La bronca parlamentaria que está generando el intento de la izquierda de sacar adelante los dos decretos sobre la vivienda tiene su origen en el planteamiento falaz, demagógico e irresponsable de quienes los han impulsado. Los decretos Maricarmen nos están permitiendo ver la cara más peligrosa del populismo. Ayer decía Sánchez que esto no tiene que ver con las ideologías, sino que se trata de una cuestión de humanidad. La izquierda convierte el problema de vivienda que ellos mismos han generado con su malhadada ley en un debate maniqueo entre buenos y malos.
Los partidos políticos que son estigmatizados mediante
esta artimaña pueden temer la reacción emocional de los ciudadanos. Vemos
que artistillas de medio pelo como Amaia sale a un escenario
pidiendo el “Decreto Maricarmen” con la seguridad de que será vista como
alguien sensible y comprometida. Es la estrategia populista que tan bien le
funciona a la izquierda: hacer de la política un campo de batalla en el que
ellos son los buenos debido a sus buenos sentimientos.
Es difícil salir airoso de un debate político en el que priman
los discursos en tono melifluo y lastimero (luego, cuando se constata su fracaso, el lenguaje se torna agresivo y amenazador) que camuflan las peores intenciones
y, sobre todo, medidas absolutamente disparatadas, como cualquier persona capaz
de razonar podría comprobar. Pero poco importa que las medidas sean un desastre
cuando prima la emoción y la política excita las peores pasiones, que afloran como resultado
de la frustración por creerse víctima de los "malos": partidos de derecha, fondos buitre, especuladores, inmobiliarias tramposas, etc. El populismo demoniza a determinados sectores de la población, divide, polariza e instiga el odio. A ese encanallamiento que movilice a sus posibles votantes lo
fía todo Sánchez. Necesita a unos ciudadanos que sientan mucho y piensen poco. No creo
que le baste para conservar el poder, pero quizá sí para ir acumulando sacos de
arena en la trinchera.
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