A lo largo de las últimas semanas he prestado atención al movimiento conocido como “15-M” o “indignados”. Al principio, cuando las movilizaciones fueron congregando a más personas, se extendieron por toda la nación e incluso llegaron a ciudades extranjeras, parecía que se fraguaba algo importante, pero una vez celebradas las elecciones municipales la efervescencia social se ha desventado y sólo unos pocos jóvenes “perroflautas” –como ahora se les llama- de estética “okupa” o mendigo posmoderno intentan mantener vivo el movimiento.
Para entender lo que está sucediendo creo que hay que reparar en la importante diferencia que existe entre estar indignado, hacerse el indignado y estar enfadado o cabreado. Aunque se denominen “indignados”, yo creo que quienes han salido a la calle no estaban verdaderamente indignados. La indignación es un tipo de enfado violento -así lo define el diccionario de María Moliner, aunque mejor sería decir vehemente- que se produce como reacción a una acción injusta o reprobable. La indignación popular podía haberse manifestado en mayo de 2010, justo después de escuchar a Zapatero anunciar unas medidas diametralmente contrarias a lo que pocas horas antes venía defendiendo. Eso podía provocar una lógica indignación. ¿Qué ha sucedido este mes para que se produzca una reacción de indignación? Que yo sepa, nada. Seguimos padeciendo un pésimo gobierno, pero desde mayo de 2010 no ha habido nuevas medidas gravemente impopulares.
Pienso que más que indignación, existe un monumental cabreo entre los españoles por la gravísima situación social que estamos viviendo. Ese enfado podría haberse traducido en indignación, pero cuando esto no se materializa, como es el caso en España, el malestar social se traduce en frustración, el caldo de cultivo que puede llevar a algunos a querer sustituir artificialmente lo que no se produce naturalmente, es decir, a hacerse el indignado cuando no se está. La diferencia es grande. La indignación es espontánea, movilizadora, clara en cuanto a las causas de la misma y destinatarios de los reproches. Cuando uno se hace el indignado, destaca las razones por las que se indigna y su acción cobra un carácter marcadamente intelectual completamente distinto al de las revueltas populares espontáneas. Naturalmente que hay razones que justifican la indignación, pero como ésta no se ha producido se pone el énfasis en las razones que la justifican, por eso la fuerza movilizadora es mucho más débil que la propia de la indignación genuina, y la concreción de las causas y los objetivos de la indignación ceden ante el amplio elenco de razones que se esgrimen para justificar esa indignación impostada.
Hace casi un par de semanas, el jueves anterior a las elecciones del domingo, una alumna me entregó un papel titulado “indígnate”. De entrada, me llamó la atención esa exhortación que distorsiona por completo el genuino, sano y natural sentimiento y reacción del indignado. En él se instaba a acudir al punto de encuentro de los “indignados” en Elche, y al dorso figuraban numerosas reivindicaciones. Su número dejaba patente que se trataba de un movimiento intelectual de trazo grueso. Algunas de las propuestas que allí figuraban las comparto. Como saben los lectores del blog, he abogado reiteradamente por la reforma del sistema electoral como una de las medidas imprescindibles para revitalizar nuestra democracia. También estoy de acuerdo en la crítica a los rescates bancarios y a la corrupción política. Otras propuestas me parecieron puro disparate. En cualquier caso, es evidente que un movimiento basado en hacerse el indignado está condenado al fracaso, porque carece de la fuerza motriz que le proporciona la genuina indignación, y sus propuestas adolecen de la concreción y coherencia necesaria para poder prosperar. Esa tarea sólo puede realizarse a través de una organización política.
Hace casi un par de semanas, el jueves anterior a las elecciones del domingo, una alumna me entregó un papel titulado “indígnate”. De entrada, me llamó la atención esa exhortación que distorsiona por completo el genuino, sano y natural sentimiento y reacción del indignado. En él se instaba a acudir al punto de encuentro de los “indignados” en Elche, y al dorso figuraban numerosas reivindicaciones. Su número dejaba patente que se trataba de un movimiento intelectual de trazo grueso. Algunas de las propuestas que allí figuraban las comparto. Como saben los lectores del blog, he abogado reiteradamente por la reforma del sistema electoral como una de las medidas imprescindibles para revitalizar nuestra democracia. También estoy de acuerdo en la crítica a los rescates bancarios y a la corrupción política. Otras propuestas me parecieron puro disparate. En cualquier caso, es evidente que un movimiento basado en hacerse el indignado está condenado al fracaso, porque carece de la fuerza motriz que le proporciona la genuina indignación, y sus propuestas adolecen de la concreción y coherencia necesaria para poder prosperar. Esa tarea sólo puede realizarse a través de una organización política.
Lo verdaderamente interesante de este movimiento se sintetiza a mi juicio en esta pregunta. ¿Qué sucede en España para que habiendo motivos para indignarse la gente traduzca su enfado haciendo como que se indigna? ¿Por qué no hemos asistido a un estallido social? A mucha gente le sorprende que habiendo cinco millones de parados esto no se haya producido. A mí, sinceramente, no. Alguno pensará que gracias a los comedores sociales y a la ayuda de parientes y amigos la gente no pasa hambre y por ello no estalla. Yo creo que no es eso. La explicación es mucho más tenebrosa y desalentadora. Se trata de la tremenda fuerza disuasoria del aparato coercitivo del Estado. Indignarse, movilizarse puede tener muy malas consecuencias: palos de la policía, multas pecuniarias, etc. La gente ha perdido la espontaneidad necesaria para indignarse de verdad. Esta es la clave. El Estado nos paraliza y la gente prefiere emigrar antes que dar rienda suelta a su indignación. No obstante, si en el futuro vuelven a producirse recortes o medidas impopulares, es posible que la gente llegue a tal nivel de desesperación que realmente se indigne de verdad, y que verdaderamente desafíe a las fuerzas represivas del Estado.