Los indicios que se acumulan contra Zapatero son tan contundentes que lo más probable es que, más pronto que tarde, termine en prisión. El apoyo que le dio Sánchez en la sesión de control al Gobierno deja patente que es consciente de que los indicios contra Zapatero lo son también contra el Gobierno, puesto que fue quien autorizó el rescate de la compañía PLUS ULTRA. Es patético ver a los socialistas lanzar balones fuera. Se comportan como una secta. ¿No hay ningún diputado socialista con la dignidad necesaria para decir que estos indicios son más que suficientes para decir “basta”? Pues no, ya ven. Ni un solo diputado es capaz de desmarcarse del argumentario socialista.
Algunos no reconocen a Zapatero en esta trama de negocios
sucios. Tenían la imagen de un “referente moral”, de alguien desprendido y
movido por grandes ideales como su alianza de civilizaciones basada en su
optimismo antropológico. A mí no ha sorprendido absolutamente nada, porque ese
afán crematístico es coherente con la obsesión por el poder, que es una
manifestación de egocentrismo. Suele ser habitual que los egocéntricos
narcisistas sean víctimas de una tendencia desordenada a todo lo que para ellos
representa el poder, incluido el dinero. Y Zapatero es un egocéntrico. Lo sé
por una anécdota reveladora que narra Antonio Muñoz Molina en el libro “Todo lo
que era sólido” y que ya comenté en el blog. Merece la pena citarla de nuevo. Sucedió
en una visita al palacio de la Moncloa de tres o cuatro directores de centros
del Instituto Cervantes entre los que se encontraba Muñoz Molina. Zapatero les
enseñó el palacio y cuando llegó a la sala de reuniones del Consejo de
Ministros apoyó las manos en el sillón de presidencia y dijo: “Éste es el sitio
más especial del palacio. Cuando te sientas aquí es cuando tocas de verdad el
poder” (pág. 31). Como comenté en su día, detrás de esa frase hay un niño egocéntrico
engolosinado con el poder.
No me hacía falta ninguno de los indicios que estamos
conociendo para saber que Zapatero era un corrupto. Para mí, incurre en
corrupción todo político que en lugar de buscar el bien común orienta la acción
política en su propio interés partidista, puesto que se desvía del fin propio
de la política. Todavía es más grave si busca la división social, el
enfrentamiento. Eso es lo que ha caracterizado la política de Zapatero, y también
de Sánchez. Un verdadero crimen político. Me produce bochorno ver a muchos
comentaristas y políticos ensalzar la figura de Zapatero destacando la
aprobación de la ley del matrimonio homosexual y no sé qué otras medidas más.
Lo cierto es que arruinó a España en lo económico, lo que llevó a unos recortes
brutales (sueldo de funcionarios y pensiones), y desempolvó la división que
condujo a la Guerra Civil.
La putrefacción en torno a todo lo que rodea al PSOE es tal que seguramente Sánchez, que hoy ha dicho que hay que seguir adelante, como si no pasara nada, se acerca a jugar la última carta: la defensa de un programa de reforma constitucional basado en una República que haga de España un Estado plurinacional. Pablo Iglesias se lo reclamó hace unos días. Lo mismo acaba de hacer Otegui. Esa plurinacionalidad republicana puede ser -pensará Sánchez- el cemento capaz de unir a los partidos que le apoyan y galvanizar una reacción de los votantes progresistas y nacionalistas. Hay periodistas como Soto Ivars o José Antonio Zarzalejos que dicen claramente que esta es la última baza de Sánchez: la ruptura. Estoy de acuerdo en que puede tenerlo presente como último recurso, pero dudo mucho que se lance por ese camino. Llega tarde, pues es evidente que sólo podría interpretarse como una cortina de humo frente a la corrupción y terminaría por destrozar al PSOE. Pero veremos…
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