Según informan en el telediario, un pueblo catalán de unos 20.000 habitantes ha emitido un bando en el que solicita a sus vecinos que barran el trozo de acera de enfrente de su casa y rieguen las plantas o los árboles de su zona, porque no hay fondos para contratar barrenderos. Recuerdo perfectamente a las mujeres de Ribarroja del Túria –el pueblo en el que veraneaba y pasaba los fines de semana, mi pueblo podríamos decir- barriendo la acera y regando la calzada. Era una actividad habitual y las calles estaban siempre limpísimas, sobre todo las del centro del pueblo. Por cierto, en aquellos tiempos –hace unos treinta años- no se utilizaban ni soplahojas ni otros artefactos estruendosos. Una simple escoba y pocos minutos de barrido bastaban.
Tienen razón los vecinos que se quejan de la medida alegando que les cobran impuestos para sufragar los gastos de limpieza. Podríamos, pues, preguntarnos si sería una buena idea suprimir parte de esos impuestos e implicar a los vecinos en la limpieza de sus pueblos y ciudades (siempre se reservaría una limpieza profesional mensual para tareas complicadas y especialmente duras). Pienso que sí, no sólo por el ahorro, sino porque se trata de una medida genuinamente republicana, esto es, fortalece el compromiso de los ciudadanos con los asuntos públicos. Sería una excelente manera de concienciar de la importancia de mantener limpia la vía pública, al margen de que supongo que habría menos tolerancia con los guarros que tiran colillas o dejan las cacas de sus perros en una acera que nos toca limpiar a nosotros, no a un impersonal servicio de limpieza con el que se cuenta como se cuenta con que cada mañana sale el sol.