Las informaciones que se han conocido sobre la hora en la que Maribel Vilaplana pagó el parking después de haber estado con Carlos Mazón siembran dudas sobre la veracidad de su testimonio ante la juez de Catarroja. Les están sacando la verdad con fórceps, una torpeza fruto del miedo. La mentira es hija de muchos padres, pero el principal es el miedo (vean la película “Insomnio”, de Christopher Nolan, y estarán conmigo). Vilaplana tendría que haber acudido al juzgado con la absoluta determinación de decir la verdad. Debe de ser muy duro para ella verse envuelta en un escándalo de esta gravedad, pero es inevitable, y debe aprender a no hundirse por las opiniones ajenas que se aprestan a juzgarla moralmente. Persistir en el error no le va a traer más que problemas de todo tipo, empezando por su conciencia.
Mazón cometió errores inhabilitantes y ha asumido su
responsabilidad política, aunque muy tarde. La juez tendrá que valorar si la
información conocida en el día de hoy -su ausencia en los momentos clave- le
supone algún tipo de responsabilidad jurídica. La política ha terminado para él.
Ahora le queda aprender a vivir sin que los errores cometidos le hundan en un
pozo oscuro. Vemos que mucha gente cree que no hay que tener compasión hacia
los delincuentes que no se han arrepentido o hacia personas que, como Mazón,
han cometido errores graves. Deben pagar la deuda contraída con la
comunidad política, pero el ensañamiento con la persona no va conmigo. No me alegra,
por ejemplo, ver a Ábalos demacrado y con ese pantalón ancho que se cobra dos
agujeros más del cinturón para evitar que se le caiga. Ya sé que muchos piensan
que se merece entrar en la cárcel, y es verdad, pero creo que quienes se
alegran de la desgracia ajena deberían reflexionar muy seriamente del daño que
se están haciendo a sí mismos.
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