El comportamiento de algunos jugadores de Argentina en la final del mundial fue bochornoso, una auténtica vergüenza que desgraciadamente no sorprende. Agresiones, marrullerías y mal perder, sobre todo visible en jugadores como Paredes o Nahuel Molina, que reaccionaron con violencia a la derrota, lo propio de los cobardes. El primero salió al campo pensando que jugar al fútbol es algo parecido al rugby, y que el valor se mide por la capacidad para intimidar al contrario. El segundo pegó un manotazo nada menos que al Cid Campeador, Rodri Hernández, cuando el más grande corría a celebrar el triunfo con sus compañeros.
Argentina debería tomar buena nota de ese pésimo
comportamiento y apartar a esos chulos del equipo. A la satisfacción por el
triunfo de España hay que sumar el orgullo de haberlo conseguido con honor,
respetando al rival, buscando sanamente el triunfo. Estas muestras de
antideportividad macarril, que se están convirtiendo en un signo de identidad
de la albiceleste, deberían avergonzar a nuestros hermanos argentinos.
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