En sus comienzos, la fotografía retrataba personas o situaciones de una forma bastante aséptica, incluso a veces sorprenden esos rostros severos de nuestros antepasados captados por la cámara. Conforme fue evolucionando la tecnología y se pudieron comprar cámaras fotográficas, se ampliaron los momentos y situaciones que se fotografiaban: celebraciones, fiestas, excursiones campestres, etc. La llegada de los smartphones ha supuesto una auténtica revolución: se puede fotografiar y grabar en video todo prácticamente sin ningún límite. Pero, salvo excepciones, lo habitual es que inmortalicemos situaciones agradables, y cuando repasamos fotografías podemos llegar a pensar que el recuerdo amargo que guardamos en la memoria de aquella situación o de aquellos años bien podría ser una exageración a la vista de los rostros sonrientes que allí contemplamos. Pero lo verdaderamente interesante es darnos cuenta de que si podemos reinterpretar el pasado es porque este sigue operando en el presente y, por tanto, también en el futuro.
Evidentemente, los hechos pasados, en lo que respecta a su
acontecer fáctico, son inamovibles. Lo importante desde el punto de vista de la
vida humana es el significado que atribuimos a las acciones pasadas, porque
toda acción requiere una explicación, en el caso de que haya sido realizada por
un tercero, o una justificación, si somos nosotros los autores. Centrémonos en
nosotros. ¿Qué razón nos condujo a actuar de una determinada manera? La vida
nos exige actuar y solo posteriormente nos damos cuenta de todas las
posibilidades de actuación que se nos abrían y que en aquel momento fuimos
incapaces de ver. Lo descubrimos tal vez muchos años más tarde, como consecuencia de lo
que nos enseña la experiencia de la vida, o quizá como resultado de una conversación
con alguien que nos lo muestra.
Si podemos reinterpretar el pasado es porque sigue vivo, opera,
es decir, tiene la energía que le otorga la acción. Ya me he referido en el
blog a cómo los budistas destacan el poder -la energía- del “karma” presente en
toda acción completa (esta requiere intención, ejecución, resultado y valoración del resultado),
pero también lo vemos en el cristianismo cuando nos arrepentimos de nuestras
acciones. Ese arrepentimiento tiene el poder de transformar la vida. Por ello, es
certerísima la frase con la que se ampliaba la última petición del Padrenuestro
“y líbranos del mal” en la liturgia romana. Como recuerda Benedicto XVI en su
libro Jesús de Nazaret (p. 204), la fórmula dice así: “Líbranos, Señor,
de todos los males, pasados, presentes y futuros. Por la intercesión … de todos
los santos danos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu
misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda
perturbación”. Obsérvese que se pide que se nos libre no sólo de los males
presentes y futuros, sino también de los pasados. Esto sólo se explica
porque el pasado es fuerza viva, energía que fluye debido al inagotable sentido
que podemos captar conforme avanza nuestro conocimiento de cualquier realidad
pretérita. Y cuando esa realidad se manifiesta en un texto, que es signo de una
manifestación del espíritu humano, la hermenéutica ha sabido ver que todo texto
-si refleja la vida humana- encierra toda una fuente de significado que se va
desvelando con el paso del tiempo, puesto que la reinterpretación es
consustancial al aumento de nuestra comprensión.
Esto es lo que tiene ponerse a pensar. Comienzas dándote
cuenta de las trampas de las fotografías y terminas viendo cuánta razón tiene
la hermenéutica…
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