lunes, 5 de octubre de 2026

"La bola negra", lamento decirlo, pero un pestiño

Acabó la proyección y miré a mi mujer para poner en común la primera valoración de “La bola negra” mientras la gente se levantaba de sus butacas dejando ver alguna lágrima mientras sonaban tímidos aplausos (no ovación cerrada). Coincidimos: un monumental pestiño de casi tres horas, eso sí, bien adornado con tintes poéticos conforme se acercaba el final de la película. Recurso infalible para sensibilidades propensas a la lágrima fácil.

“La bola negra” es una película en la que se entrecruzan historias de amor homosexual marcadas por la represión y el sufrimiento de sus protagonistas. Y es tan descarado el grito de dolor de los Javis que a mí no me conmueve, sino que me resulta estridente y desagradable hasta cansarme. No me sumo a los elogios recibidos que rayan el ditirambo: no veo verdad en esta película. No se limitan a contarme historias, se ve en exceso el propósito de los creadores de exaltar la perspectiva del amor homosexual tan escondido en la tierra que hay que ararla para extraer esas historias de sus entrañas (por utilizar la figura poética que emplean los directores en el guión). Son demasiadas historias para ser contadas con finura y sutileza, lo que hace que en algún caso empleen el trazo grueso, como la historia de Sebastián una vez concluida la guerra. Quizá hubiera sido mejor optar por el silencio, pero los Javis hablan en exceso, son unas porteras que nos quieren contar que se casó, tuvo una hija que a su vez fue madre soltera y le dio un nieto, también homosexual, que descubre que su abuelo le ha legado una obra inédita de García Lorca al fallecer. Además, luego conocemos que dejó a su mujer porque se enamoró de un hombre en un cine de ambiente gay y por él abandonó a su familia para siempre. 

Los Javis no se limitan a mostrarnos la marginación y el sufrimiento de los homosexuales, sino que inundan con él y, en mi opinión, hacen que la película cobre un tono tan militante que le conduce a perder el equilibrio. Hay películas que se centran en la visión del mundo de un determinado grupo social, como el universo femenino en el que a veces nos sumerge Almodóvar. Si esa incursión está hecha de forma inteligente el espectador lo recibe agradecido porque le enriquece esa perspectiva quizá desconocida. El director ofrece; el espectador toma. La falta de equilibrio la siento cuando el director no deja resquicio y se aproxima demasiado al espectador para asegurarse de que nos llega su forma de ver el mundo. Por tanto, yo diría que es la forma de narrar elegida la que provoca mi incomodidad. Esa falta de equilibrio la aprecio incluso en la aparición tan forzada de Penélope Cruz en la película. No aporta absolutamente nada, salvo ofrecernos una actuación musical perfectamente prescindible en relación con las historias que protagonizan la película, aunque agradable de ver porque tiene un talento descomunal y llena la pantalla con su sola presencia.  

El cine ha ofrecido historias conmovedoras de amor homosexual como “Brokeback mountain” o la complejísima y maravillosa “El repostero de Berlín” (comentada en el blog), pero lo hacen narrando con limpieza, proponiendo la historia y no inyectándola en vena. Soy más sensible a la belleza cuando no se me zarandea para que aprecie la emoción. En fin, disiento de la mayoría de las críticas profesionales y, desde luego, me parece que esta película es muy inferior tanto a “Los domingos”, que nos encantó, como a “El ser querido”, que me fascinó (también le gustó a mi mujer, pese a que ella prefiere “Los domingos”), aunque esta última es de una profundidad tan sutil que no estoy seguro de que convenza a muchos espectadores. Me hubiera gustado comentar todas estas películas, así como “La odisea”, pero antes tengo pendiente escribir sobre “Jurado número dos”, sencillamente magistral. Junto con "As bestas" y "Joker", lo mejor que he visto en la última década.

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