Cuando Fritz y Rita llegaron a Las Rotas eran las siete de la tarde. Reinaba una tranquilidad absoluta y el fresco olor a pino les confirmaba que habían acertado alquilando aquel apartamento. Se acostaron poco después de cenar rendidos del largo viaje en coche desde Alemania. Serían las ocho y diez de la mañana cuando les despertó el estruendoso ruido de un motor a escape libre. El motor aceleraba y desaceleraba como en los circuitos. Fritz se levantó para ver de qué vehículo se trataba, y descubrió a un hombre moreno que portaba en su mano una máquina con la que soplaba las hojas del jardín tratando de amontonarlas mientras el polvo se elevaba y dispersaba en todas direcciones. Pensó que habían tenido la mala suerte de llegar el día que tocaba arreglar el jardín.
Tras pasar un día muy agradable, se acostaron convencidos de que esta vez sí iban a poder descansar apaciblemente. No contaban con que era viernes y el vecino de arriba llegaría a las dos de la mañana y se pondría a limpiar y a mover los muebles del apartamento, ni con que el vecino de dormitorio, que también solía venir a pasar el fin de semana con su familia, tenía un niño al que empezaban a salirle los dientes. La noche fue infernal, pero además por la mañana el motor volvía a sonar. Esta vez el ruido provenía del jardín de varias casas de los alrededores. Les parecía absolutamente increíble: un lugar repleto de pinos, de jardines, de naturaleza se había convertido en un auténtico circuito de fórmula 1.
Preguntaron a los jardineros si no podían empezar más tarde, y éstos les respondieron el archiconocido “yo soy un mandao, señora. Tenemos que empezar a esta hora para hacer todo el trabajo del día”. Fritz y Rita se dieron cuenta de que iba a ser imposible disfrutar de las vacaciones que habían soñado, y decidieron que nunca regresarían a España. Para ellos y para tantos extranjeros nuestro país es un insoportable y enervante soplahojas, ese dichoso invento del demonio.
Tras pasar un día muy agradable, se acostaron convencidos de que esta vez sí iban a poder descansar apaciblemente. No contaban con que era viernes y el vecino de arriba llegaría a las dos de la mañana y se pondría a limpiar y a mover los muebles del apartamento, ni con que el vecino de dormitorio, que también solía venir a pasar el fin de semana con su familia, tenía un niño al que empezaban a salirle los dientes. La noche fue infernal, pero además por la mañana el motor volvía a sonar. Esta vez el ruido provenía del jardín de varias casas de los alrededores. Les parecía absolutamente increíble: un lugar repleto de pinos, de jardines, de naturaleza se había convertido en un auténtico circuito de fórmula 1.
Preguntaron a los jardineros si no podían empezar más tarde, y éstos les respondieron el archiconocido “yo soy un mandao, señora. Tenemos que empezar a esta hora para hacer todo el trabajo del día”. Fritz y Rita se dieron cuenta de que iba a ser imposible disfrutar de las vacaciones que habían soñado, y decidieron que nunca regresarían a España. Para ellos y para tantos extranjeros nuestro país es un insoportable y enervante soplahojas, ese dichoso invento del demonio.