Las noticias que nos llegan a través de los diferentes
medios de comunicación reflejan un ambiente muy enrarecido. Dejando
al margen la guerra de Ucrania y el conflicto palestino-israelí, la tensión
entre la ideología woke y el neoconservadurismo está generando una creciente
polarización, principalmente en los Estados Unidos. El brutal asesinato de Kirk
es la más reciente manifestación de una situación que se está extendiendo a otros
lugares, entre ellos España. Creo que muchos ciudadanos perciben que esta
tensión no deja de aumentar. A ella contribuyen políticos sin escrúpulos que
creen que les beneficia para seguir en el poder y tratan de aprovecharla, pero da la impresión de que estos
individuos no son más que los instrumentos de los que se sirve el espíritu
hegeliano que protagoniza la historia universal para conducirnos a una nueva
situación. Es como vernos embarcados en una corriente que nos lleva
inexorablemente a un punto. ¿Es posible frenarla o la única alternativa es saltar
del barco o del vagón y guarecerse de la sombra que nos amenaza? Curioso. Apenas
he terminado de escribir esta frase me he acordado de la “sombra” del mal que se
percibe en “El señor de los anillos” por los habitantes de la tierra media.
Algo así estamos viviendo, o a mí me lo parece. La impresión de que la
situación no está bajo
nuestro control es cierta y conviene reflexionar para entender por qué esto es
así.
Los budistas destacan que la realidad que habitamos es el
resultado de las acciones pasadas. Puede pensarse que esto es una obviedad, si
bien los budistas lo explican conceptualmente mediante la noción de “karma”. Según la ley
del karma, que lejos de ser un concepto misterioso responde a la lógica del sentido común, toda acción voluntaria tiene consecuencias. El mundo que habitamos
es el resultado de una tupida red de acciones que se han puesto en marcha en el
pasado y que han generado un movimiento, una energía kármica cuyo devenir no está
en nuestra mano frenar. Tenemos libertad para purificar nuestro karma, es
decir, las acciones que hemos puesto nosotros en marcha, y para impulsar nuevo
karma, nueva energía a través de buenas acciones cuyos resultados
inexorablemente llegarán para nosotros y para otras personas -por la interdependencia-
en el futuro. Nuestro mundo presente, para bien y para mal, es el resultado de
las acciones pasadas. Quizá cuando se ejecutaron no se era plenamente consciente de las consecuencias -sobre todo indirectas- que tendrían (aunque sí eran acciones voluntarias y, por tanto, dirigidas a un determinado objetivo) y es ahora cuando nos damos
perfecta cuenta de su impacto. Esto es lo que explica la sensación de “sombra”
que genera malestar y preocupación. Es una sensación plenamente real. Es
energía y en ese sentido a muchos le puede parecer "magia", porque no la percibimos a través de los sentidos, pero está ahí, como las ondas
electromagnéticas que emiten nuestros móviles.
¿Carecemos, pues, de libertad para frenar la corriente de la
historia que nos arrastra? El movimiento se ha desencadenado, está ahí y es bueno ser consciente de la
orientación y de la intensidad que tiene. Podemos intentar frenarlo, es
posible, pero debemos saber que exigirá esfuerzo y que muy probablemente las
consecuencias de dicho esfuerzo serán visibles en el futuro. Además de la
oración, acción voluntaria que genera energía positiva y que sin duda ayuda a
combatir el mal, todas las acciones buenas que se puedan poner en marcha serán
claves para frenar la discordia. Esta es una idea que, aunque válida, es excesivamente abstracta. Hay que utilizar la inteligencia para identificar proyectos concretos que
sean útiles en el marco de cada sociedad con el fin de recuperar la concordia. Esto
es urgente. De hecho, en España ya llegamos tarde, porque el impulso benéfico que
pusieron en marcha las generaciones pasadas y que nos ha proporcionado
bienestar material está agotándose y empezamos a pagar las consecuencias de
habernos negado de forma arrogante a cumplir nuestro modesto papel de ser un sólido
eslabón de la tradición. Es como ir en bicicleta: si no se pedalea, al final la
bicicleta se para. Algunas generaciones tuvieron que pedalear cuesta arriba, a
otras les tocó el descenso, pero tarde o temprano hay que volver a dar pedales.
Déjenme qué les diga adónde creo que nos encaminamos si no se actúa.
Comenzaba escribiendo sobre ideología woke y neoconservadurismo. Ambas me
parecen ideologías extremas. En el caso de España, el poder político ha impulsado
la primera sin ningún género de dudas. Una exaltación de la libertad entendida como
autonomía de la voluntad que llega al extremo de determinar el “género” por
encima de la biología. Esa exaltación de la autonomía conduce al individuo a
una falsa sensación de libertad que, en última instancia, le aboca a la soledad y con ello a ser dominado por el poder debido a la pérdida de vínculos
familiares y sociales. En el caso de los más jóvenes, son víctimas de una pésima educación. No se les ha exigido el debido esfuerzo que se
necesita para aprender. Esta falsa libertad, lejos de proporcionarles
felicidad, está dando lugar a personas tristes, incapaces de afrontar
situaciones de dolor y sufrimiento. La epidemia de enfermedades mentales y el elevado
índice de suicidio confirman el diagnóstico. Al final, el individuo buscará
desesperadamente recuperar la seguridad del vínculo social y ello me recuerda a
la sociedad Amish. El individuo que desee vivir en esas comunidades deberá aceptar las exigencias comunitarias o se expondrá a la expulsión. Todo exceso exige ser
equilibrado. Por ello, si dichas comunidades constriñen excesivamente la
libertad humana, habrá escisiones y así se seguirá hasta encontrar un punto de
equilibrio. Asistimos a un momento histórico muy interesante. Comparto la
opinión de Pérez Reverte: nuestras sociedades occidentales están en decadencia,
han sembrado vientos de discordia y se exponen a ser engullidas por la vida
joven que viene de África. Igual ni siquiera tenemos la oportunidad de poner en marcha formas de vida comunitarias en pequeñas aldeas rurales. Quizá seamos invadidos e islamizados. Lo estamos viendo y viviendo. Contemplemos el espectáculo y no dejemos de pensar.