Felipe González participó ayer en un foro en el que Esther Palomera, periodista de El Diario, le preguntó por varias cuestiones, algunas relacionadas con el auge de Vox. González no se anduvo por las ramas y dejó claro que él ve más grave pactar con Bildu que con Vox, o que, si el candidato del PSOE es Sánchez, votará en blanco. Por la noche tuve oportunidad de ver parte de su intervención, que me pareció bastante sensata, y dijo algo mucho más sustancial y radical: España no funciona. Ahí está el titular. El país se nos cae de las manos, y lo ve cualquiera que viva en España. Ayer leía que el colapso sanitario se ha extendido a la sanidad privada. La gente no puede permitirse las esperas eternas de la Seguridad Social y contrata seguros privados de bajo coste. Las compañías reciben encantadas a los nuevos clientes y el sistema se satura. De los trenes y de la justicia ya he apuntado en anteriores entradas cómo están las cosas. ¿La educación? ¡Qué quieren que les diga! Todo lo que he venido diciendo en el blog sigue igual o peor. Silentes lectores, no, España no va nada bien, y lo más preocupante es que va a ir a peor.
De buena mañana reflexionaba sobre todo esto que les escribo
y me vino una idea optimista, fíjense lo que son las cosas. Por una parte,
hablar de “peor” o “mejor” siempre es problemático. Aunque España no funcione,
no hay que dramatizar, porque hay sitios donde las cosas están infinitamente peor,
así que constatemos serenamente la situación. Por otra parte, cuando las cosas
van mal estas se hacen presentes en forma de problema a resolver. Si no es así,
a veces ni reparamos en ellas. El problema se manifiesta en alguien o algo que
nos afecta, lo que exige darnos cuenta de la profunda interdependencia de todo
cuando hay. Entonces surge el deseo de liberarse de las ataduras, de las
dependencias, porque se piensa que así se acabará el “problema”. Pero al final
te das de bruces con la realidad: dependemos los unos de los otros, lo colectivo
no nos puede ser indiferente. Es cierto que hay formas de vivir que minimizan
el riesgo. Hay que saberlo y, por tanto, “simplificar la vida” todo lo posible,
pero no se puede acabar como Diógenes.
Mi consejo: No dramaticemos, porque podríamos estar peor. Seamos
conscientes de la interdependencia y simplifiquemos nuestra vida todo lo
posible sin convertirnos en unos pordioseros. Seamos responsables e
impliquémonos en la mejora de lo común y de lo público sin volvernos locos, en
la justa medida que lo permitan el resto de circunstancias de nuestra vida. Y lo
más importante, aprendamos a aceptar la realidad tal y como es. A poco que
salgan por la puerta y se topen con el país se darán cuenta de que esta es la
tarea a realizar. Si lo consiguen, tendrán recompensa: felicidad. ¡A por ello!
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