En 2020 mostré en el blog mi preocupación ante la despenalización de la eutanasia que se preparaba y que finalmente se aprobó. La prestación de la ayuda para morir ha sido solicitada y concedida a una chica de 25 años que, al parecer, lleva una vida marcada por un intenso sufrimiento. Debido a ello, intentó suicidarse, pero fracasó en el intento y quedó paralítica, lo cual también le provoca intenso dolor. Además, parece que abusaron de ella sexualmente. Todo ello sin duda le ha dejado secuelas psicológicas, aunque sería muy arriesgado dada su edad decir que son irreversibles.
No soy nadie para dudar del sufrimiento de esta chica y de
su sincero deseo de morir, pero la cuestión que debemos plantearnos es si la
compasión que se pueda sentir debe traducirse en ayudarle a satisfacer su deseo
de morir. Una sociedad puede ayudar a una persona que sufre de muy diversas
formas. Quitar la vida es una acción extrema que sólo debería reservarse para
situaciones absolutamente irreversibles en procesos terminales, que es lo que sucede
con los cuidados paliativos. Fuera de esas situaciones, acabar con la vida de
una chica de 25 años me parece una temeridad que, además, puede ser el comienzo
de una conducta a imitar por otros muchos jóvenes que no le ven sentido a la
vida y esta se les presenta como puro sufrimiento.
Con la autorización de esta eutanasia, se va a abrir la
puerta a la famosa “pendiente resbaladiza”. Ya verán como empezamos a conocer
de más casos de gente que quiere morir, porque la vida es dura y, en algunos
casos, durísima. Pero es que eso es la vida. Quizá el problema es que a muchos
jóvenes se les ha engañado educándoles en el hedonismo.
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