En su día escribí que en el pulso entre Sánchez y Puigdemont era el primero el que tenía la posición de fuerza. Los dos se necesitaban, pero Puigdemont es un prófugo de la justicia y a Sánchez le bastaba con prometerle la amnistía y algunas cosas más de imposible cumplimiento para ser investido. Una vez logrado, no hay nada más. A Sánchez no le importa no poder gobernar, porque su argumento central consiste en defender que es mejor esta situación que un gobierno de la "barbarie" ultra. Así que el puñetazo sobre la mesa que dio ayer Puigdemont sólo sirve para que se haga daño en la mano. La amnistía de este iluminado, que lleva casi diez años sin poder dormir en su casa, se va a demorar más tiempo todavía mientras su partido se hunde irremisiblemente en las encuestas y Sánchez sigue pasando hojas del calendario atrincherado en la Moncloa. Cuando llegue el momento, sacudirá la sociedad utilizando todos los resortes del poder y evitando que se vote con sosiego. Y veremos si no es capaz de hacer algo todavía más grave, porque a Sánchez su personaje le tiene fascinado.
La reacción del PP ante el movimiento de Junts ha sido de completa indiferencia. Creo que aciertan. Los independentistas se mueven buscando únicamente su propio interés y no hay que entrar en el juego de tratarles como un interlocutor político serio. No lo merecen. Ante la gravedad de las informaciones que se han conocido sobre Cerdán y Ábalos, y sobre la mujer y el hermano de Sánchez, pienso que Feijóo debería haber presentado una moción de censura para que los grupos políticos decidieran si seguían apoyando al gobierno retratándose explícitamente. Ahora sólo queda esperar a que Sánchez convoque elecciones cuando más le convenga.
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