Los medios de comunicación informan de que “Julito”, quien pasa por haber sido el testaferro de Zapatero, ha hecho honor a su apodo y le ha dado por dedicarse a la canción ligera. El juez instructor, Calama, quiere que en un nuevo interrogatorio dé el do de pecho y cante como un gran tenor. Tras estas revelaciones, todo apunta a que Zapatero y sus hijas pueden acabar en la cárcel, quizá antes y por más tiempo de lo que imaginamos. Estoy muy lejos de encontrar nada digno de admiración en su trayectoria, pues ha marcado una línea de actuación política contraria al bien común que Sánchez ha seguido y acentuado. Sin embargo, no me alegro del mal ajeno, porque imagino su intenso sufrimiento. Parece que sigue anclado en la estrategia de negarlo todo, como tantos otros. Ese es su principal error, y ahí sigue atrapado. En lugar de adoptar un tono grandilocuente y proclamar su inocencia en contra de toda evidencia, ojalá viviera un acontecimiento capaz de iluminar su conciencia, como un relámpago en medio de la tormenta, y hacerle comprender que lo único que puede salvarle como persona es reconocer el daño causado, contar cuanto sabe, pedir perdón y cambiar de vida. En lugar de enviar al cobrador del Frac reclamando lo robado, quizá habría que mandar a personas vestidas con el hábito franciscano, como los frailes de El nombre de la rosa, recorriendo las sedes de los partidos políticos mientras repiten aquella palabra que pronunciaba Salvatore en la magnífica novela: «Penitenziagite».
miércoles, 22 de julio de 2026
lunes, 13 de julio de 2026
Estambul
Hace dos semanas me desplacé a Estambul por motivos de trabajo. Tras concluir las actividades propias del congreso, dediqué las tardes a conocer la ciudad. Había escuchado muchos comentarios elogiosos de Estambul, pero no confío demasiado en las opiniones ajenas, porque mi perspectiva e intereses no suelen coincidir con los de la mayoría.
En una ciudad de tanta importancia histórica sin duda vas a hallar un riquísimo patrimonio arquitectónico y, dada su ubicación geográfica, unos bellos paisajes naturales y urbanos. Y sí, es verdad, en Estambul es posible encontrar esa belleza que tantos destacan. La puesta de sol en el Bósforo contemplada desde los jardines anexos al palacio de Topkati fue quizá el momento más especial de mis largos paseos por Estambul. Allí, justo al lado del mar, un cantante turco amenizaba el ocaso interpretando con su guitarra canciones turcas. Lo hacía muy bien y con gusto hubiera permanecido más tiempo, pero había quedado con mis compañeros de fatigas para ver el partido de España contra Austria. Ubicada en los jardines que albergaron el hipódromo de Constantinopla, también destacaría la belleza exterior e interior de la mezquita azul, que resalta todavía más porque se puede contemplar desde lejos. Antes de visitar esta mezquita había topado con otras también muy impresionantes, pero me dio la impresión de que todas tienen una estructura muy similar y visitarlas pierde interés. Me llamó la atención la escasa importancia que dan a guardar silencio en su interior en contraste con la vigilancia estricta para aprobar la vestimenta de las mujeres y para evitar que nadie entre calzado al recinto. Para mí la religiosidad es incompatible con el ruido. De Santa Sofía puedo decir que la disfrutará aquel que sepa apreciar la emoción de estar en un edificio histórico en el que todavía es posible hallar vestigios de lo que en su día fue una gran iglesia cristiana. Su presente es decepcionante, por lo que no me atrevería a aconsejar su visita a todo el mundo. Sí destacaría la basílica de la cisterna (llamada así por ubicarse en una antigua basílica romana): un inmenso aljibe construido sobre columnas que refleja el genio romano. No me llamó la atención el gigantesco gran bazar de Estambul, un centro comercial abarrotado de callecitas que albergan tiendas, muchas de ellas no excesivamente originales, sin ningún valor arquitectónico. Además, dicen que su actividad está orientada a tomarle el pelo a los turistas con precios elevados. Más bonito y muchísimo más pequeño, es el bazar de las especias, en el que desemboqué por casualidad. Un lugar con encanto, pero tampoco lo destacaría como una maravilla de visita obligada. Finalmente, pude pasear por el histórico barrio de Balat, que se encuentra muy degradado. Allí se hallan algunas de las iglesias ortodoxas más importantes. Desgraciadamente, no pude verlas por dentro, así que me quedo con la opinión de un amigo que sí lo logró y me elogió la iglesia de los búlgaros y de San Esteban. También se suele destacar la catedral de San Jorge, que a mi amigo no le dio tiempo a ver. Fue una pena que no pudiera desplazarme al Estambul asiático, pero el último día cruzamos el Bósforo en un taxi para asistir a la cena de gala y por la ventanilla pude contemplar de noche la parte europea de Estambul (donde se hallan todos los lugares que he mencionado). La vista me pareció hermosísima y lamenté no haberla disfrutado con tiempo en un tranquilo barzoneo nocturno.
Hasta aquí mis impresiones de algunos lugares turísticos de Estambul que se consideran imperdibles. Decía que mis intereses y perspectiva no suelen ser los habituales. Puedo apreciar la monumentalidad de una ciudad, su patrimonio y belleza, pero una ciudad es mucho más que eso. Permanezco atento a los rostros de las gentes, a la forma en que se desplazan por la ciudad y organizan la vida colectiva, a las sensaciones intangibles. Por ejemplo, sé que mucha gente considerará que la monumentalidad y belleza de París no se puede comparar con Londres, pero para mí la capital inglesa tiene mucho más encanto que la francesa. Y también me he sentido muchísimo más cómodo en Berlín que en la decepcionante Múnich. No me resulta sencillo explicar las razones en algunos de estos casos, así que opino como en ocasiones Boyero comenta las películas en El País, es decir, transmitiendo mis sensaciones de entusiasmo, hastío o aburrimiento, incapaz a veces de dar razón de ello. Si sintonizas con la sensibilidad del crítico, puede interesarte su percepción. Así que si a alguno de ustedes les interesan mis impresiones, les puedo decir que Estambul, pese a su belleza, me ha parecido una ciudad poco interesante. Los turcos son gentes que no te miran ni con curiosidad ni con interés. Te toleran porque lo tienen que hacer, es posible que pensando que los infieles somos una fuente de ingresos. Quizá sea el lógico hastío de ver su ciudad poblada de turistas. El tráfico es insufrible y antipático. Es muy complicado cruzar ciertas calles y muchas aceras están deterioradas. La ciudad no se caracteriza por su limpieza: tiran los papeles al suelo, incluidos los muchísimos cigarrillos que se fuman. Afortunadamente, la presencia libre y abundante de los gatos mantiene las plagas bajo control. La expresión de los turcos en general es desagradable, y es muy evidente la posición de superioridad social de los varones frente a la mujer, como sucederá en cualquier otro país musulmán, y quizá más acusadamente. Puedo imaginar que mi paseo por la ciudad hubiera sido muy diferente en el caso de ser yo una mujer. No me hubiera sentido cómoda. En definitiva, aunque mi experiencia de estos días en Estambul ha sido estupenda por haber estado muy bien acompañado por los compañeros con los que acudí al congreso, la ciudad no ha sido para mí ese lugar mágico e inolvidable al que muchos se refieren.
P.D. En la película "Los Fabelman", de Spielberg, muy recomendable, hay una escena en la que John Ford le da al protagonista dos consejos fabulosos para filmar paisajes: horizonte arriba o abajo, interesante; horizonte al medio, aburrido. Desde que lo escuché lo pongo en práctica al hacer las fotos. ¡Oigan, pues es verdad, John Ford tenía razón!
lunes, 16 de marzo de 2026
La energía que fluye del pasado
En sus comienzos, la fotografía retrataba personas o situaciones de una forma bastante aséptica, incluso a veces sorprenden esos rostros severos de nuestros antepasados captados por la cámara. Conforme fue evolucionando la tecnología y se pudieron comprar cámaras fotográficas, se ampliaron los momentos y situaciones que se fotografiaban: celebraciones, fiestas, excursiones campestres, etc. La llegada de los smartphones ha supuesto una auténtica revolución: se puede fotografiar y grabar en video todo prácticamente sin ningún límite. Pero, salvo excepciones, lo habitual es que inmortalicemos situaciones agradables, y cuando repasamos fotografías podemos llegar a pensar que el recuerdo amargo que guardamos en la memoria de aquella situación o de aquellos años bien podría ser una exageración a la vista de los rostros sonrientes que allí contemplamos. Pero lo verdaderamente interesante es darnos cuenta de que si podemos reinterpretar el pasado es porque este sigue operando en el presente y, por tanto, también en el futuro.
Evidentemente, los hechos pasados, en lo que respecta a su
acontecer fáctico, son inamovibles. Lo importante desde el punto de vista de la
vida humana es el significado que atribuimos a las acciones pasadas, porque
toda acción requiere una explicación, en el caso de que haya sido realizada por
un tercero, o una justificación, si somos nosotros los autores. Centrémonos en
nosotros. ¿Qué razón nos condujo a actuar de una determinada manera? La vida
nos exige actuar y solo posteriormente nos damos cuenta de todas las
posibilidades de actuación que se nos abrían y que en aquel momento fuimos
incapaces de ver. Lo descubrimos tal vez muchos años más tarde, como consecuencia de lo
que nos enseña la experiencia de la vida, o quizá como resultado de una conversación
con alguien que nos lo muestra.
Si podemos reinterpretar el pasado es porque sigue vivo, opera,
es decir, tiene la energía que le otorga la acción. Ya me he referido en el
blog a cómo los budistas destacan el poder -la energía- del “karma” presente en
toda acción completa (esta requiere intención, ejecución, resultado y valoración del resultado),
pero también lo vemos en el cristianismo cuando nos arrepentimos de nuestras
acciones. Ese arrepentimiento tiene el poder de transformar la vida. Por ello, es
certerísima la frase con la que se ampliaba la última petición del Padrenuestro
“y líbranos del mal” en la liturgia romana. Como recuerda Benedicto XVI en su
libro Jesús de Nazaret (p. 204), la fórmula dice así: “Líbranos, Señor,
de todos los males, pasados, presentes y futuros. Por la intercesión … de todos
los santos danos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu
misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda
perturbación”. Obsérvese que se pide que se nos libre no sólo de los males
presentes y futuros, sino también de los pasados. Esto sólo se explica
porque el pasado es fuerza viva, energía que fluye debido al inagotable sentido
que podemos captar conforme avanza nuestro conocimiento de cualquier realidad
pretérita. Y cuando esa realidad se manifiesta en un texto, que es signo de una
manifestación del espíritu humano, la hermenéutica ha sabido ver que todo texto
-si refleja la vida humana- encierra toda una fuente de significado que se va
desvelando con el paso del tiempo, puesto que la reinterpretación es
consustancial al aumento de nuestra comprensión.
Esto es lo que tiene ponerse a pensar. Comienzas dándote
cuenta de las trampas de las fotografías y terminas viendo cuánta razón tiene
la hermenéutica…
miércoles, 11 de febrero de 2026
Felipe González: "España no funciona"
Felipe González participó ayer en un foro en el que Esther Palomera, periodista de El Diario, le preguntó por varias cuestiones, algunas relacionadas con el auge de Vox. González no se anduvo por las ramas y dejó claro que él ve más grave pactar con Bildu que con Vox, o que, si el candidato del PSOE es Sánchez, votará en blanco. Por la noche tuve oportunidad de ver parte de su intervención, que me pareció bastante sensata, y dijo algo mucho más sustancial y radical: España no funciona. Ahí está el titular. El país se nos cae de las manos, y lo ve cualquiera que viva en España. Ayer leía que el colapso sanitario se ha extendido a la sanidad privada. La gente no puede permitirse las esperas eternas de la Seguridad Social y contrata seguros privados de bajo coste. Las compañías reciben encantadas a los nuevos clientes y el sistema se satura. De los trenes y de la justicia ya he apuntado en anteriores entradas cómo están las cosas. ¿La educación? ¡Qué quieren que les diga! Todo lo que he venido diciendo en el blog sigue igual o peor. Silentes lectores, no, España no va nada bien, y lo más preocupante es que va a ir a peor.
De buena mañana reflexionaba sobre todo esto que les escribo
y me vino una idea optimista, fíjense lo que son las cosas. Por una parte,
hablar de “peor” o “mejor” siempre es problemático. Aunque España no funcione,
no hay que dramatizar, porque hay sitios donde las cosas están infinitamente peor,
así que constatemos serenamente la situación. Por otra parte, cuando las cosas
van mal estas se hacen presentes en forma de problema a resolver. Si no es así,
a veces ni reparamos en ellas. El problema se manifiesta en alguien o algo que
nos afecta, lo que exige darnos cuenta de la profunda interdependencia de todo
cuando hay. Entonces surge el deseo de liberarse de las ataduras, de las
dependencias, porque se piensa que así se acabará el “problema”. Pero al final
te das de bruces con la realidad: dependemos los unos de los otros, lo colectivo
no nos puede ser indiferente. Es cierto que hay formas de vivir que minimizan
el riesgo. Hay que saberlo y, por tanto, “simplificar la vida” todo lo posible,
pero no se puede acabar como Diógenes.
Mi consejo: No dramaticemos, porque podríamos estar peor. Seamos
conscientes de la interdependencia y simplifiquemos nuestra vida todo lo
posible sin convertirnos en unos pordioseros. Seamos responsables e
impliquémonos en la mejora de lo común y de lo público sin volvernos locos, en
la justa medida que lo permitan el resto de circunstancias de nuestra vida. Y lo
más importante, aprendamos a aceptar la realidad tal y como es. A poco que
salgan por la puerta y se topen con el país se darán cuenta de que esta es la
tarea a realizar. Si lo consiguen, tendrán recompensa: felicidad. ¡A por ello!
martes, 23 de diciembre de 2025
La vela
Hace unos días estaba observando una pequeña vela de las que se utilizan como calientaplatos. No le quedaban muchos minutos de “vida”. La llama era cada vez más débil y la cera que albergaba el recipiente de aluminio se había convertido en un líquido completamente transparente. En cuestión de minutos la llama se iba a apagar. El pabilo permaneció durante algunos segundos incandescente, variando en intensidad, como si no quisiera rendirse. Finalmente, el color rojizo que permitía adivinar que allí había habido fuego desapareció por completo al tiempo que comenzó a desprender un poco de humo que se elevó hasta desaparecer dejando un ligero olor en el ambiente. Recordé todo el proceso desde cuando la vela había empezado a arder hasta el momento de apagarse y echar humo. Me pareció una preciosa metáfora de la vida, sobre todo de su momento final: el pabilo era el cuerpo que agoniza hasta que la vida se extingue, y en el humo creía ver el alma que sale del cuerpo y se eleva hacia otra dimensión.
P.D. En una observación más detenida, el humo comienza a surgir cuando la llama está extinguida, pero el pabilo permanece incandescente. Es justo después de elevarse al aire el humo cuando la incandescencia desaparece por completo. Todavía más interesante...
lunes, 29 de septiembre de 2025
Curro Romero y Gaizka Mendieta
Hay personas que me fascinan cuando las veo y escucho en alguna entrevista. No se trata tanto de lo que dicen, sino del magnetismo intangible que transmiten. Les diré dos nombres, sólo dos, porque tampoco se crean que son tantos: Curro Romero y Gaizka Mendieta, un torero y un futbolista. Algún aficionado taurino pensará que es una ofensa unir el nombre del faraón de Camas con el de un futbolista, aunque fuera excelente durante sus mejores años en el Valencia. No los comparo, sólo digo que ambos me producen una sensación parecida cuando se expresan.
Si alguien pensara que Curro Romero buscaba algún tipo de
protagonismo en todas esas tardes en las que salió de la plaza entre almohadillas
por sus famosas “espantás”, se equivoca. Se trata de un artista que tuvo una
forma especial de sentir y de expresar su sentimiento al torear. Habla despacio
y toda su persona refleja una humildad y bonhomía impresionante. Por su parte, Mendieta creo que tiene un lado pillo, pero también parece una buena persona. Siempre me llamó la
atención su voluntad de aprender de los futbolistas que tenía cerca: de Oleg
Salenko aprendió la técnica de lanzar penaltis, y de Mijatovic las faltas. Se
ganó la titularidad entrando en el once como lateral y evolucionó hasta ser el alma
del equipo. Celebraba los goles con humildad, un rasgo compartido con Curro Romero.
¿Por qué me llaman la atención? Me
puse a pensar en ello y creo que la clave radica en que son personas que nunca
hablan con el piloto automático, lo cual es extremadamente difícil de lograr. Cuando nos expresamos, la gran mayoría de nosotros no podemos evitar cierta inercia y recurrimos a lugares comunes o incluso a latiguillos perfectamente prescindibles. Quizá luego centramos la
idea que queremos transmitir o la pensamos de una forma más precisa acabada la conversación. Es
muy difícil hablar pensando detenidamente lo que se quiere
decir. Cuando escucho a Curro Romero o a Gaizka Mendieta percibo ese cuidado por expresar lo que
piensan o sienten. Me parece admirable y refleja un espíritu noble y superior
que no está ligado a la formación académica. Es muy posible que alguien les
escuche y no quede impresionado por sus respuestas. No serán quizá
originales ni brillantes, pero percibo que son auténticas, sinceras y humildes. Y eso para mí no tiene precio.
viernes, 19 de septiembre de 2025
La sombra
Las noticias que nos llegan a través de los diferentes medios de comunicación reflejan un ambiente muy enrarecido. Dejando al margen la guerra de Ucrania y el conflicto palestino-israelí, la tensión entre la ideología woke y el neoconservadurismo está generando una creciente polarización, principalmente en los Estados Unidos. El brutal asesinato de Kirk es la más reciente manifestación de una situación que se está extendiendo a otros lugares, entre ellos España. Creo que muchos ciudadanos perciben que esta tensión no deja de aumentar. A ella contribuyen políticos sin escrúpulos que creen que les beneficia para seguir en el poder y tratan de aprovecharla, pero da la impresión de que estos individuos no son más que los instrumentos de los que se sirve el espíritu hegeliano que protagoniza la historia universal para conducirnos a una nueva situación. Es como vernos embarcados en una corriente que nos lleva inexorablemente a un punto. ¿Es posible frenarla o la única alternativa es saltar del barco o del vagón y guarecerse de la sombra que nos amenaza? Curioso. Apenas he terminado de escribir esta frase me he acordado de la “sombra” del mal que se percibe en “El señor de los anillos” por los habitantes de la tierra media. Algo así estamos viviendo, o a mí me lo parece. La impresión de que la situación no está bajo nuestro control es cierta y conviene reflexionar para entender por qué esto es así.
Los budistas destacan que la realidad que habitamos es el
resultado de las acciones pasadas. Puede pensarse que esto es una obviedad, si
bien los budistas lo explican conceptualmente mediante la noción de “karma”. Según la ley
del karma, que lejos de ser un concepto misterioso responde a la lógica del sentido común, toda acción voluntaria tiene consecuencias. El mundo que habitamos
es el resultado de una tupida red de acciones que se han puesto en marcha en el
pasado y que han generado un movimiento, una energía kármica cuyo devenir no está
en nuestra mano frenar. Tenemos libertad para purificar nuestro karma, es
decir, las acciones que hemos puesto nosotros en marcha, y para impulsar nuevo
karma, nueva energía a través de buenas acciones cuyos resultados
inexorablemente llegarán para nosotros y para otras personas -por la interdependencia-
en el futuro. Nuestro mundo presente, para bien y para mal, es el resultado de
las acciones pasadas. Quizá cuando se ejecutaron no se era plenamente consciente de las consecuencias -sobre todo indirectas- que tendrían (aunque sí eran acciones voluntarias y, por tanto, dirigidas a un determinado objetivo) y es ahora cuando nos damos
perfecta cuenta de su impacto. Esto es lo que explica la sensación de “sombra”
que genera malestar y preocupación. Es una sensación plenamente real. Es
energía y en ese sentido a muchos le puede parecer "magia", porque no la percibimos a través de los sentidos, pero está ahí, como las ondas
electromagnéticas que emiten nuestros móviles.
¿Carecemos, pues, de libertad para frenar la corriente de la
historia que nos arrastra? El movimiento se ha desencadenado, está ahí y es bueno ser consciente de la
orientación y de la intensidad que tiene. Podemos intentar frenarlo, es
posible, pero debemos saber que exigirá esfuerzo y que muy probablemente las
consecuencias de dicho esfuerzo serán visibles en el futuro. Además de la
oración, acción voluntaria que genera energía positiva y que sin duda ayuda a
combatir el mal, todas las acciones buenas que se puedan poner en marcha serán
claves para frenar la discordia. Esta es una idea que, aunque válida, es excesivamente abstracta. Hay que utilizar la inteligencia para identificar proyectos concretos que
sean útiles en el marco de cada sociedad con el fin de recuperar la concordia. Esto
es urgente. De hecho, en España ya llegamos tarde, porque el impulso benéfico que
pusieron en marcha las generaciones pasadas y que nos ha proporcionado
bienestar material está agotándose y empezamos a pagar las consecuencias de
habernos negado de forma arrogante a cumplir nuestro modesto papel de ser un sólido
eslabón de la tradición. Es como ir en bicicleta: si no se pedalea, al final la
bicicleta se para. Algunas generaciones tuvieron que pedalear cuesta arriba, a
otras les tocó el descenso, pero tarde o temprano hay que volver a dar pedales.
Déjenme qué les diga adónde creo que nos encaminamos si no se actúa. Comenzaba escribiendo sobre ideología woke y neoconservadurismo. Ambas me parecen ideologías extremas. En el caso de España, el poder político ha impulsado la primera sin ningún género de dudas. Una exaltación de la libertad entendida como autonomía de la voluntad que llega al extremo de determinar el “género” por encima de la biología. Esa exaltación de la autonomía conduce al individuo a una falsa sensación de libertad que, en última instancia, le aboca a la soledad y con ello a ser dominado por el poder debido a la pérdida de vínculos familiares y sociales. En el caso de los más jóvenes, son víctimas de una pésima educación. No se les ha exigido el debido esfuerzo que se necesita para aprender. Esta falsa libertad, lejos de proporcionarles felicidad, está dando lugar a personas tristes, incapaces de afrontar situaciones de dolor y sufrimiento. La epidemia de enfermedades mentales y el elevado índice de suicidio confirman el diagnóstico. Al final, el individuo buscará desesperadamente recuperar la seguridad del vínculo social y ello me recuerda a la sociedad Amish. El individuo que desee vivir en esas comunidades deberá aceptar las exigencias comunitarias o se expondrá a la expulsión. Todo exceso exige ser equilibrado. Por ello, si dichas comunidades constriñen excesivamente la libertad humana, habrá escisiones y así se seguirá hasta encontrar un punto de equilibrio. Asistimos a un momento histórico muy interesante. Comparto la opinión de Pérez Reverte: nuestras sociedades occidentales están en decadencia, han sembrado vientos de discordia y se exponen a ser engullidas por la vida joven que viene de África. Igual ni siquiera tenemos la oportunidad de poner en marcha formas de vida comunitarias en pequeñas aldeas rurales. Quizá seamos invadidos e islamizados. Lo estamos viendo y viviendo. Contemplemos el espectáculo y no dejemos de pensar.
martes, 2 de septiembre de 2025
Sánchez nos ayuda a recordar cuál es el principal valor de la democracia
Pedro Sánchez sigue empeñado en mantenerse en el poder a cualquier precio. Ayer reconoció en televisión que, incluso si no logra sacar adelante los presupuestos, seguirá adelante “transformando” su país. Todo lo que se podía decir de este sujeto, está dicho. Sólo hay que agradecerle que con su comportamiento estimule la reflexión sobre cuestiones prácticas, sobre todo aquellas que tienen relación con la ética y la política.
Cuando pensamos en cuál es la esencia y el valor de la democracia -que Kelsen no acierta a ver en su famoso libro así titulado-, nos damos cuenta de que esta radica en la posibilidad de mandar a casa a alguien como Sánchez sin tener que derramar sangre. Es un alivio pensar que pronto podremos decirle a este hombre con nuestro voto que vaya pensando en un oficio y en comprarse unos buenos tapones para los oídos. Esta es la clave de la democracia, su gran virtud, la razón por la que no se debe caer en la tentación de optar por regímenes autocráticos por muy mal que funcione la democracia. Ello no significa, como es natural, que se deje de reflexionar para lograr la mejor manera de realizar el ideal democrático del gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.
martes, 26 de agosto de 2025
Las nuevas expresiones que nos quieren colocar: "matrimonio igualitario" y "mujeres prostituidas"
Todos los proyectos totalitarios o, quedándonos en algo más
cercano, las personas manipuladoras utilizan el lenguaje a su servicio. Las ideas más perversas o las acciones más viles son
primorosamente camufladas con palabras que nos sugieren algo alejado de aquello
que no se quiere que veamos. En la novela “1984”, Orwell narra el ambiente de
una sociedad totalitaria en la que una herramienta esencial del poder para
controlar a los ciudadanos es la “nueva lengua”, una poda concienzuda del
lenguaje que conduce a los individuos a simplificar la realidad y a carecer de
capacidad de crítica frente a la constante manipulación de la que son objeto.
Presto mucha atención a la “nueva lengua” que introducen los
políticos en España. Ahí se ve su maldad, su deseo indisimulado de manipular a
los ciudadanos para alcanzar sus objetivos completamente desligados del bien
común. Por desgracia, este fenómeno es bastante común en nuestro país por la
influencia del terrorismo etarra. Durante décadas hemos escuchado su lenguaje
tramposo que algunos perezosos incluso llegaban a adoptar: “impuesto
revolucionario” para camuflar el chantaje, la extorsión; “lucha armada” para no
hablar de terrorismo; o “alternativa
democrática” para referirse a la ruptura de España sin contar con los
españoles. Son sólo unos ejemplos, como les digo. Escuchar las declaraciones de
los etarras exigía un traductor simultáneo que filtrara las trampas de su lenguaje torticero. De ahí se han nutrido muchos de nuestros peores políticos que
disfrutan no sólo manipulando términos, algo habitual entre los podemitas que tanto se parecen a los bildutarras, sino
recurriendo a juegos de palabras o a metáforas tan del agrado de personajillos
como Rufián, quien parece sentirse como pez en el agua con sus gracietas.
En los últimos meses, coincidiendo con la fiesta de la “soberbia” gay -yo también me voy a tomar alguna licencia en el uso del lenguaje, porque veo más soberbia que orgullo-, la expresión “matrimonio homosexual” ha sido sustituida inopinadamente por “matrimonio igualitario”. ¿Por qué les molesta la primera expresión? Realmente no termino de entenderlo, salvo que ahora, además de permitirse que las parejas homosexuales puedan denominar matrimonio a su unión, pretendan que incluso tiene una calidad superior, lo cual es incomprensible, porque todos los ciudadanos contraen matrimonio con iguales derechos. Pues bien, si prestan atención, verán que la expresión se está generalizando. Otro tanto sucede con las prostitutas. Ya no se les llama así, sino que se utiliza la expresión “mujeres prostituidas”, con lo que se quiere poner de manifiesto que son víctimas, cosa que en muchos casos así es, pero no en todos. Hay mujeres que reivindican el libre ejercicio de la prostitución. No entraré en este debate, pero, si se entra, no hay que hacerlo con las cartas marcadas por un lenguaje que deforma la realidad. En definitiva, nos intentan manipular como si fuéramos borregos, así que hay que vivir con los ojos bien abiertos evitando que nos lleven a su terreno. Un cuidado parecido al que hay que tener cuando estamos en el mar y, casi sin darnos cuenta, la corriente nos desvía de la toalla que nos sirve de referencia en la orilla.
domingo, 24 de agosto de 2025
Algunas reflexiones al hilo de "Y si habla mal de España... es español", de Sánchez Dragó
Este verano he leído “Y si habla mal de España… es español”,
de Fernando Sánchez Dragó. Aunque su estilo no es de mi gusto, está bien
escrito. Como ensayo me parece bastante pobre, porque opina mucho y argumenta
poco. Entre sus muchas opiniones, hay una con la que estoy muy de acuerdo. Dragó
lamenta el europeísmo acrítico que se ha vivido en España desde la muerte de
Franco: “España dejó de ser diferente, claro que sí, en eso llevan razón
los gilipuertas de los adosados y los diputados por ellos elegidos, cuando
entró en Europa, hoy Eurabia, por culpa de los inconfesables deseos, serviles
desvelos y obsequiosos oficios de una partida de politicastros trileros” (pp.
119-120).
Da la impresión de que a Dragó le parece que España,
acomplejada sin razón, quiso parecerse a las naciones más prósperas de Europa, y ello nos ha conducido a que quizá hayamos perdido el alma genuinamente española o vayamos camino de
perderla. Sorprende que a Dragó le parezca mal esta apuesta europeísta cuando no
hace otra cosa que despotricar contra España. Cuando los afrancesados y los
liberales del siglo XIX se lamentaban de los males de España miraban a Francia
y, sobre todo, a Inglaterra (ahí está Moreno-Isla, el anglófilo de la novela “Fortunata
y Jacinta” que está enamorado de Jacinta) como el modelo a seguir para dejar de
ser una nación atrasada y decadente. A Dragó ni le gusta España, ni le gusta
Europa, así que es difícil conocer qué solución propone, pues es evidente que para él, como para tantos otros españoles -entre los que me encuentro-, España es problema a resolver. Muy diferente es la postura de
Juan Manuel de Prada, quien reivindica la tradición española frente a los “bárbaros
del norte”. Este autor lamenta el encanallamiento en el que estamos sumidos los
españoles por haber abandonado el pensamiento tradicional español. Eso es lo que él reivindica, recuperar la tradición sin complejos. Por eso critica que el grito de protesta de los defensores de la tauromaquia en una manifestación fuera "libertad, libertad, libertad" en lugar de "tradición, tradición, tradición". Creo habérselo leído en su libro "Una enmienda a la totalidad".
En mi opinión, España acertó en su apuesta europeísta, pero no
debió afrontar ese proyecto con un complejo de inferioridad totalmente injustificado.
España es mucho más que una nación europea, es uno de los grandes pilares de occidente, la raíz y el nexo de unión de
los países hispanoamericanos. Sobre el inmenso tema de hispanoamérica, sólo me gustaría
recordar que en Puerto Rico, el partido “Autonomía para Puerto Rico”, fundado en 2012, propone dejar de ser
un Estado asociado a los Estados Unidos e incorporarse a España como comunidad
autónoma. Aquí no hacemos ni caso a estos puertorriqueños y vivimos cada vez
más divididos. No hay políticos capaces de pensar en proyectos nacionales de
España. A mí me parece que lo de Puerto Rico debería tomarse muy en serio, e
igualmente podríamos pensar en estrechar lazos con otras naciones
hispanoamericanas. ¿Por qué Puerto Rico y, más adelante, Cuba no se incorporan
a España como Estados asociados o incluso como comunidades autónomas? No hay políticos,
no hay líderes, no hay imaginación… Y aquí lamentablemente tiene razón Dragó
cuando coincide con Ortega en destacar la aristofobia
de nuestro pueblo:
“De la imposibilidad de vertebración, de la irrefrenable tendencia a la desvertebración de lo poco que hasta la segunda mitad del reinado de Felipe II se vertebró, de la aviesa y firme voluntad de particularismo que es el denominador común de todos los españoles, se deriva, según Ortega, la peor y más profunda de las perversiones inscritas en el alma de nuestro pueblo: la aristofobia, el odio a los mejores, que cierra el paso a las minorías selectas, descabeza y descapitaliza una y otra vez el país, lo torna inhabitable, genera la proverbial y secular desconfianza de los gobernados hacia sus dirigentes y conduce fatalmente -lo estamos viendo- al imperio de las masas” (p. 180).
Si no encontramos una fórmula para lograr que gobiernen los mejores, o al menos para evitar que al poder lleguen los más malos, que es lo que está sucediendo, el panorama no hará más que empeorar. Las cenizas de nuestros montes son una metáfora de lo que nos espera con estos políticos. Urge cambiar el rumbo, y dudo mucho de que estemos a tiempo.
martes, 24 de junio de 2025
Sobre la crítica del gobierno a la falta de "neutralidad" de la Conferencia Episcopal
Hace unos días, el portavoz de la Conferencia Episcopal Española, ante el informe de la UCO que revela la gravísima corrupción de personas que han ocupado puestos de gran responsabilidad en el PSOE, sostuvo que convendría convocar elecciones generales para dar la palabra al pueblo. Como era de esperar, en lugar de respetar esta opinión, el Gobierno criticó duramente la posición de la Conferencia Episcopal por entender que este organismo debería mantener una posición neutral en cuestiones políticas. No se dan cuenta de que la neutralidad se pierde cuando se opina sin libertad, es decir, cuando se adopta una posición no en función de lo que se “ve” tras examinar un determinado asunto, sino en función de lo que uno de antemano está decidido a defender -por sectarismo u otras razones espurias- al margen de cualquier otra consideración. Por consiguiente, si la Conferencia Episcopal considera que sería bueno para España que se celebraran elecciones me parece muy bien que expresen su opinión y la argumenten. Se trata de un problema que afecta al bien común y, por tanto, no le resulta ajeno a la Iglesia.
La confusión sobre este tema es tan grave que está distorsionando por completo muchos debates televisivos. Hay programas en los que para evitar críticas por falta de neutralidad se busca deliberadamente a personas que se sabe de antemano que van a defender posiciones contrapuestas. Si dichas posiciones fueran el resultado de una reflexión libre sobre el asunto no habría nada que objetar. Pero lo habitual es que no suceda así. Hay opinadores que se sabe con certeza que siempre, en cualquier circunstancia, van a defender una determinada posición. Por eso se cuenta con ellos para lograr una aritmética que permita al programa dar una engañosa impresión de neutralidad cuando lo que se debería hacer es invitar a personas capaces de ser fieles a su punto de vista. El problema radica en que, como no se puede tener certeza de que alguien opine con libertad interna, se renuncia a buscar a este tipo de personajes que quizá cabría calificar como “heterodoxos” y se opta por dar la apariencia de neutralidad contratando a quienes se tiene la seguridad de que van a defender puntos de vista contrapuestos. Esto no sólo es muy pernicioso para lograr una opinión pública libre, puesto que adquieren visibilidad pública personas que actúan como lacayos de determinados intereses, sino que con ello se exaltan indebidamente posiciones minoritarias utilizando la neutralidad como pretexto.
La neutralidad entendida como independencia de criterio es
el resultado de ejercer la libertad. Cuando se opina libremente se enriquece la
democracia y hay que aplaudir a quienes tienen el coraje cívico de asumir este
compromiso con la libertad, bien sean personas o instituciones. Sólo en
ocasiones muy excepcionales puede estar justificado que alguien se abstenga de
dar a conocer su opinión por prudencia ante el riesgo de que dicha opinión sea
utilizada para generar discordia. Estoy pensando en el Rey. En coherencia con
lo que he expuesto, el Rey no perdería su neutralidad en sentido estricto si
dijera lo que pensara, pero sus funciones constitucionales como Jefe del Estado
requieren de él un prudente -nunca mejor dicho- silencio. No obstante, ante
situaciones que evidencian una crisis de Estado, debe hallar la forma de dar a conocer su opinión, sopesando detenidamente si el mensaje debe ser transmitido con sutileza o con extrema claridad. No debe de ser tarea fácil reinar, de ahí que debamos felicitarnos por tener un rey
honrado y prudente.
martes, 17 de junio de 2025
Empezar una nueva vida
La expresión “empezar una nueva vida” refleja una oportunidad que, bien mirada, resulta maravillosa. Quizá se piense que es un tanto exagerada, puesto que no es posible esa novedad radical que quizá alguien podría desear: conservamos nuestro cuerpo, nuestro nombre, e irremisiblemente no podemos desprendernos de nuestro pasado. Pero, en realidad, nuestro cuerpo es lo menos importante cuando se trata de empezar una nueva vida. ¿El nombre? Hasta uno podría cambiárselo. En cuanto al pasado, es circunstancia con la que contamos, sí, pero no resulta determinante si uno aprende a elegir libremente, es decir, a no actuar por impulsos, y a decidir quién quiere ser. Sí, es posible empezar una nueva vida. Es más, algunas personas se pueden encontrar con esa experiencia a poco que hayan alcanzado cierta edad y vean cómo el transcurso de la vida lleva a que ciertos compañeros de viaje sean sustituidos por otros. En algunos casos, los que se van dejan un vacío, o un espacio, según se interprete la ausencia.
Hay personas que necesitan anclajes permanentes en forma de
personas y cosas por las que sienten un enorme apego. Es así como se sienten
seguras. Las pérdidas pueden sumirles en la zozobra. Por el contrario, otras
cambian de lugar de residencia y se dan cuenta cuando miran atrás que han
partido todas las personas que en su día eran la base de su existencia. En estos
casos uno deja de engañarse y experimenta que nuestra vida, como decía Ortega,
es radical soledad, aunque estemos muy felizmente acompañados. Es entonces
cuando uno puede llegar a preguntarse qué queda de aquel que un día fue y que
sin embargo hoy parece tan lejano que incluso le da la impresión de ser otra persona.
Porque cuando de verdad se ha desarrollado una nueva vida se puede tener la
sensación de ser alguien distinto. Y no es tan solo una sensación, sino la pura
verdad. Todo cambia, incluidos nosotros mismos. Pensar lo contrario porque
permanecen determinadas expresiones o formas del carácter que llevan a frases
tales como “genio y figura hasta la sepultura” es quedarse en la superficie.
A veces los cambios son tan profundos que pueden dar vértigo
y alguno puede tener la necesidad de hacer pie con un anclaje que le resultaba
seguro. Eso es la nostalgia. Entonces se siente el deseo de saber qué fue de
tal persona, de reunirse con los amigos del colegio o de visitar el pueblo en
el que uno veraneaba y que tiene idealizado como el lugar feliz de la infancia.
Son trampas, y conviene no olvidarlo. Se equivocará si piensa que va a
recuperar la amistad con un antiguo compañero de colegio con el que ha
recordado los “viejos tiempos” en una noche de camaradería, o si vuelve a
veranear en aquel lugar creyendo que sigue siendo el mismo que le vio disparar
las flechas del arco con el que jugaba con sus amigos. El ser humano es “futurizo”
incluso cuando buscamos los recursos en el pasado. Hay que atreverse a vivir y
disfrutar de la experiencia del cambio, de la partida y de la llegada de las
personas a tu vida, de los nuevos lugares o de los actuales, porque todo cambia
cuando comienza un nuevo día, cuando tienes la oportunidad de darte cuenta de
que sigues vivo y de que todo es posible.
martes, 20 de mayo de 2025
León XIV y la humildad
Sobre el nuevo Papa, León XIV, no tengo mucho que decir, salvo que me ha causado buena impresión la expresión de su rostro y el detalle de salir al balcón con la indumentaria papal clásica. Desde el inicio de su pontificado, Francisco renunció a lo que para él era un boato innecesario, llegando incluso a calzar unos zapatones gastados por el uso que inevitablemente llamaban la atención. No dudo de que tuviera la mejor intención, pero daba la impresión de que con ello hacía ostentación de humildad. León XIV ha recuperado la tradición y creo que ha acertado, porque cuando te insertas en ella reconoces humildemente tu participación en una realidad superior.
La humildad es una virtud muy importante. El hombre humilde debe estar dispuesto a que su nombre -que bien mirado es la cosa más azarosa del mundo- se pierda. No importa que nadie se acuerde de nosotros, ni siquiera cuando estamos vivos. Lo único que cuenta es esforzarse por actuar bien, tener la conciencia limpia. Eso es todo. Personalmente, siento un gran respeto por los héroes anónimos. A veces tenemos la fortuna de reconocerlos, siempre en contra de su voluntad. Cuando ello sucede, si es posible, y tratando de incomodarles lo menos posible, hay que escucharles si tienen a bien hablar. Digo esto porque todavía estoy saboreando una frase escrita por Pablo D'Ors en su versión de "El peregrino ruso", incluida en su último libro, "Devoción": "Una buena palabra es plata -dije para terminar, sellando mis labios-, pero el silencio es oro puro".
viernes, 25 de abril de 2025
El coste de la desconfianza y el miedo
A la hora de relacionarnos con otras personas podemos tener una actitud confiada o desconfiada. La cuestión de la confianza y, dando un paso más, el miedo está también presente en la forma de organizar la sociedad. Es impresionante ver en los aeropuertos las largas colas que se forman para controlar los objetos que los pasajeros pretenden introducir en los aviones. Probablemente ninguna de las personas que un día pasa por allí desea cometer un atentado, pero la sola posibilidad de que alguien pueda hacerlo genera una desconfianza que altera por completo la organización de la vida colectiva. En un caso como este creo que todos estaremos de acuerdo en que el riesgo de que mueran inocentes justifica que nos protejamos con esas medidas de seguridad. Sin embargo, hay situaciones en que es preferible confiar y asumir el riesgo que ello pueda entrañar. Es más, diría que siempre habría que partir de la confianza y de la buena fe como principio lógico de actuación, puesto que la desconfianza y el miedo pueden deteriorar gravemente las relaciones e instituciones humanas. Pondré un ejemplo que considero bastante significativo.
En la enseñanza me parece esencial que el estudiante confíe
en el maestro o profesor. La película “Karate Kid” lo muestra con claridad. El
señor Miyagi y Daniel se comprometen a enseñar y a aprender Karate respectivamente.
Además, Daniel debe obedecer sin hacer preguntas. Esta exigencia podría
resultar sorprendente, pero con ello el señor Miyagi pretende fomentar esa
imprescindible confianza en el maestro. La primera lección consiste en que Daniel
lave coches y pinte las vallas de una cerca realizando esas tareas con unos
movimientos pautados que vigila el señor Miyagi. Daniel no sabe qué puede
aprender con esas tareas, pero obedece. Como no recibe ninguna explicación se
va hartando y llega a pensar que el señor Miyagi lo tiene de “machaca” para beneficio
propio. Al final, ante el conato de rebelión del muchacho, el señor Miyagi le muestra
que esas tareas son excelentes ejercicios para dominar movimientos clave del karate.
Si en la relación entre estudiante y profesor se pierde esa
confianza -y eso está sucediendo-, el profesor puede sentirse amenazado ante la
posibilidad de que se le cuestione su forma de evaluar o los criterios de
corrección que utiliza. Al final, la relación se juridifica para convertirse en
un haz de derechos y obligaciones por ambas partes que responden una
desconfianza verdaderamente corrosiva. Si se parte de la confianza, el
estudiante deberá aceptar que el profesor decida examinarle oralmente, por
ejemplo, y tener libertad para valorar el grado de asimilación de la asignatura.
Naturalmente, podría pedir que le explicara en qué se ha equivocado, pero sería
muy pernicioso que interpusiera una reclamación para protestar contra el
criterio del profesor. Sé que hay profesores que pueden actuar arbitrariamente,
pero no es lo habitual. Lo que importa destacar es que si la relación se basa
en un garantismo fundado en la desconfianza es poco lo que se gana y mucho lo
que se pierde. En definitiva, pensemos muy detenidamente en el coste que
entraña relacionarnos desde la desconfianza y el miedo.
martes, 18 de febrero de 2025
Cuidado con la compasión
Es natural sentir compasión por el sufrimiento ajeno. Esa tendencia natural se ve reforzada por una educación que nos enseña a apiadarnos y a ayudar a los más débiles en la medida de lo posible. Está muy bien sentir compasión y desear mitigar el sufrimiento ajeno, pero la compasión encierra un peligro nada desdeñable: puede ser utilizada para manipularnos. Es más, muchas veces no será necesario que alguien trace un plan maquiavélico: nosotros mismos nos causaremos daño para evitar el sentimiento de culpa que suele invadir a quien no actúa como se supone que debería hacerlo una persona compasiva. Por eso hay que tener mucho cuidado.
Es curioso comprobar el cambio que se ha producido con
relación a la compasión. La sociedad española de hace algunas décadas era mucho
más compasiva que la actual, pese a que hoy encontremos numerosas asociaciones
de voluntarios que realizan una encomiable labor social. El individualismo ha
propiciado la quiebra de vínculos familiares y sociales generando marginación y
situaciones de gran necesidad que quienes ponen en marcha estas asociaciones
tratan de combatir. Antes, la compasión y la solidaridad que la acompaña tenía mucha
más vigencia social. Por ejemplo, era habitual que las familias acogieran en la
propia casa a los padres o a los suegros mientras que hoy en día es habitual
desentenderse de ellos, sobre todo cuando carecen de ingresos, y escuchamos
casos en los que se les deja abandonados en algún hospital. Y podríamos seguir
citando situaciones parecidas.
La menor vigencia social de la compasión ha sido
sustituida por una acusada tendencia a utilizarla como instrumento de
propaganda o de manipulación que quizá tenga su origen en las políticas
orientadas a proteger a colectivos vulnerables. No cabe duda de que una
sociedad sana debe ayudar a aquellos que más lo necesitan, porque la
solidaridad –que puede incluso superar las fronteras de un país cuando está
basada en la caridad o en la filantropía- es una exigencia constitutiva del
modo de vida político. Es justo luchar contra toda discriminación carente de
justificación, y se deben adoptar las medidas necesarias para paliar, cuando
sea posible, las dificultades que padecen los enfermos, discapacitados, pobres,
ancianos, etc. . Muchas veces eso se traducirá en reconocerles “derechos” y no está
mal que sea así. Como casi siempre, el problema surge cuando se pierde el
equilibrio y, en lugar de comprender los perfiles del derecho atribuido, se
pretende abusar de él utilizando para ello la compasión.
Contaré un caso en el que se observa esta idea. En
las últimas décadas hemos mejorado muchísimo la accesibilidad a los edificios.
Los edificios nuevos deben cumplir con la exigente normativa en esta materia.
Por lo que respecta a edificaciones antiguas, se han aprobado normas que
obligan a que las Comunidades de Propietarios acometan obras que mejoren la
accesibilidad cuando algunos propietarios o inquilinos en situación de
necesidad así lo exijan. Tienen derecho a ello, pero es posible abusar de ese
derecho. Es lo que aconteció en la urbanización en la que vivo. Dispone de rampas
de acceso que permiten acceder a cualquier persona en silla de ruedas. A pesar
de ello, un vecino ha exigido la instalación de barandillas que bordeen toda la
rampa alegando que lo necesita por razón de una determinada enfermedad. En mi
opinión, la exigencia carecía de sentido porque alguien aquejado de dicha
enfermedad no puede ir caminando solo y, en cualquier caso, un sencillo andador
podía solventar perfectamente el problema. No obstante, quizá esté equivocado.
Se puede explicar por qué la instalación es necesaria y con sumo gusto
cambiaría de parecer. El problema es que no hubo siquiera posibilidad de
examinar el asunto. La apelación a la compasión o, mejor dicho, a la falta de
compasión de aquellos que cuestionaban la necesidad de la obra supuso un
salvoconducto para, de inmediato, acceder a la petición, pese a que la obra
tenía un coste de muchos miles de euros. No importaban las razones. Si uno osa
cuestionar la petición de un enfermo se le tilda de mala persona, de dureza de
corazón, con el fin de hacerle sentir culpable.
La compasión distorsiona la realidad en numerosas
ocasiones, nos impide ver con claridad la situación y nos hace juzgar equivocadamente
a las personas. Los enfermos pueden ser dignos de compasión, pero eso no los
convierte en buenas personas. En cierta ocasión tuve una conversación con una
psicóloga que me dijo abiertamente que las personas enfermas suelen ser muy
egoístas. Me sorprendió no tanto el contenido de la afirmación, sino el valor
de decir algo así, que sin embargo era fruto de su experiencia personal. No
siempre es así, naturalmente, pero una situación difícil no siempre hace que
aflore lo mejor de una persona, por lo que hay que tener cuidado.
Personalmente, me he encontrado con personas enfermas egoístas y manipuladoras,
pero también con enfermos que nunca han pretendido sacar provecho de su
enfermedad.
Los ejemplos en los que la compasión distorsiona son
innumerables. Se pueden imaginar las situaciones que puede vivir un profesor con
estudiantes que refieren todo tipo de circunstancias personales para pedir un
trato especial. Buscan el sentimiento de compasión del profesor para lograr su
objetivo. No les importa en absoluto que el profesor pueda sentirse mal porque
desearía hacer el favor al estudiante, pero se da cuenta de que lo que se le
pide va más allá de la flexibilidad y es manifiestamente ilegal, además de
injusto frente al resto de estudiantes.
Una buena persona (y también una sociedad justa) debe ayudar a aquellos que más lo
necesitan, pero no olviden este
consejo: ¡cuidado con la compasión!
miércoles, 29 de enero de 2025
Conocimiento y sabiduría
En uno de los capítulos más interesantes de su excelente libro El monje y el filósofo, Matthieu Ricard y su padre, Jean François Revel, distinguen entre conocimiento y sabiduría. La sabiduría implica una transformación interior orientada a la práctica de las virtudes que reconocen todas las grandes tradiciones espirituales. Para alcanzar dicha sabiduría transformadora el conocimiento teórico de la verdad no basta; la sabiduría requiere experimentar esa verdad, lo cual nos sitúa ante el problema de la “técnica espiritual”. Las hay tan diversas como los ejercicios de contemplación propios de la mística cristiana o las prácticas meditativas budistas, por poner sólo dos ejemplos. También en psicología parece que el psicoterapeuta orienta al paciente para que alcance por sí mismo un “insight”, es decir, un momento en que el paciente “ve” -pero no de forma teórica- algo que antes se le ocultaba y que constituye la palanca que le permite introducir cambios en su vida o superar un problema psicológico.
Tener un encuentro experiencial con la verdad es un asunto fascinante que requiere un esfuerzo de escucha, estudio y reflexión seguido de una práctica contemplativa constante y bien dirigida. Y ni siquiera así es suficiente: hay que ser humilde y reconocer que los "encuentros" más significativos son una concesión, una "gracia" que se recibe y no se conquista. Esos momentos son una vivencia interior comunicable, aunque quien la escuche no quedará precisamente impresionado. Al contrario, el relato de ese encuentro puede parecer incluso banal debido a que la situación es una verdad que se comprende fácilmente desde un plano intelectual, pero cuya hondura sólo percibe el protagonista de la vivencia interior. En ocasiones, el encuentro no se logra mediante una práctica constante que facilite la introspección. Al comienzo de su conocidísimo libro “El poder del ahora”, Eckhart Tolle cuenta que su vida era pura desdicha y que se hallaba al borde del suicidio. Una noche, cuando el sufrimiento era más intenso, un pensamiento llegó a su mente: “No puedo seguir viviendo conmigo mismo”. En ese preciso instante Tolle se dio cuenta de que la capacidad de observarse a sí mismo implicaba dos "yo": el “yo” doliente cuya vida era desdichada y el "yo" capaz de contemplar a la persona Tolle que a partir de ese momento se le representaba como un "personaje". Él comprendió que su "yo" más auténtico era la conciencia pura contemplativa, un “insight” profundamente liberador que le condujo a que su vida cambiara por completo. Desde entonces se ha convertido en un maestro espiritual con millones de seguidores en todo el mundo.
Yo no he vivido nada parecido a una experiencia de ese tipo,
pero sí he tenido algún encuentro experiencial con la verdad que me ha servido
para entender qué quieren significar quienes advierten de que no hay que confundir el conocimiento con la sabiduría. Me sucedió hace más de treinta años. Una mañana debía coger un autobús para irme
de viaje y ello me generaba cierta inquietud. Como todavía disponía de tiempo,
decidí realizar un sencillo ejercicio de atención a la respiración que comenzaba observando sin juzgar los
sonidos y los objetos que me rodeaban. En un determinado momento percibí
claramente cómo la quietud de cada uno de esos objetos contrastaba con mi
agitación interior. Me daba cuenta de que si hubiera desaparecido en ese mismo
instante los objetos hubieran seguido allí, inertes, totalmente ajenos a mí y a
cualquier tribulación. Es obvio, ¿verdad? Pese a lo ridículo que pueda parecer,
ese “insight” se me quedó grabado porque aprendí por experiencia directa que el
estado mental tiñe el mundo exterior, condiciona nuestra manera de percibirlo.
La situación que acabo de narrar se produjo en un momento de introspección, de contemplación. Lo subrayo porque, como apuntaba al principio, ese es el camino más seguro que conduce a la sabiduría. Es posible ir en busca del conocimiento e incluso de la verdad y tener éxito. Pero serán éxitos poco profundos, aunque resulten vistosos y redunden en el reconocimiento social. También la sabiduría se puede buscar, pero el camino es muy distinto: se trata de aproximarse a la verdad sutilmente, dejando que se exprese. Por ello, la arrogancia o la impaciencia son incompatibles con la sabiduría. Hay que ser muy cuidadosos cuando se trata de quitar el “velo” que cubre la verdad y acercarse a ella con humildad, con amor, porque se busca la verdad para lograr esa transformación que sólo puede ser fruto de la virtud, conscientes de nuestras evidentes limitaciones, aunque estando sumamente agradecidos precisamente por ser conscientes de esas limitaciones. Ahí está el “sólo sé que no sé nada” socrático que por encima de todo invita a la humildad y a la gratitud.
martes, 17 de septiembre de 2024
Proteger nuestra atención
Un colega y amigo está estudiando las características del llamado
“poder digital”. Le preocupa especialmente cómo en internet se nos vigila y se
nos intenta robar la capacidad de dirigir voluntariamente nuestra atención, porque nos quieren permanentemente alterados. Yo diría que no sólo es internet: algunas
tendencias en programas de televisión son muy llamativas. No se permite que el
espectador contemple únicamente a las personas que están conversando en el plató. Se reduce
su tamaño y, mientras ocupan recuadros de la pantalla, se proyectan imágenes en
bucle sobre el tema en cuestión que pretenden captar la atención del
espectador, como si no fuera suficiente con escuchar a quienes están hablando. Al
mismo tiempo, en la parte baja de la pantalla aparecen noticias escritas y se anticipa
el tema que se tratará “a continuación” para que el espectador sienta que no
debe perdérselo y permanezca atento. Por si fuera poco, en algunos programas, especialmente
los relacionados con la política como “Al rojo vivo”, todo se ve amenizado con
una música “épica” que pretende generar emociones. El espectador se ve zarandeado
y lo peor es que, con todos estos estímulos operando sobre nosotros, aún somos
capaces de combinar lo anterior con consultas e interacción con el móvil. Una
auténtica locura.
Estamos tan acostumbrados a este fenómeno que no nos damos cuenta de la gravedad que tiene. Atender a algo significa ser conscientes de ello, estar presentes. Decidir a qué prestamos atención es un reducto esencial de nuestra libertad que requiere ser preservado a toda costa e incluso entrenado. El “mindfulness” que hoy está tan de moda se dirige a lograr una atención plena como una forma de terapia. El poder digital y, en general, la sociedad de consumo pretende captar nuestra atención, pero -y esto es lo grave- no esa atención que surge de nuestra intimidad y es dirigida conscientemente, sino algo mucho más superficial que no merecería ni siquiera llamarse atención. Yo diría que es una simple percepción sin vocación de poner en marcha un proceso de reflexión. Los estímulos externos son percibidos y, como apenas hay tiempo para dirigir nuestra atención de forma plenamente consciente y reflexiva, reaccionamos ante ellos. Al tratarse de una reacción, el proceso incluso tiene ciertos automatismos que pueden ser estudiados para tratar de aprovecharse de ellos (noticias "gancho", anuncios personalizados, test que despiertan automáticamente la curiosidad, etc.).
Como apuntaba, el espectador se ve zarandeado, violentado por tanto estímulo perceptivo, y es fundamental que nos demos cuenta de que se nos intenta manipular mediante técnicas a veces bastante sutiles, aunque no tanto como para no poder identificarlas. Para vivir hay que saber defenderse de esas agresiones, lo cual no está al alcance de todos y, sobre todo, de los más jóvenes.
martes, 27 de agosto de 2024
¿Cómo dejar atrás la mente discursiva?
La frase “los árboles no nos dejan ver el bosque” refleja
uno de los mayores riesgos que acechan a quienes nos dedicamos a la actividad filosófica.
Nos movemos entre teorías que pretenden dar razón de la realidad. Para ello
nuestra herramienta principal es el “concepto”, que Ortega definía como
“contenido mental enunciable”. Accedemos a la realidad desde conceptos que
debemos examinar críticamente para, a su vez, dar razón de ella mediante otros conceptos
con los que transmitir nuestra “visión”. El riesgo es confundir el concepto con
la realidad misma, pero ¿es posible un acceso directo a la realidad? He ahí el
problema de la frase que citaba al comienzo.
Un bosque es un concepto que se refiere a un conjunto de
árboles, que a su vez es otro concepto. Y así podríamos seguir con las partes
que forman el árbol y que nos remiten a diferentes conceptos como tronco,
ramas, hojas, etc. Cuando afirmamos que los árboles no nos dejan ver el bosque
parece como si el concepto “bosque” se enseñoreara de la realidad. Sería
más correcto decir que el bosque no nos deja ver los árboles, porque esta frase
aspira a que tomemos contacto directo no con la abstracción que representa el
“bosque”, sino con realidades mucho más tangibles como son cada uno de los
árboles con los que nos topamos conforme nos vamos acercando a ese conjunto que
divisamos a lo lejos y denominamos “bosque”. Aún así permanecemos en la mente
discursiva, conceptual, porque hay que ver el árbol sin la pátina conceptual
que condiciona nuestra mirada.
El fondo del problema, clave en la filosofía budista, es cómo
podemos tener ese contacto directo con la realidad que nos proporcione una
sabiduría auténtica fruto de la experiencia directa. Para acercarnos a la
realidad necesitamos los conceptos, pero luego es necesario dejarlos atrás. Una
metáfora muy habitual es la de la balsa que nos traslada de una orilla a otra
de un gran río. La balsa es un vehículo que resulta muy útil mientras estamos cruzando,
pero que finalmente es necesario abandonar.
¿Cómo y cuándo abandonar el pensamiento conceptual, la mente discursiva? Para mostrar la enorme dificultad de la tarea pondré el ejemplo de una situación que todos hemos vivido. En muchas ocasiones, observamos una montaña, una nube, el suelo de parqué o cualquier otro objeto y, de repente, nuestra mente descubre en él una determinada imagen, por ejemplo, la cara de un moro en la montaña del castillo de Santa Bárbara en Alicante. Una vez identificada esa imagen, ¿podemos volver a ver esa montaña borrando la imagen? Con otras palabras, ¿es posible regresar a la pristina visión cuando ha sido “contaminada” por la mente discursiva? Lo he intentado en muchas ocasiones y no soy capaz. Puedo seguir mirando y ver más cosas, pero esa imagen ha cristalizado y condiciona mi acceso a esa realidad. Si eso es así, no sorprende la insistencia de los budistas por entrenarse a través de las técnicas meditativas en superar el pensamiento conceptual, el dualismo “sujeto-objeto" presente en la actividad cognoscitiva. También podemos desprendernos de nuestros conceptos, de las imágenes con las que troquelamos la realidad, no luchando contra ello, no intentando dejar de ver el moro en la montaña o el fauno en el parqué. Simplemente se trataría de dar un paso atrás y observar nuestra mente discursiva. Esa, si no lo entiendo mal, es la vía directa que propone Rupert Spira con su referencia a “ser consciente de ser consciente”, como titula uno de sus libros. Es decir, se busca darse cuenta de cómo actúa nuestra mente indagando en cuál es la razón de ese movimiento mental para, a partir de ahí, limitarse contemplar esos procesos desde una supraconsciencia capaz de abarcarlo todo, lo cuál también conduce a la no-dualidad.
Es posible que uno se pregunte por qué razón debemos ir más allá de nuestros conceptos. Indudablemente, toda actividad cognoscitiva depende de una creencia que condiciona nuestra relación con la realidad. Si uno cree que siempre hay un misterio que la inteligencia humana no podrá desvelar por sus propios medios quizá tenga la humildad suficiente como para, en lugar de ir en busca del secreto latente que oculta la realidad, confiar en que esta se manifieste a través de otros caminos. Ahí es donde se sitúa la contemplación, que en mi opinión sólo es incompatible con la actividad filosófica si pretendiera sustituirla; pero, más allá de este extremo, podría decirse que la complementa. De ahí el esfuerzo de tantos autores por conciliar fe y razón, en el caso cristiano, o ciencia y espiritualidad.
domingo, 16 de junio de 2024
Humildad y benevolencia
Hace dos días estuve en Pamplona. Concluidas mis obligaciones, el viernes por la tarde fui paseando al centro de la ciudad para entregarme al barzoneo excrutador. De camino pasé por delante del hotel Tres Reyes, en el que me alojé la primera vez que visité esta ciudad hace casi treinta y cuatro años. Recuerdo perfectamente aquella etapa de mi vida. Era un estudiante de Derecho que acudía por primera vez a un congreso de estudiantes para, junto con mis compañeros y amigos, hablar de un tema que hoy está de plena actualidad, “La ecología como componente del ideal revolucionario en nuestros días”. Así se titulaba nuestra comunicación. En aquel momento, aunque se era ya muy consciente del problema ecológico, todavía no se hablaba del cambio climático. Hoy es más que evidente que se trata de un problema que puede generar algo más que una revolución. Esto que comento no lo pensé cuando observaba anteayer aquel hotel en el que la organización nos alojó. Me veía a mí mismo en aquellos días y pensaba en todo lo que he aprendido desde entonces. Se podría resumir en dos palabras: humildad y benevolencia. Sin ellas no es posible ningún cambio genuino.
miércoles, 17 de enero de 2024
Relativismo y salud mental
La salud mental ha cobrado mucho protagonismo en los medios de comunicación debido a los estragos que causó la pandemia. Si esta atención obedeciera a una sincera preocupación por el bienestar del prójimo deberíamos alegrarnos, pero me parece que algunos políticos han encontrado en ello un filón para criticar la política sanitaria. No dudo de que puedan existir razones fundadas para esas criticas, porque probablemente falte sensibilización y buenos profesionales y medios para cuidar de la salud mental de la población. Sin embargo, en cuestiones de salud más vale prevenir que curar. Lo verdaderamente preocupante es que nuestra sociedad propicia las enfermedades mentales. Esa es la clave del asunto en la que se debe indagar para proteger la salud mental. Por ejemplo, estamos destrozando a niños y jóvenes al haberlos desprotegido frente al peligro de las nuevas tecnologías. Luego, cuando la adicción y la falta de sueño se convierten en patologías, se demandan profesionales de la salud mental para solucionar el problema. Pero, repito, lo importante es eliminar aquello que provoca la enfermedad siempre que sea posible.
Para abordar con radicalidad este problema el relativismo representa una dificultad muy seria. Un relativismo que, por contradictorio que parezca y sea, se presenta como una verdad incuestionable. Hoy se extiende sin límite en nuestra sociedad y puede generar un problema importante a los profesionales de la psicología y de la psiquiatría, ya que en su profesión deben tener presente qué es lo “normal” y qué se aleja de la normalidad hasta un punto que se convierte en “patológico”. El relativismo puede llegar a impedir -ya lo está haciendo- que se hable de "normalidad". Por eso me parece que cada vez será más habitual que estos profesionales renuncien a realizar un diagnóstico o, cuando menos, a comunicárselo abiertamente al paciente. En el caso de enfermedades psiquiátricas como la esquizofrenia puede que sea más sencillo distinguir lo normal de lo patológico, pero pensemos en todos estos niños y niñas que creen estar en el cuerpo equivocado. Para un psicólogo afirmar que esa creencia es patológica es una heroicidad, porque pueden ser acusados de tener fobia a los transexuales, por poner un ejemplo.
