Hace pocas semanas, Paul Krugman, premio nobel de Economía, analizaba en un artículo publicado en “El País” la crisis económica que está viviendo la Unión Europea y la viabilidad del euro. Krugman destacaba algo que algunas personas –Margaret Thatcher, por citar a una de ellas- ya advirtieron en su momento: la introducción de una moneda única sólo podía tener éxito si, además de las condiciones macroeconómicas fijadas en el pacto de estabilidad, la Unión Europea unificaba aspectos esenciales de su política económica, especialmente su política fiscal. Krugman comparaba la Unión Europea con Estados Unidos diciendo que “Estados Unidos, como sabemos, tiene una unión monetaria que funciona, y sabemos por qué funciona: porque coincide con un país: un país con un Gobierno central grande, un idioma común y una cultura compartida. Europa no tiene ninguna de estas cosas, lo cual ha hecho que las perspectivas de una moneda única fueran inciertas desde el principio”. En resumen, al margen de soluciones poco razonables, aunque viables –resistir, reestruccturación de la deuda o solución a la argentina-, Krugman cree que la unión monetaria sólo puede tener éxito si se apuesta por dar un nuevo impulso europeísta que en la práctica nos aproximaría a un Estado europeo.
Un nuevo impulso europeísta, un europeísmo reavivado, como lo llama Krugman. Ese impulso es el que parece que quieren Merkel y Sarkozy con el llamado pacto de competitividad al que, cómo no, se ha sumado el pelele de nuestro presidente, que está ahí para asentir a lo que manden Francia y Alemania, faltaría más. Ese es el impulso que temía Thatcher. En su libro “Statecraft”, escrito en 2001, señaló que el euro requeriría en el futuro, para ser viable, que los organismos de la Unión Europea controlaran el presupuesto de los diferentes Estados, algo que estamos viendo que ya se está produciendo. Pero la advertencia más certera de Thatcher, claramente ligada a este proceso, es esta: “El establecimiento de esta vasta superestructura federal significa nada menos que la creación de un súper-estado europeo, que no es, no será y no puede ser democrático, porque no existe una opinión pública europea. Sin soberanía, para la cual es imprescindible el poder para emitir la moneda, la constitución no se puede cumplir y el mandato democrático pierde por completo su sentido” (extraigo la cita de http://www.libertaddigital.com/economia/thatcher-predijo-la-crisis-del-euro-en-2001-1276409361/ ).
Thatcher tenía razón. Estamos asistiendo impasibles a la sustitución de la democracia por la tecnocracia. El ejemplo más evidente lo acabamos de ver en nuestra España. Las medidas que Zapatero adoptó en mayo fueron una exigencia de los líderes de la Unión Europea y de Obama. En el futuro, conforme la Unión Europea vaya adquiriendo mayores competencias sobre nuestra política fiscal y económica, el margen de decisión de los políticos nacionales disminuirá. Alguno pensará que afortunadamente, algo comprensible cuando gobierna un Zapatero, pero no hay que olvidar que por este camino asistimos a la degradación irreversible de la democracia. Soy europeísta, también creo que la Unión Europea supone un extraordinario avance en muchos terrenos, pero creo firmemente que no es posible ni deseable avanzar hacia una unión en aquellos ámbitos que constituyen el núcleo de las decisiones políticas más relevantes, de aquellas que requieren un respaldo democrático. Por ello, aunque es muy cómodo viajar sin cambiar moneda, creo que con la unión monetaria se ha ido demasiado lejos. Sé que ahora mismo salir del euro sería catastrófico, pero quizá la superación de esta crisis se lleve por delante lo que queda, que no es mucho, de nuestra democracia. ¿Estamos dispuestos a pagar ese precio? No se preocupen, decidirán por nosotros…