Sigo preguntándome qué pretende Sánchez al permitir la degradación de la situación en Ceuta. En el anterior post barajé la hipótesis de la firmeza “in extremis” contra Marruecos; pero si ya de por sí resulta bastante inverosímil, creo que las comparecencias de Marlaska y Albares permiten aventurar otra hipótesis, más en la línea de la estrategia típica de Sánchez, aunque también disparatada. En un alarde de desfachatez, que provocaría alipori si no estuviéramos viviendo esta situación con suma indignación, no se les ha ocurrido otra cosa a estos ministros que afirmar que la movilización de los ceutíes para acabar con los asentamientos y expulsar a los invasores está alentada por los discursos de odio de la extrema derecha.
Que los españoles no hayamos sido capaces de mandar democráticamente a Sánchez al espacio sideral no dice demasiado en nuestro favor, pero pensar que la gente va a responsabilizar a la derecha de lo que está pasando es tomarnos por más tontos de lo que somos. Cualquiera puede entender la indignación de los ceutíes al ver su ciudad invadida, arruinada, y sin poder llevar una vida normal después de casi un mes. Es totalmente comprensible que se movilicen ante la felonísima inacción del gobierno. Semejante reacción no tiene nada que ver con ninguna ideología, sino con poder seguir con su vida, lo mismo que desearía un vecino de cualquier ciudad española. Sin embargo, mientras solivianta a los ceutíes, que le ven disfrutando de su piña colada en Lanzarote mientras escucha su playlist, Sánchez no tiene problema en que se generalicen estos incidentes, cada vez más graves, con el fin de culpar a la derecha.
Cualquier hipótesis que trate de explicar racionalmente lo que está haciendo Sánchez es disparatada, porque nada justifica que un dirigente esté de vacaciones cuando la integridad territorial de su país se ve amenazada. Si el PSOE y la izquierda insisten en responsabilizar a la derecha de los enfrentamientos que puedan producirse en Ceuta, quizá viendo en ello una estrategia brillante y maquiavélica urdida por zangolotinos como Iván Redondo, que disfrutan vistiendo bata blanca y examinando la política en una pipeta, descubrirán que nadie se lo traga.
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