Lo mismo que he criticado duramente la sentencia del Tribunal Constitucional sobre la ley de amnistía u otras decisiones, defiendo el derecho de aquellos que no estén de acuerdo con la sentencia del Tribunal Supremo condenando al Fiscal General del Estado a criticarla. Eso sí, por favor, que la critiquen una vez que la sentencia haya sido redactada y hayan tenido ocasión de leerla. Que cada cual valore las opiniones de quienes se manifiestan en un sentido u otro y saque sus propias conclusiones, puesto que todo ello forma parte de la democracia.
Más allá del debate sobre decisiones judiciales, lo que urge
es frenar la degradación institucional como paso previo para reforzarlas y
lograr que cumplan debidamente su función. Una vez que el tirano salga del
gobierno será el momento de, con decisión, poner en marcha un proceso de
regeneración democrática. No podemos seguir permitiendo que se gobierne sin
presupuestos, que sean las minorías que odian a España quienes condicionen la
política, o que se amenace la independencia del poder judicial. Quiero saber
qué piensa hacer Feijóo al respecto. Mi olfato me dice que mucha gente que en
su día confió en Rajoy ya no se fía del PP y está dispuesta a votar a Vox.
Comprendo su decepción: 183 diputados y UPyD (el partido de Rosa Díez, para los
que lo hayan olvidado) en el congreso con grupo parlamentario propio no
sirvieron para que el “héroe del silencio” de Pontevedra hiciera algo más que
fumarse un puro e idear algún chascarrillo gracioso.
Estoy recibiendo y leyendo mensajes pesimistas respecto a la
situación que vivimos. Vemos que la izquierda utiliza un lenguaje
guerracivilista. Con una irresponsabilidad que raya en lo criminal, Pablo
Iglesias se ha permitido invitar al PSOE a “reventar a la derecha española y a
sus activos políticos para llegar a donde sea necesario”. Estas palabras reúnen
todos los ingredientes para ser interpretadas como una incitación a la
violencia, pero, claro, el propio Iglesias defenderá que él tiene derecho a la
libre expresión y no lo tienen aquellos que pacíficamente desean expresar su
nostalgia franquista. Comprendo el temor por la deriva de la izquierda que se
observa en este lenguaje. No hay que restar importancia a estas palabras, sino
denunciar la irresponsabilidad que representan; pero, acto seguido, hay que
mantener la calma y no dejarse vencer por el pesimismo. La diferencia entre la
situación actual de España y la que se vivió en la II República radica en que
en aquel tiempo los extremismos fueron capaces de arrastrar a numerosas masas
de la población. Eso no está sucediendo actualmente. El pueblo español asiste
perplejo a los desatinos de una clase política que vive en la burbuja de una
lucha sin cuartel por el poder. Los partidos políticos han secuestrado la
democracia y singularmente los de izquierda apuestan por tensionarla ante el
temor de perder el poder quizá por mucho tiempo ante los desafueros cometidos. No
van a lograr su objetivo porque la gran mayoría de los ciudadanos da la espalda
a ese enfrentamiento. Esa es la razón de que los políticos sean percibidos como
el principal problema de España, y de que los jóvenes empiecen a pensar que en
ocasiones una dictadura puede estar justificada -grave error, puesto que
gracias a vivir en democracia se puede intentar echar a Sánchez sin sangre-. No
hay que dejar que cunda el pesimismo. Cada cual debe comportarse como un
ciudadano responsable en el marco de sus posibilidades. Sánchez quiere seguir
tensionando, porque es lo que le conviene. La respuesta no es el pesimismo, la
desazón y la reacción airada. Hay que criticar sus desafueros con toda claridad
y, cuando llegue el día, VOTAR, aunque haya que perder dinero
anulando viajes o lo que haga falta.
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