Como era previsible, tan pronto como Zapatero ha anunciado que no se volverá a presentar poco ha faltado para que algunos medios soliciten su canonización como santo laico. Podríamos pensar que está sucediendo lo habitual cuando se habla de alguien que ha fallecido y está de cuerpo presente: o era un dechado de virtudes o se le trata con una indulgencia que conociendo su ejecutoria provoca alipori. No creo, sin embargo, que las loas a Zapatero sean sólo debidas a su condición de cadáver político con funeral a un año vista. Algunos de los que alaban su trayectoria piensan sinceramente que hizo cosas buenas y que pasará a la historia como un buen presidente. La clave para entender que un gobernante desastroso reciba elogios creo que se halla en la pérdida de los criterios elementales que deben considerarse a la hora de valorar la acción de un político.
Aunque parezca una exageración, estoy convencido de que muy pocas personas sabrían decir en qué consiste la política. Y si no se tiene claridad sobre esta cuestión es imposible realizar un análisis político adecuado. La dificultad en buena medida se debe a que la política es un realidad compleja, presenta diversas dimensiones, y no suele acertarse a la hora de articularlas y establecer una jerarquía entre ellas. Sintetizando a nivel de blog, diría que la política es una actividad dirigida a cohesionar y mejorar todas las dimensiones de la comunidad política con el fin de orientarla hacia el logro del bien común, esto es, de una situación en la que todos podamos alcanzar los bienes más elevados que podemos pretender lograr colectivamente. Cohesionar y mejorar el nosotros en que consiste toda comunidad política no implica una postura paternalista. Hay que conciliar el esfuerzo por mejorar el cuerpo social con la indispensable libertad individual que puede convertir en estériles estos esfuerzos. Los grandes políticos son aquellos que son capaces que fomentar la cohesión social y de crear las condiciones para el progreso moral y material de los ciudadanos, lo cual se traduce en mejorar básicamente la educación y la capacidad de generar riqueza con el fin de poder lograr bienes de todo tipo hasta incluso hacer posible el estado del bienestar.
Zapatero ha llevado la división a la sociedad española, tanto por su insensato impulso al falseamiento de la historia en que consisten buena parte de las iniciativas respaldadas por los defensores de la llamada “memoria histórica”, como por su apuesta por la reforma del Estatuto catalán sin contar con el PP. Zapatero no sólo no ha tomado ninguna iniciativa capaz de mejorar nuestro sistema educativo, sino que además ha interpretado el Espacio Europeo de Educación Superior de una forma que empeora notablemente la Universidad española. En el terreno económico, por mucho que presuma ahora de que está tomando las medidas que necesita la nación, lo cierto es que se pasó años sin enterarse de la película y diciendo que éramos los mejores y los más guapos; luego que todos exageraban y que no era para tanto; más tarde que teníamos margen para gastar –plan E y sucedáneos-; y finalmente, cuando le fuerzan a volver al redil, se la envaina y donde dije digo digo Diego. Absolutamente impresentable que esa rectificación forzada no incluyera su dimisión. Todos sabemos que hoy somos bastante más pobres, y no sólo por la crisis internacional, sino porque los gobiernos de Zapatero se han pasado el tiempo aplicando políticas erráticas. Pero no olvidemos que cuando la capacidad de generar riqueza se deteriora el estado del bienestar es imposible. De ahí que Zetapé suprimiera el cheque bebé o que la ley de dependencia sea muy bonita sobre el papel, pero difícilmente aplicable ante la magra situación de los fondos públicos. Zapatero cifra sus éxitos en medidas de distribución, de gasto. En ese terreno es fácil ser popular, pero ese no es el territorio del gran político, sino del demagogo o del ingeniero social. A ambas cosas se ha dedicado con notable éxito el difunto Zepaté.