Ante las últimas informaciones sobre la trama de corrupción liderada por Leire Díez, Sánchez se ha visto obligado a declarar públicamente que no sabía nada de las “andanzas” de esta señora. Era lo previsto, negarlo todo. Sin embargo, nadie en su sano juicio puede pensar que una militante se embarque en semejante tipo de asuntos con el fin de proteger al presidente sin que este al menos lo conozca. No es creíble y Sánchez lo sabe. Pero no le queda más remedio que negarlo con ese rostro demacrado que grita a los cuatro vientos que se sabe carne de banquillo y hasta de trullo. Dice que hay que dejar trabajar a la justicia, lo cual es síntoma de que no tiene más remedio que confiar en que no se demuestre su culpabilidad. No parece sentirse lo suficientemente fuerte como para amedrentar y eso es muy peligroso para alguien cuya fuerza se basa en hacer sentir que salpicarlo te puede salir caro. Ahora que estamos en la feria de San Isidro yo diría que a Sánchez hay que darle una certera estocada para no necesitar el descabello y la puntilla. El descabello, caso de tener que recurrirse a él, resulta peligroso, porque ese pinchazo puede darle la fuerza para una última y mortal cornada.