivo. No les importa en absoluto que el profesor pueda sentirse mal porque desearía hacer el favor al estudiante, pero se da cuenta de que lo que se le pide va más allá de la flexibilidad y es manifiestamente ilegal, además de injusto frente al resto de estudiantes.

Una buena persona (y también una sociedad justa) debe ayudar a aquellos que más lo necesitan, pero no olviden este consejo: ¡cuidado con la compasión!

miércoles, 29 de enero de 2025

Conocimiento y sabiduría

En uno de los capítulos más interesantes de su excelente libro El monje y el filósofo, Matthieu Ricard y su padre, Jean François Revel, distinguen entre conocimiento y sabiduría. La sabiduría implica una transformación interior orientada a la práctica de las virtudes que reconocen todas las grandes tradiciones espirituales. Para alcanzar dicha sabiduría transformadora el conocimiento teórico de la verdad no basta; la sabiduría requiere experimentar esa verdad, lo cual nos sitúa ante el problema de la “técnica espiritual”. Las hay tan diversas como los ejercicios de contemplación propios de la mística cristiana o las prácticas meditativas budistas, por poner sólo dos ejemplos. También en psicología parece que el psicoterapeuta orienta al paciente para que alcance por sí mismo un “insight”, es decir, un momento en que el paciente “ve” -pero no de forma teórica- algo que antes se le ocultaba y que constituye la palanca que le permite introducir cambios en su vida o superar un problema psicológico. 

Tener un encuentro experiencial con la verdad es un asunto fascinante que requiere un esfuerzo de escucha, estudio y reflexión seguido de una práctica contemplativa constante y bien dirigida. Y ni siquiera así es suficiente: hay que ser humilde y reconocer que los "encuentros" más significativos son una concesión, una "gracia" que se recibe y no se conquista. Esos momentos son una vivencia interior comunicable, aunque quien la escuche no quedará precisamente impresionado. Al contrario, el relato de ese encuentro puede parecer incluso banal debido a que la situación es una verdad que se comprende fácilmente desde un plano intelectual, pero cuya hondura sólo percibe el protagonista de la vivencia interior. En ocasiones, el encuentro no se logra mediante una práctica constante que facilite la introspección. Al comienzo de su conocidísimo libro “El poder del ahora”, Eckhart Tolle cuenta que su vida era pura desdicha y que se hallaba al borde del suicidio. Una noche, cuando el sufrimiento era más intenso, un pensamiento llegó a su mente: “No puedo seguir viviendo conmigo mismo”. En ese preciso instante Tolle se dio cuenta de que la capacidad de observarse a sí mismo implicaba dos "yo": el “yo” doliente cuya vida era desdichada y el "yo" capaz de contemplar a la persona Tolle que a partir de ese momento se le representaba como un "personaje". Él comprendió que su "yo" más auténtico era la conciencia pura contemplativa, un “insight” profundamente liberador que le condujo a que su vida cambiara por completo. Desde entonces se ha convertido en un maestro espiritual con millones de seguidores en todo el mundo.

Yo no he vivido nada parecido a una experiencia de ese tipo, pero sí he tenido algún encuentro experiencial con la verdad que me ha servido para entender qué quieren significar quienes advierten de que no hay que confundir el conocimiento con la sabiduría. Me sucedió hace más de treinta años. Una mañana debía coger un autobús para irme de viaje y ello me generaba cierta inquietud. Como todavía disponía de tiempo, decidí realizar un sencillo ejercicio de atención a la respiración que comenzaba observando sin juzgar los sonidos y los objetos que me rodeaban. En un determinado momento percibí claramente cómo la quietud de cada uno de esos objetos contrastaba con mi agitación interior. Me daba cuenta de que si hubiera desaparecido en ese mismo instante los objetos hubieran seguido allí, inertes, totalmente ajenos a mí y a cualquier tribulación. Es obvio, ¿verdad? Pese a lo ridículo que pueda parecer, ese “insight” se me quedó grabado porque aprendí por experiencia directa que el estado mental tiñe el mundo exterior, condiciona nuestra manera de percibirlo.

La situación que acabo de narrar se produjo en un momento de introspección, de contemplación. Lo subrayo porque, como apuntaba al principio, ese es el camino más seguro que conduce a la sabiduría. Es posible ir en busca del conocimiento e incluso de la verdad y tener éxito. Pero serán éxitos poco profundos, aunque resulten vistosos y redunden en el reconocimiento social. También la sabiduría se puede buscar, pero el camino es muy distinto: se trata de aproximarse a la verdad sutilmente, dejando que se exprese. Por ello, la arrogancia o la impaciencia son incompatibles con la sabiduría. Hay que ser muy cuidadosos cuando se trata de quitar el “velo” que cubre la verdad y acercarse a ella con humildad, con amor, porque se busca la verdad para lograr esa transformación que sólo puede ser fruto de la virtud, conscientes de nuestras evidentes limitaciones, aunque estando sumamente agradecidos precisamente por ser conscientes de esas limitaciones. Ahí está el “sólo sé que no sé nada” socrático que por encima de todo invita a la humildad y a la gratitud.

martes, 17 de septiembre de 2024

Proteger nuestra atención

Un colega y amigo está estudiando las características del llamado “poder digital”. Le preocupa especialmente cómo en internet se nos vigila y se nos intenta robar la capacidad de dirigir voluntariamente nuestra atención, porque nos quieren permanentemente alterados. Yo diría que no sólo es internet: algunas tendencias en programas de televisión son muy llamativas. No se permite que el espectador contemple únicamente a las personas que están conversando en el plató. Se reduce su tamaño y, mientras ocupan recuadros de la pantalla, se proyectan imágenes en bucle sobre el tema en cuestión que pretenden captar la atención del espectador, como si no fuera suficiente con escuchar a quienes están hablando. Al mismo tiempo, en la parte baja de la pantalla aparecen noticias escritas y se anticipa el tema que se tratará “a continuación” para que el espectador sienta que no debe perdérselo y permanezca atento. Por si fuera poco, en algunos programas, especialmente los relacionados con la política como “Al rojo vivo”, todo se ve amenizado con una música “épica” que pretende generar emociones. El espectador se ve zarandeado y lo peor es que, con todos estos estímulos operando sobre nosotros, aún somos capaces de combinar lo anterior con consultas e interacción con el móvil. Una auténtica locura.

Estamos tan acostumbrados a este fenómeno que no nos damos cuenta de la gravedad que tiene. Atender a algo significa ser conscientes de ello, estar presentes. Decidir a qué prestamos atención es un reducto esencial de nuestra libertad que requiere ser preservado a toda costa e incluso entrenado. El “mindfulness” que hoy está tan de moda se dirige a lograr una atención plena como una forma de terapia. El poder digital y, en general, la sociedad de consumo pretende captar nuestra atención, pero -y esto es lo grave- no esa atención que surge de nuestra intimidad y es dirigida conscientemente, sino algo mucho más superficial que no merecería ni siquiera llamarse atención. Yo diría que es una simple percepción sin vocación de poner en marcha un proceso de reflexión. Los estímulos externos son percibidos y, como apenas hay tiempo para dirigir nuestra atención de forma plenamente consciente y reflexiva, reaccionamos ante ellos. Al tratarse de una reacción, el proceso incluso tiene ciertos automatismos que pueden ser estudiados para tratar de aprovecharse de ellos (noticias "gancho", anuncios personalizados, test que despiertan automáticamente la curiosidad, etc.). 

Como apuntaba, el espectador se ve zarandeado, violentado por tanto estímulo perceptivo, y es fundamental que nos demos cuenta de que se nos intenta manipular mediante técnicas a veces bastante sutiles, aunque no tanto como para no poder identificarlas. Para vivir hay que saber defenderse de esas agresiones, lo cual no está al alcance de todos y, sobre todo, de los más jóvenes. 


martes, 27 de agosto de 2024

¿Cómo dejar atrás la mente discursiva?

La frase “los árboles no nos dejan ver el bosque” refleja uno de los mayores riesgos que acechan a quienes nos dedicamos a la actividad filosófica. Nos movemos entre teorías que pretenden dar razón de la realidad. Para ello nuestra herramienta principal es el “concepto”, que Ortega definía como “contenido mental enunciable”. Accedemos a la realidad desde conceptos que debemos examinar críticamente para, a su vez, dar razón de ella mediante otros conceptos con los que transmitir nuestra “visión”. El riesgo es confundir el concepto con la realidad misma, pero ¿es posible un acceso directo a la realidad? He ahí el problema de la frase que citaba al comienzo.

Un bosque es un concepto que se refiere a un conjunto de árboles, que a su vez es otro concepto. Y así podríamos seguir con las partes que forman el árbol y que nos remiten a diferentes conceptos como tronco, ramas, hojas, etc. Cuando afirmamos que los árboles no nos dejan ver el bosque parece como si el concepto “bosque” se enseñoreara de la realidad. Sería más correcto decir que el bosque no nos deja ver los árboles, porque esta frase aspira a que tomemos contacto directo no con la abstracción que representa el “bosque”, sino con realidades mucho más tangibles como son cada uno de los árboles con los que nos topamos conforme nos vamos acercando a ese conjunto que divisamos a lo lejos y denominamos “bosque”. Aún así permanecemos en la mente discursiva, conceptual, porque hay que ver el árbol sin la pátina conceptual que condiciona nuestra mirada.

El fondo del problema, clave en la filosofía budista, es cómo podemos tener ese contacto directo con la realidad que nos proporcione una sabiduría auténtica fruto de la experiencia directa. Para acercarnos a la realidad necesitamos los conceptos, pero luego es necesario dejarlos atrás. Una metáfora muy habitual es la de la balsa que nos traslada de una orilla a otra de un gran río. La balsa es un vehículo que resulta muy útil mientras estamos cruzando, pero que finalmente es necesario abandonar.

¿Cómo y cuándo abandonar el pensamiento conceptual, la mente discursiva? Para mostrar la enorme dificultad de la tarea pondré el ejemplo de una situación que todos hemos vivido. En muchas ocasiones, observamos una montaña, una nube, el suelo de parqué o cualquier otro objeto y, de repente, nuestra mente descubre en él una determinada imagen, por ejemplo, la cara de un moro en la montaña del castillo de Santa Bárbara en Alicante. Una vez identificada esa imagen, ¿podemos volver a ver esa montaña borrando la imagen? Con otras palabras, ¿es posible regresar a la pristina visión cuando ha sido “contaminada” por la mente discursiva? Lo he intentado en muchas ocasiones y no soy capaz. Puedo seguir mirando y ver más cosas, pero esa imagen ha cristalizado y condiciona mi acceso a esa realidad. Si eso es así, no sorprende la insistencia de los budistas por entrenarse a través de las técnicas meditativas en superar el pensamiento conceptual, el dualismo “sujeto-objeto" presente en la actividad cognoscitiva. También podemos desprendernos de nuestros conceptos, de las imágenes con las que troquelamos la realidad, no luchando contra ello, no intentando dejar de ver el moro en la montaña o el fauno en el parqué. Simplemente se trataría de dar un paso atrás y observar nuestra mente discursiva. Esa, si no lo entiendo mal, es la vía directa que propone Rupert Spira con su referencia a “ser consciente de ser consciente”, como titula uno de sus libros. Es decir, se busca darse cuenta de cómo actúa nuestra mente indagando en cuál es la razón de ese movimiento mental para, a partir de ahí, limitarse contemplar esos procesos desde una supraconsciencia capaz de abarcarlo todo, lo cuál también conduce a la no-dualidad.

Es posible que uno se pregunte por qué razón debemos ir más allá de nuestros conceptos. Indudablemente, toda actividad cognoscitiva depende de una creencia que condiciona nuestra relación con la realidad. Si uno cree que siempre hay un misterio que la inteligencia humana no podrá desvelar por sus propios medios quizá tenga la humildad suficiente como para, en lugar de ir en busca del secreto latente que oculta la realidad, confiar en que esta se manifieste a través de otros caminos. Ahí es donde se sitúa la contemplación, que en mi opinión sólo es incompatible con la actividad filosófica si pretendiera sustituirla; pero, más allá de este extremo, podría decirse que la complementa. De ahí el esfuerzo de tantos autores por conciliar fe y razón, en el caso cristiano, o ciencia y espiritualidad.

domingo, 16 de junio de 2024

Humildad y benevolencia

Hace dos días estuve en Pamplona. Concluidas mis obligaciones, el viernes por la tarde fui paseando al centro de la ciudad para entregarme al barzoneo excrutador. De camino pasé por delante del hotel Tres Reyes, en el que me alojé la primera vez que visité esta ciudad hace casi treinta y cuatro años. Recuerdo perfectamente aquella etapa de mi vida. Era un estudiante de Derecho que acudía por primera vez a un congreso de estudiantes para, junto con mis compañeros y amigos, hablar de un tema que hoy está de plena actualidad, “La ecología como componente del ideal revolucionario en nuestros días”. Así se titulaba nuestra comunicación. En aquel momento, aunque se era ya muy consciente del problema ecológico, todavía no se hablaba del cambio climático. Hoy es más que evidente que se trata de un problema que puede generar algo más que una revolución. Esto que comento no lo pensé cuando observaba anteayer aquel hotel en el que la organización nos alojó. Me veía a mí mismo en aquellos días y pensaba en todo lo que he aprendido desde entonces. Se podría resumir en dos palabras: humildad y benevolencia. Sin ellas no es posible ningún cambio genuino.

miércoles, 17 de enero de 2024

Relativismo y salud mental

La salud mental ha cobrado mucho protagonismo en los medios de comunicación debido a los estragos que causó la pandemia. Si esta atención obedeciera a una sincera preocupación por el bienestar del prójimo deberíamos alegrarnos, pero me parece que algunos políticos han encontrado en ello un filón para criticar la política sanitaria. No dudo de que puedan existir razones fundadas para esas criticas, porque probablemente falte sensibilización y buenos profesionales y medios para cuidar de la salud mental de la población. Sin embargo, en cuestiones de salud más vale prevenir que curar. Lo verdaderamente preocupante es que nuestra sociedad propicia las enfermedades mentales. Esa es la clave del asunto en la que se debe indagar para proteger la salud mental. Por ejemplo, estamos destrozando a niños y jóvenes al haberlos desprotegido frente al peligro de las nuevas tecnologías. Luego, cuando la adicción y la falta de sueño se convierten en patologías, se demandan profesionales de la salud mental para solucionar el problema. Pero, repito, lo importante es eliminar aquello que provoca la enfermedad siempre que sea posible.

Para abordar con radicalidad este problema el relativismo representa una dificultad muy seria. Un relativismo que, por contradictorio que parezca y sea, se presenta como una verdad incuestionable. Hoy se extiende sin límite en nuestra sociedad y puede generar un problema importante a los profesionales de la psicología y de la psiquiatría, ya que en su profesión deben tener presente qué es lo “normal” y qué se aleja de la normalidad hasta un punto que se convierte en “patológico”. El relativismo puede llegar a impedir -ya lo está haciendo- que se hable de "normalidad". Por eso me parece que cada vez será más habitual que estos profesionales renuncien a realizar un diagnóstico o, cuando menos, a comunicárselo abiertamente al paciente. En el caso de enfermedades psiquiátricas como la esquizofrenia puede que sea más sencillo distinguir lo normal de lo patológico, pero pensemos en todos estos niños y niñas que creen estar en el cuerpo equivocado. Para un psicólogo afirmar que esa creencia es patológica es una heroicidad, porque pueden ser acusados de tener fobia a los transexuales, por poner un ejemplo. 

martes, 10 de octubre de 2023

Si anhelas la paz, defiende el derecho y la justicia

El ataque terrorista de Hamas que ha desencadenado la guerra con Israel es un paso más en la escalada de la humanidad hacia un escenario de barbarie que no sabemos dónde acabará. La raíz de casi todos los males del mundo radica en la soberbia, en el desmedido amor por nosotros mismos y por lo nuestro, unido al desprecio por el punto de vista de los demás. Pienso en naciones o grupos humanos cuya prioridad no es tanto vivir en paz satisfaciendo sus necesidades como recibir un reconocimiento internacional, aunque vivan en la miseria. Es pueril el comportamiento de todas aquellas regiones que disfrutando de una generosa autonomía que protege su cultura y tradiciones no se conforman con ello y son capaces hasta de llegar a una guerra por la independencia. ¿Realmente les importa tanto conseguir ese reconocimiento internacional? Pues sí. Así me lo confesó un profesor independentista catalán al que conocí en cierta ocasión, y lo justificó diciendo que era algo sentimental, pero que esos sentimientos eran muy importantes. No, no lo son. La vanidad que conduce a la soberbia no debe ser satisfecha. El nacionalismo que no funda su reivindicación en auténticas injusticias es como un niño caprichoso cuya mala educación no augura nada bueno en el futuro.

Es verdad que muchos pueblos oprimidos creen que la solución a sus males pasa por constituirse en un Estado soberano que les ayude a consolidar su posición en el mundo, a defenderse de los enemigos y a satisfacer las necesidades de sus ciudadanos. En estas amenazas veía Carl Schmidt la raíz de la política. Quizá los judíos representen el ejemplo paradigmático. Una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, creyeron necesario tener su propio Estado como forma de ocupar un lugar en el mundo y de defenderse del antisemitismo que les amenaza secularmente. Y es comprensible su planteamiento, y el de otros pueblos oprimidos o injustamente invadidos, como sucede con Ucrania. Es justa su lucha, porque se trata de defenderse de una agresión. Pero un mundo que se organice sobre la base de exaltar el "nosotros" difícilmente alcanzará una paz duradera. La dicotomía nosotros/ellos da lugar a la vanidad, al sentimiento de agravio que conduce al conflicto y a la guerra.

La raíz de la paz que anhela el mundo debe venir por el camino del derecho y de la justicia. Las relaciones humanas deben partir del reconocimiento y la protección de los bienes humanos en los que se fundamenta una convivencia justa, y del respeto a las normas provenientes del poder legítimo que sirven para ajustar debidamente los comportamientos. También las relaciones internacionales deben basarse en estos principios, pues de lo contrario nos movemos en el ámbito de la fuerza. La única forma de asentar la paz es protegiendo los derechos humanos y el respeto a la ley. Con todos sus defectos, es admirable observar el proceso de consolidación de la Unión Europea, que se define como una comunidad política de derecho. Los Estados europeos desean incorporarse a esta comunidad de derecho en la que, siendo importante la identidad de cada nación y sus intereses, se otorga especial importancia al respeto a los principios jurídicos en los que se basan las relaciones entre los Estados miembros. La Unión Europea progresará en la medida en que se afiance el respeto a los derechos fundamentales y se garantice el respeto a unas normas que sean el resultado de una preocupación solidaria por los intereses de todos los Estados.

La defensa del derecho y de la justicia debe ser la prioridad de todos los que deseamos la paz. Por eso me preocupa tanto que se admita la posibilidad de lesionar o restringir los derechos fundamentales como núcleo del bien común, y la falta de respeto a la ley como expresión máxima de la igualdad entre los ciudadanos. Y sí, voy a volver sobre lo mismo, cuando los intereses del poder son los que priman frente al derecho, no sólo estamos quebrando las bases del régimen constitucional, sino que dejamos que la dinámica de la fuerza marque la pauta de la convivencia con evidente riesgo de conflictos a los que el derecho sea incapaz de dar respuesta. Ver el derecho como una simple manifestación de la política, como tantas veces sucede, destruye los puentes que conducen a la convivencia. La norma, lejos de ajustar las conductas, se convierte en simple instrumento de opresión del poderoso. Si deseamos acabar con la guerra luchemos con inteligencia por el derecho y la justicia desterrando la soberbia y la vanidad. Para ello, como suele suceder, el mejor camino es empezar por lo más próximo, nuestra comunidad política, España. Así que no hay mejor manera de trabajar por la paz que impedir que Sánchez destroce nuestro Estado constitucional de Derecho consagrando la impunidad de los golpistas y la desigualdad, porque cuando triunfa el derecho triunfa la humanidad entera, como supo ver con singular clarividencia Sergio Cotta al destacar el universalismo del derecho frente al particularismo de la política.

jueves, 8 de junio de 2023

Una escena de "Días de vino y rosas"

Esta semana mi mujer y yo vimos de nuevo la película “Días de vino y rosas”, de Blake Edwards, protagonizada por Jack Lemmon y Lee Remick. Es una película muy dura, impactante incluso, que invita a la reflexión sobre los estragos que causa el alcoholismo y, especialmente, sobre los caminos que pueden conducir a ese abismo en el que se pierde la voluntad. La vi hace mucho tiempo y la recomiendo sin ninguna duda. No recordaba la mayoría de las escenas. Hubo una que me llamó especialmente la atención y que no está relacionada con el tema principal de la película. Los protagonistas, una pareja de jóvenes enamorados recién casados, van a casa del padre de la novia para que este conozca a su yerno. El suegro pregunta al yerno (Joe, interpretado por Jack Lemmon) por su profesión y él le explica que es relaciones públicas, comercial, de una empresa. Como eso no le aclara mucho, Joe le explica que se encarga de mostrar a los clientes los beneficios de productos y servicios de su empresa. El suegro, muy serio, le pregunta que qué sucede si el producto que vende no es bueno. A Joe le sorprende esta pregunta, que no esperaba, y con una risa nerviosa le dice con poca convicción que normalmente los productos son buenos, pero el suegro le vuelve a interpelar –casi le interrumpe- preguntándole que qué pasa si no es así. La hija se ve obligada a terciar para sacar a su marido del apuro, pero no es posible porque su padre ha comprendido perfectamente a qué se dedica y sentencia que “no entiende ese tipo de trabajo”, una enmienda a la totalidad.

Ganarse la vida como vendedor puede ser muy duro, no solo por el trabajo en sí mismo, sino sobre todo porque puede que a uno le exijan mentir deliberadamente, o que, sin llegar a ese extremo, el propio vendedor opte por recurrir al engaño para alcanzar los objetivos, sin ser plenamente consciente de la gravedad de esta acción. Es muy importante reflexionar serenamente sobre cuáles son los medios lícitos que un vendedor debe emplear, porque de lo contrario se puede ver envuelto en numerosos problemas. La tentación del engaño debe ser rápidamente atajada para no convertirse en un mercachifle. Es verdad que los engaños y triquiñuelas para vender y ganar más dinero están a la orden del día, lo sé, y precisamente por ello hay que advertir de que son una inmoralidad y, además, un grave error, porque un vendedor con un sólido compromiso ético con toda probabilidad venderá más, será un comerciante bien valorado en su profesión y, sobre todo, podrá llevar una vida más feliz al conducirse honradamente.

El buen vendedor debe tener un conocimiento exhaustivo de su producto o servicio y del de la competencia, así como tener una sólida formación moral. El comercio en la economía de mercado implica competir y para competir debes destacar tus fortalezas para mostrar que compensan tus debilidades y/o las fortalezas y debilidades de los competidores. ¿Qué hacer cuando lo que vendes es una auténtica “castaña”? Lo principal es no engañar y tratar de contribuir a la mejora de tu producto o servicio para poder atribuirle alguna fortaleza que aconseje su adquisición desde algún punto de vista. Si se conocen bien las fortalezas será posible dirigirse al tipo de cliente que mejor las pueda comprender. Si no es así, lo más adecuado es buscar otro empleo, nunca recurrir al engaño que es la raíz de la mentira.

Hay muchas personas que no ponen en duda su manera de ganarse la vida, como Joe cuando va a conocer a su suegro sin sospechar que pueda no gustarle su profesión, pero a veces una pregunta directa que nos cuestiona sobre la verdad de lo que hacemos puede provocarnos un brusco despertar. Ese es el mérito de esta impactante escena.